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Capítulo 2

مؤلف: Natasha
last update تاريخ النشر: 2026-04-10 03:01:20

Pase la noche llorando sin poder dormir y aún así no había logrado encontrar la manera de hablar con Laureano, no sabía cómo enfrentarme a él, no en éste momento.

El celular se encendió varias veces, era él.

No lo respondí, trataba de ganar tiempo pensando en la mejor forma de decirle todo, pero no la encontraba.

Recordaba sus manos acariciando mi rostro, sus labios en los míos y el calor de su cuerpo en cada abrazo.

El deseo de llegar a nuestra primer noche juntos. Todo eso se esfumaba lentamente ahora, se colaba entre mis dedos como arena.

Junté solo algunas cosas, las importantes en mi mochila, debía seguir yendo a la universidad, esté es mi último año y no lo iba a abandonar, eso era algo que no estaba en discusión. Puse algo de ropa en una maleta lo suficiente para pasar un par de días, estaba decidida a regresar a casa y a mi vida, a como diera lugar, yo no era propiedad de nadie ni tampoco el capricho de un millonario arrogante. El timbre de la puerta principal sonó y supe que ya era hora. Siete de la mañana, aún era temprano, pero la casa ya había despertado totalmente entre lágrimas. Mi padre lloraba frente a la puerta de entrada si abrir aún, avergonzado.

Mi madre corrió a mi encuentro apenas salí de la habitación para abrazarme desconsolada, enojada. Ambos suplicaron que no me fuera, pero sabía las consecuencias de no hacerlo. Le entregué una carta sellada con el nombre de Laureano.

— Dale esto por favor —trate de no flaquear.

— Querrá búscate—responio mamá.

— Dile que no lo haga— respondí tajante.

— Perdóname hija — mi padre suplicaba otra vez intentando ponerse de rodillas.

— ¡No lo hagas papá! ¡Nunca! Ni conmigo ni con nadie. Yo elegí ir porque te amo, no debes pedir perdón— besé su mejilla mojada por las lágrimas y me aferré a su abrazo como cuando pequeña.

El timbre volvió a sonar y yo misma abrí la puerta con rabia, observando con furia a quien aguardaba fuera.

— Señorita Rossi, el señor Lombardi la espera— dijo acatando una orden.

Su rostro era frío pero dulce a la vez, era una mezcla de personalidades, un hombre que hacía lo que le pedían contra su voluntad, pero eso lo descubriría más tarde.

— Vamos.

Dije decidida sin mostrar debilidad.

El chófer abrió la puerta del auto y me subí sin mirar atrás, tampoco miré cuando el coche arranco, no era capaz de ver todo lo que estaba abandonado.

El viaje fue largo, una hora casi hasta un lugar alejado de la ciudad.

Al llegar estacionó frente a la gran entrada de la mansión, bajo primero, apresurado y abrió mi puerta para que descendiera. Frente a mi la puerta de entrada se abrió y tras ella apareció una mujer delgada de unos cincuenta años estimo, de rostro sereno y mirada fría. Vestida totalmente de negro. Era el ama de llaves.

— La estábamos esperando señorita Rossi.

— Buen día— respondí sin mucho entusiasmo.

— Por aquí por favor, le mostraré su habitación.

La seguí subiendo las escaleras hasta la penúltima puerta del piso superior. Abrió la puerta y me invitó a pasar con un gesto.

— Adelante, está es su habitación, el señor Lombardi se aseguro personalmente que tuviera todo lo necesario.

No quise parecer agradecida ni tampoco asombrada así que entré, dejé mi mochila sobre la cama y pedí que trajeran mi maleta.

— No creo que sea necesario señorita, toda su ropa está en el vestidor.

— Quiero mi maleta, por favor — respondí sin titubear.

— Enseguida se la traen — se retiró sin decir más, cerrado la puerta.

Ahora sí, aunque estaba muy enojada por toda la situación no podía dejar de admirar la habitación, era enorme el doble que la mía, amoblada con un gusto exquisito, el diseñador que hayan contratado realmente tiene buen gusto, camine hasta el vestidor y mi asombro fue mayor al abrir la puerta, una persona tranquilamente podría vivir allí, estaba repleto de ropa en perchas y estantes, tacones, sandalias, botas, zapatillas, todo, no faltaba nada. En un aparador central habían carteras, relojes y joyas de todo tipo.

