LOGINEl auto de Mateo se deslizaba por la autopista costera. El sol de la tarde filtraba un dorado suave a través del parabrisas, y la radio ponía una playlist de canciones indie y pop que me resultaba extrañamente juvenil, pero pegadiza. A su lado, Mateo conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía.
Había dejado una nota vaga y rápida para mí hija, diciendo que necesitaba un par de días de reflexión y que Iván se encargaría de ella. En caso de que necesitara algo. Apretando la mano del hombre a mí lado le dije: —Gracias por esto, Mateo. De verdad. Siento que he estado conteniendo la respiración durante años y por fin he podido exhalar. Me da un apretón en la mano en respuesta. —Tienes que parar de agradecerme. Es lo que quiero. Es lo que necesitas. Además, te lo dije: tienes que empezar a vivir tu propia película, no seguir siendo un extra en el drama de Iván. —Mi película es un poco más vintage que la tuya, ¿sabes? Mateo soltó una risa clara y sin cinismo. —Y eso es lo que me fascina. Eres sofisticada, eres lista... y eres mi chica. ¿Qué más puedo pedir? Nos detuvimos en un pequeño pueblo costero. El apartamento de la tía de Mateo era un ático blanco y azul con un balcón que daba directamente a la playa. El mar rompía con una cadencia hipnótica. Esa noche, preparamos la cena juntos. Mateo se movía con soltura, poniendo música suave y abriendo el vino. Los diálogos eran de una dulzura exagerada, propia de un enamoramiento intenso y reciente. Él se me quedó mirando fijamente mientras cortaba verduras. —Sabes, a veces me da un poco de miedo. —¿Qué cosa? —Que te despiertes un día y te des cuenta de que este amor es... un poco demasiado diferente. Yo soy muy de canciones pop en bucle y tú eres de jazz tranquilo. Me acerco a él con una sonrisa paciente y le beso la nuca. —Y yo te digo que el jazz se estaba volviendo monótono. Necesitaba un ritmo nuevo. Eres mi ritmo nuevo. Me toma en sus brazos y me abraza, suspirando. —Eres perfecta. Eres lo que siempre he buscado. Yo, que pensaba que el amor era aburrido. Pero tú eres... emocionante, intensa. —Y tú eres mi salvavidas después del naufragio. Eres mi refugio. La noche fue exactamente lo que había necesitado desde siempre: pasión, conversaciones profundas sobre el futuro que no podían tener y la promesa de una vida nueva. El sábado por la mañana, la burbuja empezó a mostrar sus primeras grietas, pequeñas y casi imperceptibles, pero suficientes para sembrar la duda en mi. Me desperté temprano, con el sol iluminando la habitación. Me levanté y preparé café, disfrutando de la paz en el balcón. Pensé en hacer una lista mental de las cosas que debía organizar para el divorcio, la casa, el banco... Habían bienes que había que organizar. Mateo se despertó casi al instante que yo, salió de la cama descalzo y solo en un bóxer negro, se veía demasiado exquisito. —Madrugaste, mi Diosa —se acercó a mi y me abrazó a él, pegando su pecho desnudo a mi espalda descubierta por la bata que tenía puesta. —Si, me emociona salir a caminar en la playa. Él besa mi mejilla sonoramente. —A mi igual, también tenía pensado de que fuésemos a una galería de artes en el pueblo, sé que la amarás. Se me iluminó la mirada y me apreté más a él. Un calor suave me recorrió el pecho. Si había algo que Mateo sabía hacer a la perfección, era leer la lista de deseos que nunca me atrevía a decir en voz alta. Eso y que me hacía olvidar de todo lo negativo. Me giré entre sus brazos y lo abracé. —Dime que no es una broma —murmuré contra su cuello, sintiendo la vibración de su risa contenida. —Jamás bromearía con tus gustos, Bianca —respondió, envolviéndome en un abrazo más firme mientras el viento marino despeinaba su cabello—. La abrieron hace poco. Tienen una exposición de artistas locales, pintura al óleo y algunas esculturas en madera flotante. Pensé que te gustaría verla antes de que termine la tarde. —Me encanta —admití, separándome lo suficiente para mirarlo a los ojos—. Pero con una condición: primero la caminata. Necesito sentir la arena fría antes de encerrarme a contemplar cuadros. Mateo entrelazó sus dedos en mi cabello y masajeó mi cuero cabelludo haciéndome relajar más al instante. —Tus deseos son órdenes. Fuimos a la habitación en medio de besos y manoseos para cambiarnos