INICIAR SESIÓNBianca
Permanecía en mi cama, envuelta en las sábanas de seda que olían a mi, no a Iván. La casa estaba en silencio, un silencio pesado, la ausencia de mi ex marido se sentía como una presión física en las paredes. Me había permitido llorar brevemente, ese llanto amargo de la traición y la pérdida, pero la sensación había sido reemplazada por una calma fría y una determinación sombría. No me permitiría desmoronarme. Mi hija me necesitaba entera. A mí lado, recostado sobre un codo y acariciando distraídamente mi hombro, estaba Mateo. El mejor amigo de mi hija. Un hombre dieciocho años menor que yo, con la mirada seria y el alma sorprendentemente madura. Su presencia allí era mi propio secreto, la decisión impulsiva que había tomado meses atrás, buscando una conexión que Iván me había negado. Su voz era un murmullo grave y reconfortante. —¿Estás bien? De verdad. Suspiré profundamente, mirando hacia el techo oscuro. —No, Mateo. No estoy bien. Pero... Gira mi cabeza para mirarlo, sus ojos brillando con una luz inesperada. —Estoy en paz. Se acabó la incertidumbre. Se acabó la humillación sutil. —Ahora la pelota está de tu lado en la cancha. Puedes empezar de cero. Tienes que empezar de cero. Reí suavemente, una risa sin alegría. —¿De cero? No creo que una mujer de cuarenta y un años empiece de cero. Empiezas desde donde te has quedado, y yo me he quedado en un lío enorme. Mateo detuvo el movimiento de su caricia y se inclinó, poniendo su frente contra la mía. —No. Te has quedado en el punto donde tienes que elegir qué quieres hacer con el resto de tu vida. Y ese punto es bueno, Bianca. Es una oportunidad. ¿Sabes qué es lo único que me molesta de todo esto? —¿El drama? —bromeé. Sonriendo me respondió: —No, el drama siempre va bien. Me molesta que ese tipo haya consumido tu energía tanto tiempo. Te mereces mucho más que las migajas emocionales de un... irresponsable afectivo. Cerré mis ojos al escuchar la frase que yo misma había usado. Sentí una punzada de culpa por estar ya en la cama con alguien, pero la disolví rápidamente. Iván se había marchado. Yo no le debía nada a un fantasma. —Eres muy dulce. Demasiado para mí. —le tomé la mano y la llevé a mi mejilla. —Solo soy honesto, lo que es diferente. Siempre me cautivaste, desde el día uno y no solo por ser "la madre de mi amiga" o por tu pasado. Me cautivaste porque tienes un aura increíble. Y me duele verte así. Él hace una pausa mientras me mira directamente a los ojos. —He llegado a pensar que te amo, aunque me escuché un poco apresurado. —¿Me amas? Es una palabra tan grande, Mateo... —Lo es, y no tengo miedo de decirla. Pero no voy a presionarte con eso. Lo que quiero ahora es sacarte de aquí. Sacarte de estas paredes que huelen a nostalgia. Mateo se incorporó un poco más, su tono ahora más decidido. —Escucha. Tengo la solución. El fin de semana. El apartamento de mi tía en la costa. Está vacío. Nadie nos preguntará nada. Es solo un par de días. Lo miré, el shock de la propuesta se mezcló con una tentación poderosa. —¿Escapar? ¿Así, sin más? ¿Dejar a mi hija con su padre, al que acabo de echar por infiel? Sería... Interrumpiéndome suavemente, Mateo habló: —Sería tomarte un respiro que te mereces. Y yo necesito que te rías de nuevo. Necesito verte sin esa máscara de "esposa perfecta y paciente" que tenías puesta. No es para huir, es para encontrarte. Necesito que tú y yo tengamos nuestro propio comienzo, lejos de esta historia que no es nuestra. Él me acarició la mejilla con el pulgar. Sus ojos oscuros irradiaban una sinceridad tan inusual en mi poca experiencia con los hombres. —Piénsalo. Sol, mar, silencio... Y podemos hablar de todo, o no hablar de nada. Mañana por la tarde. ¿Qué dices? ¿Nos arriesgamos, o te quedas aquí a ver cómo se te pasa el tiempo y ya? La mención de ese tiempo al aire libre me hizo parpadear. —No te quedes a ver la televisión, haz tu propia película. Dame este fin de semana. Por favor. La idea de escapar, de respirar un aire que no estuviera contaminado por la decepción, era irresistible. Asintiendo lentamente, un atisbo de una sonrisa genuina. —Vale. Sí. Un fin de semana. Lejos de los problemas. Un par de días para no ser la "exesposa traicionada". Una sonrisa triunfal ilumina el rostro de Mateo. —¡Perfecto! Mañana por la tarde. Pero, primero, ahora tenemos que hacer algo para celebrar esta nueva decisión. Se inclinó sobre ella, besándola con una ternura que prometía un futuro, sin las cadenas del pasado.El auto de Mateo se deslizaba por la autopista costera. El sol de la tarde filtraba un dorado suave a través del parabrisas, y la radio ponía una playlist de canciones indie y pop que me resultaba extrañamente juvenil, pero pegadiza. A su lado, Mateo conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía.Había dejado una nota vaga y rápida para mí hija, diciendo que necesitaba un par de días de reflexión y que Iván se encargaría de ella. En caso de que necesitara algo.Apretando la mano del hombre a mí lado le dije: —Gracias por esto, Mateo. De verdad. Siento que he estado conteniendo la respiración durante años y por fin he podido exhalar.Me da un apretón en la mano en respuesta. —Tienes que parar de agradecerme. Es lo que quiero. Es lo que necesitas. Además, te lo dije: tienes que empezar a vivir tu propia película, no seguir siendo un extra en el drama de Iván.—Mi película es un poco más vintage que la tuya, ¿sabes?Mateo soltó una risa clara y sin cinismo. —Y eso