— Supongo que alguien más debía ocupar está habitación antes y dejó todo esto — hablé conmigo misma en voz alta.

— Señorita Rossi — una voz se escuchaba desde fuera de la habitación.

— Adelante — respondí.

— Su maleta— entro dejandola a un lado de la cama.

— Gracias.

— Si necesita algo más, hágalo saber — se retiró déjame sola nuevamente.

No la desarmé, solo la dejé dónde estaba y me tumbe en la cama para descansar un poco, estaba cansada, con sueño por la noche en vela.

Dormí un poco, creo que debieron ser al menos dos horas, desperté con hambre, aún no había desayunado y el sonido de mi estómago me lo recordaba. Decidí buscar algo por mi misma no iba a esperar a que alguien viniera ni tampoco iba a llamar. Bajé las escaleras observando todo, la mansión era hermosa, muy finamente decorada, elegante, sobria pero moderna.

Todo se sentía como él.

Buscaba la cocina, pasé por la sala principal, había una estufa a leña encendida, sentado en un sillón estaba él de espaldas a mi.

Me sorprendí de verlo ahí, aunque no era raro si estaba en su casa. Me di la vuelta silenciosamente para escapar de el sin que me viera, pero su voz me detuvo en seco.

— Espero que todo sea de tu agrado— dijo.

— No, no lo es, no estoy aquí porque me agrade.

— Estás aquí por propia voluntad.

— ¡Por tú voluntad!— respondí alzando un poco la voz.

— Lo sé, con propia voluntad me refería a mí— respondió arrogante sin dignarse siquiera a mirarme.

— Tengo unas reglas — advertí.

— ¿Reglas?

— Sí, primero seguiré yendo a mis clases , segundo no me tocaras y tercero…— no me dejó terminar.

— Aquí las reglas las pongo yo —se paro frente a mi amenazante pero tranquilo con ese aire de superioridad, mirándome fijo con frialdad— primero, podrás acudir a tus clases, el chófer te llevará y esperara por ti, llevarás un guardaespaldas. Segundo tú me perteneces…pero tranquila no te tocare… tú rogaras porque lo haga— termino de decir levantando mi mentón con su pulgar para verme a los ojos.

No retrocedí.

Lo confronte con frialdad, pero por dentro sentía todo mi mundo temblar.

Disimule los nervios lo más posible, me gire sobre mis pasos y camine rápido subiendo las escaleras nuevamente.

Tenía hambre pero no sabía exactamente dónde estaba la cocina y no quería quedarme cerca de él. Me encerré en la habitación y me dejé caer en el piso con mi espalda apoyada en la puerta, agitada, nerviosa, casi sin aire y llorando.

— Señorita Rossi — golpearon la puerta diez minutos después.

— Un segundo — me limpié el rostro empapado en lágrimas antes de abrir.

— He traído algo para que coma— era una chica joven, talvez de mi misma edad.

— Gracias, tenía hambre.

— El señor me pidió que se lo trajera.

— Bueno al menos no me matará de hambre — dije sarcástica.

— Claro que no señorita, el señor Lombardi es muy bueno y atento.

— ¡Ja!

— Ya lo verá— prosiguió.

— Dime ya que es tan bueno… ¿a quién tenía secuestrada aquí antes? ¿De quién era toda esta ropa?

— Suya señorita — me miró confundida — el señor llegó ayer lleno de bolsas y cajas, el mismo acomodo todo aquí, luego llegó una camioneta con más y el lo guardo todo en su lugar.

— ¿O sea que compro todo esto para mí?

— Si señorita.

— Por favor dime Helena.

— Está bien señ…—la detuve negando con la cabeza — Helena…

— Así está mucho mejor — sonreí

— Pero es que eso no creo que le agrade al señor…

— No me importa yo decido como quiero que me llamen — titube un poco y me corregí — delante de el me llamas señorita y cuando estemos solas me dirás Helena. ¿Te parece bien?

— Si me parece bien.

Se retiró y me quedé sola de nuevo, me senté en la cama y disfrute mi desayuno en silencio, pensando.

Escuché la puerta de la habitación contigua, como si la hubieran golpeado al cerrar. Traté de escuchar algo más pero fue imposible.

¿ Quien sería?

¿Sería él?

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