de ropa. Él se puso un bañador y yo un bikini de dos piezas de color rojo y un short de jean. Junto a una bolsa con las cosas necesarias, salimos al mar que estaba junto frente a la linea de casas. Avanzamos a paso lento hacia la orilla, dejando atrás el murmullo del paseo marítimo y adentrándonos en la tranquilidad de la costa. El agua, casi helada, nos rozó los tobillos en una ola despistada, haciéndome dar un pequeño salto. Mateo soltó una carcajada y me sostuvo de la cintura para que no perdiera el equilibrio, contagiándome de su risa mientras la brisa salada nos envolvía por completo. Caminar a su lado siempre tenía ese efecto suspendido en el tiempo; no había prisas ni ruido exterior, solo la cadencia del mar y el compás constante de sus pasos junto a los míos. Pasamos la mayoría del día en la playa, pedimos comida de los mismos locales del lugar y simplemente me desconecté de todo No quería saber nada de nadie y bueno, Mateo es perfecto para hacer actividades recreativas. Jugamos con una pelota de voleibol y nos besamos como adolescentes en el mar, dejándonos llevar por la marea. En la última caminata antes de regresar a la casa, nos detuvimos un par de veces: una para recoger una caracola extraña que juré que guardaría en mi mesita de noche, y otra solo para observar cómo el sol comenzaba a teñir el horizonte de tonos anaranjados y violetas. —Va a oscurecer pronto —comentó él suavemente, apartándome un mechón de pelo de la cara con la yema de los dedos—. Si queremos alcanzar la galería abierta, deberíamos ir yendo hacia el pueblo en una hora. —Está bien —sonreí, echando una última mirada al agua antes de ponerme el calzado—. Pero me debes un helado después de la exposición. —Hecho —sonrió Mateo, tendiéndome la mano de nuevo—. Un helado y todo el tiempo que quieras para analizar cada pintura. Dejamos la playa atrás y nos adentramos a la casa para bañarnos juntos y vestirnos con un ropa fresca. Él se vistió todo de color crema y se dejó su cabello libre y yo me puse un vestido blanco de seda con tirantes finos, ideal para el clima y para el lugar a donde me llevaría. Caminamos por las calles empedradas del pueblo. Las luces cálidas de los locales comenzaban a encenderse, creando un contraste acogedor con el aire fresco de la noche que se aproximaba. Al final de una pequeña callejuela adornada con enredaderas, un letrero de madera tenue anunciaba nuestro destino. Mateo me miró,guiñándome un ojo antes de empujar la puerta de cristal, dejando que el aroma a pintura fresca, madera y café recién hecho nos diera la bienvenida.El auto de Mateo se deslizaba por la autopista costera. El sol de la tarde filtraba un dorado suave a través del parabrisas, y la radio ponía una playlist de canciones indie y pop que me resultaba extrañamente juvenil, pero pegadiza. A su lado, Mateo conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía.Había dejado una nota vaga y rápida para mí hija, diciendo que necesitaba un par de días de reflexión y que Iván se encargaría de ella. En caso de que necesitara algo.Apretando la mano del hombre a mí lado le dije: —Gracias por esto, Mateo. De verdad. Siento que he estado conteniendo la respiración durante años y por fin he podido exhalar.Me da un apretón en la mano en respuesta. —Tienes que parar de agradecerme. Es lo que quiero. Es lo que necesitas. Además, te lo dije: tienes que empezar a vivir tu propia película, no seguir siendo un extra en el drama de Iván.—Mi película es un poco más vintage que la tuya, ¿sabes?Mateo soltó una risa clara y sin cinismo. —Y eso
BiancaPermanecía en mi cama, envuelta en las sábanas de seda que olían a mi, no a Iván.La casa estaba en silencio, un silencio pesado, la ausencia de mi ex marido se sentía como una presión física en las paredes. Me había permitido llorar brevemente, ese llanto amargo de la traición y la pérdida, pero la sensación había sido reemplazada por una calma fría y una determinación sombría.No me permitiría desmoronarme. Mi hija me necesitaba entera.A mí lado, recostado sobre un codo y acariciando distraídamente mi hombro, estaba Mateo. El mejor amigo de mi hija. Un hombre dieciocho años menor que yo, con la mirada seria y el alma sorprendentemente madura.Su presencia allí era mi propio secreto, la decisión impulsiva que había tomado meses atrás, buscando una conexión que Iván me había negado.Su voz era un murmullo grave y reconfortante. —¿Estás bien? De verdad.Suspiré profundamente, mirando hacia el techo oscuro. —No, Mateo. No estoy bien. Pero... Gira mi cabeza para mirarlo, sus ojo