BiancaPermanecía en mi cama, envuelta en las sábanas de seda que olían a mi, no a Iván.La casa estaba en silencio, un silencio pesado, la ausencia de mi ex marido se sentía como una presión física en las paredes. Me había permitido llorar brevemente, ese llanto amargo de la traición y la pérdida, pero la sensación había sido reemplazada por una calma fría y una determinación sombría.No me permitiría desmoronarme. Mi hija me necesitaba entera.A mí lado, recostado sobre un codo y acariciando distraídamente mi hombro, estaba Mateo. El mejor amigo de mi hija. Un hombre dieciocho años menor que yo, con la mirada seria y el alma sorprendentemente madura.Su presencia allí era mi propio secreto, la decisión impulsiva que había tomado meses atrás, buscando una conexión que Iván me había negado.Su voz era un murmullo grave y reconfortante. —¿Estás bien? De verdad.Suspiré profundamente, mirando hacia el techo oscuro. —No, Mateo. No estoy bien. Pero... Gira mi cabeza para mirarlo, sus ojo
El motor del coche se apagó frente a un pintoresco edificio en el centro, ajeno al drama que se cocinaba dentro.Cuando paseé por la recepción y saludé al portero ya sabía que Sophia me estaba esperando en la puerta de su apartamento, con una bata de seda y una sonrisa que era una mezcla de alivio, triunfo y dulzura artificial.Apenas estuve cerca se lanzó a mí brazos. —¡Mi amor! —dijo en un suspiro dulce.Me abrazó con una fuerza desesperada, pegándose a mi como si temiera que se disolviera.Le correspondí el abrazo, cerrando los ojos. Olía a vainilla y a un perfume caro; era un aroma nuevo, ajeno a la lavanda y el aire libre que siempre olía en Bianca.El contraste me golpeó como un recordatorio.Separando el abrazo ligeramente, buscando sus ojos. —Por fin... se acabó.Tomando mi rostro entre sus manos cálidas me respondió: —Sí, se acabó. Ahora solo estamos tú y yo. Entra, está helado aquí afuera.Entramos al acogedor apartamento y la mesa de centro estaba servida con una botella de
IvánMis piernas se sentían como plomo mientras bajaba los escalones de la entrada de lo que alguna vez fue mi hogar.La puerta se cerró detrás de mi con un suave clic que resonó en el silencio, pero en mi cabeza, sonó como el portazo final a mí vida de pareja, entendí que la había perdido para siempre.El aire frío de la noche me azotó la cara, pero no era tan gélido como el vacío que se había instalado en mi pechoTenía que aceptarlo, yo mismo había provocado todo ésto y ya no había vuelta atrás.Sosteniendo un pequeño ramo de flores que ella no vio y el peso insoportable de mis errores, me permití un momento para mirar hacia atrás.La casa de Bianca, mi hogar hasta hacía unas semanas, permanecía iluminada. La luz era cálida, pero yo estaba fuera, en la oscuridad.Era un irresponsable afectivo.La frase de Bianca se incrustó en mi mente como un puñal oxidado. No era una mentira. Había fallado. Había dado por sentado la incondicionalidad, había esquivado la intimidad emocional y ahor
BiancaEl silencio de la habitación parecía envolvernos después de aquella noche intensa. La luz suave de la luna se filtraba a través de las cortinas, pero en realidad no necesitaba ninguna luz. Todo en mí estaba iluminado por la intensidad del momento, por la sensación de haber llegado a un límite que nunca pensé que cruzaría. Me quedé dormida en los brazos de Mateo, su respiración calmada y su cuerpo cálido contra el mío. Era una sensación tan diferente a la que había experimentado con el papá de mi hija. Con él, todo había sido rutina, responsabilidades, un amor que parecía haber perdido su chispa con los años. Pero con Mateo, había sido diferente. Cada declaración, cada caricia bajo la mesa, parecía abrir una brecha en mi corazón y en mi lógica. Pensé en lo prohibido, en lo que significaba todo esto ahora que mi proceso de divorcio avanzaba. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podía dejarme llevar así cuando todo a mi alrededor parecía estar en caos? Pero la verdad es que, en ese mom
Bianca Estaba en las nubes, solo sentía los latidos de mi corazón en mis oídos y el temblor en mis piernas.Me había hecho tener un orgasmo de otro nivel. Había mojado todo a su paso por la potencia y la cantidad de fluidos que salieron de mi interior.Solo con Mateo he sentido todo ésto y aunque me enloquecía de sobremanera también me asustaba.Aún con mi respiración acelerada, sentí las manos de ese hombre que me hacía sentir hambrienta de él sobre mis muslos temblorosos.No me iba a dar tregua, seguiría llevándome hasta el cielo de los orgasmos.Con rudeza me giro sobre la cama y quedé con el culo parado solo para él.Sentí la primera nalgada y jadeé de impresión, pero a la segunda ya gemí de placer. Los golpes me hacían vibrar y esa vibración llegaba a mí clítoris sensible.Ni siquiera me había metido nada, y ya sentía el próximo orgasmo construyéndose en mi interior. Sentía que cada uno sería devastador.—Voy a nalguerte hasta que tengas está delicia enrojecida.Y no me queje.C







