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10 - PARTE I

last update publish date: 2026-09-21 08:17:27

Iván

Mis piernas se sentían como plomo mientras bajaba los escalones de la entrada de lo que alguna vez fue mi hogar.

La puerta se cerró detrás de mi con un suave clic que resonó en el silencio, pero en mi cabeza, sonó como el portazo final a mí vida de pareja, entendí que la había perdido para siempre.

El aire frío de la noche me azotó la cara, pero no era tan gélido como el vacío que se había instalado en mi pecho

Tenía que aceptarlo, yo mismo había provocado todo ésto y ya no había vuelta atrás.

Sosteniendo un pequeño ramo de flores que ella no vio y el peso insoportable de mis errores, me permití un momento para mirar hacia atrás.

La casa de Bianca, mi hogar hasta hacía unas semanas, permanecía iluminada. La luz era cálida, pero yo estaba fuera, en la oscuridad.

Era un irresponsable afectivo.

La frase de Bianca se incrustó en mi mente como un puñal oxidado. No era una mentira. Había fallado. Había dado por sentado la incondicionalidad, había esquivado la intimidad emocional y ahora, el precio era perder a la única mujer que realmente había amado y la madre de mi hija.

El arrepentimiento era una marea que amenazaba con ahogarme, un nudo doloroso que me apretaba la garganta.

Llegue a mí coche estacionado en el que fue mi lugar para estacionar por mucho tiempo, un sedán gris, y abrí la puerta con un temblor en la mano.

Me desplomo en el asiento del conductor, dejando el ramo de flores en el asiento de atrás como un recordatorio sombrío de mi exilio.

Me quedo con la frente apoyada en el volante, sintiendo el frío del material, intentando ordenar la tormenta que había en mi mente.

Pero la necesidad de consuelo, de una voz que no me juzgara (o que lo juzgara, pero con una dosis de complicidad) era más fuerte que la culpa.

Saqué mi móvil. En lugar de marcar a un amigo o a mi abogado para agilizar el proceso de divorcio, mi dedo se deslizó por la agenda hasta encontrar un nombre que antes había sido una simple amistad, y ahora era mi gran secreto y mi gran vergüenza: Sophia.

El teléfono sonó solo dos veces antes de que ella contestara, su voz baja y cautelosa.

—Ivan, cariño. ¿Qué tal? ¿Estás bien? —respondió con voz susurrante y erótica.

—Acabo de salir. Acaba de terminar. Me ha echado.

—Oh, mi amor... Lo siento muchísimo. —Hubo una pausa, y su tono cambió, haciéndose más meloso y personal. —No te preocupes por eso ahora. Sabíamos que pasaría. Lo que importa es que ya eres libre.

Suspirando, con voz ahora rendida. —¿Libre? ¿A qué precio, Sophi? He perdido a mi familia por ser un imbécil.

—Shhh... No digas eso. No eres un imbécil, eres... —soltó una risa tonta. —Eres un hombre al que su esposa no supo valorar. Y un hombre que encontró el consuelo donde realmente era querido.

El arrepentimiento era rápidamente ahogado por el dulce veneno de su voz. —Siempre sabes qué decir para hacerme sentir mejor. ¿Estás sola?

—Por supuesto que sí, tontito. Esperándote. —Una pausa llena de intención. —Mi amor, no sabes cuánto me ha costado fingir todos estos días. Verla tan... triste, y yo sabiendo que tú y yo estamos en esto hasta el fondo... Es incómodo.

—Sí, a mí también. Me siento como un miserable. Como un traidor.

Y lo era, un hombre que traiciona a su mujer con su propia mejor amiga no merece el perdón.

—No pienses en eso ahora, por favor. Piensa en mí. Piénsalo así: en menos de media hora, la traición va a ser lo más dulce que vas a sentir. Tengo el vino y tu postre favorito esperándote.

Una sonrisa lenta y culpable se dibujó en mi rostro, mientras ponía el coche en marcha. —Eres una bruja. La peor y la mejor de todas las brujas. ¿Sabes? La odio un poco por haberte mantenido lejos de mí tanto tiempo, actuando como si su amistad fuera más importante.

—Pues esa amiga que nos unió va a ser la que nos va a dar la bienvenida a nuestra nueva vida. Ven rápido, mi rey. Necesito un abrazo tuyo. Necesito que me demuestres que todo esto valió la pena.

—Voy en camino, mi vida. Te amo.

—Y yo a ti, con locura. Con todo mi... corazón traidor.

Y con esas últimas palabras cargadas de burla colgó la llamada y yo solté un aliento largo y tembloroso. El arrepentimiento aún latía bajo la superficie, pero la emoción de ver a Sophia, la promesa de la recompensa inmediata, me adormeció.

La tristeza de la pérdida se mezcló con la adrenalina de la fuga. Había perdido a Bianca por mi irresponsabilidad, sí, pero también había ganado esta nueva, empalagosa, y profundamente traidora conexión con esa mujer candente.

Pise el acelerador, dejando la casa de mi exmujer y la culpa atrás, dirigiendo el coche hacia los brazos de su mejor amiga.

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