El motor del coche se apagó frente a un pintoresco edificio en el centro, ajeno al drama que se cocinaba dentro.Cuando paseé por la recepción y saludé al portero ya sabía que Sophia me estaba esperando en la puerta de su apartamento, con una bata de seda y una sonrisa que era una mezcla de alivio, triunfo y dulzura artificial.Apenas estuve cerca se lanzó a mí brazos. —¡Mi amor! —dijo en un suspiro dulce.Me abrazó con una fuerza desesperada, pegándose a mi como si temiera que se disolviera.Le correspondí el abrazo, cerrando los ojos. Olía a vainilla y a un perfume caro; era un aroma nuevo, ajeno a la lavanda y el aire libre que siempre olía en Bianca.El contraste me golpeó como un recordatorio.Separando el abrazo ligeramente, buscando sus ojos. —Por fin... se acabó.Tomando mi rostro entre sus manos cálidas me respondió: —Sí, se acabó. Ahora solo estamos tú y yo. Entra, está helado aquí afuera.Entramos al acogedor apartamento y la mesa de centro estaba servida con una botella de
IvánMis piernas se sentían como plomo mientras bajaba los escalones de la entrada de lo que alguna vez fue mi hogar.La puerta se cerró detrás de mi con un suave clic que resonó en el silencio, pero en mi cabeza, sonó como el portazo final a mí vida de pareja, entendí que la había perdido para siempre.El aire frío de la noche me azotó la cara, pero no era tan gélido como el vacío que se había instalado en mi pechoTenía que aceptarlo, yo mismo había provocado todo ésto y ya no había vuelta atrás.Sosteniendo un pequeño ramo de flores que ella no vio y el peso insoportable de mis errores, me permití un momento para mirar hacia atrás.La casa de Bianca, mi hogar hasta hacía unas semanas, permanecía iluminada. La luz era cálida, pero yo estaba fuera, en la oscuridad.Era un irresponsable afectivo.La frase de Bianca se incrustó en mi mente como un puñal oxidado. No era una mentira. Había fallado. Había dado por sentado la incondicionalidad, había esquivado la intimidad emocional y ahor
BiancaEl silencio de la habitación parecía envolvernos después de aquella noche intensa. La luz suave de la luna se filtraba a través de las cortinas, pero en realidad no necesitaba ninguna luz. Todo en mí estaba iluminado por la intensidad del momento, por la sensación de haber llegado a un límite que nunca pensé que cruzaría. Me quedé dormida en los brazos de Mateo, su respiración calmada y su cuerpo cálido contra el mío. Era una sensación tan diferente a la que había experimentado con el papá de mi hija. Con él, todo había sido rutina, responsabilidades, un amor que parecía haber perdido su chispa con los años. Pero con Mateo, había sido diferente. Cada declaración, cada caricia bajo la mesa, parecía abrir una brecha en mi corazón y en mi lógica. Pensé en lo prohibido, en lo que significaba todo esto ahora que mi proceso de divorcio avanzaba. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podía dejarme llevar así cuando todo a mi alrededor parecía estar en caos? Pero la verdad es que, en ese mom
Bianca Estaba en las nubes, solo sentía los latidos de mi corazón en mis oídos y el temblor en mis piernas.Me había hecho tener un orgasmo de otro nivel. Había mojado todo a su paso por la potencia y la cantidad de fluidos que salieron de mi interior.Solo con Mateo he sentido todo ésto y aunque me enloquecía de sobremanera también me asustaba.Aún con mi respiración acelerada, sentí las manos de ese hombre que me hacía sentir hambrienta de él sobre mis muslos temblorosos.No me iba a dar tregua, seguiría llevándome hasta el cielo de los orgasmos.Con rudeza me giro sobre la cama y quedé con el culo parado solo para él.Sentí la primera nalgada y jadeé de impresión, pero a la segunda ya gemí de placer. Los golpes me hacían vibrar y esa vibración llegaba a mí clítoris sensible.Ni siquiera me había metido nada, y ya sentía el próximo orgasmo construyéndose en mi interior. Sentía que cada uno sería devastador.—Voy a nalguerte hasta que tengas está delicia enrojecida.Y no me queje.C







