LOGINEl motor del coche se apagó frente a un pintoresco edificio en el centro, ajeno al drama que se cocinaba dentro.
Cuando paseé por la recepción y saludé al portero ya sabía que Sophia me estaba esperando en la puerta de su apartamento, con una bata de seda y una sonrisa que era una mezcla de alivio, triunfo y dulzura artificial. Apenas estuve cerca se lanzó a mí brazos. —¡Mi amor! —dijo en un suspiro dulce. Me abrazó con una fuerza desesperada, pegándose a mi como si temiera que se disolviera. Le correspondí el abrazo, cerrando los ojos. Olía a vainilla y a un perfume caro; era un aroma nuevo, ajeno a la lavanda y el aire libre que siempre olía en Bianca. El contraste me golpeó como un recordatorio. Separando el abrazo ligeramente, buscando sus ojos. —Por fin... se acabó. Tomando mi rostro entre sus manos cálidas me respondió: —Sí, se acabó. Ahora solo estamos tú y yo. Entra, está helado aquí afuera. Entramos al acogedor apartamento y la mesa de centro estaba servida con una botella de vino tinto y copas ya llenas. El ambiente era cálido, con luces bajas. Era una escena íntima, pero no podía evitar sentir que era la escenografía de una obra teatral de la que era el villano. Nos sentamos en el sofá y Sophia me ofreció una copa. —Brindemos... Por nuestra libertad. Levantando la copa, pero con una mirada turbia. -¿Y por la culpa? —¡No! Hoy no hay espacio para eso. La culpa es el invento de Bianca para controlarte. Ahora, dime. ¿Cómo ha sido? ¿Muy dramático? —No. Ha sido... triste. Ella no merecía esto, Sophia. Nunca. Me dijo que era un irresponsable afectivo. Y tiene razón. Pero... no solo con ella. Contigo también. Bebiendo un sorbo largo, esquivando la intensidad de mi mirada me dijo: —No digas eso. Conmigo has sido valiente. Has elegido al fin tu propia felicidad. Y la mía. Ella es fuerte, Iván. Se recuperará. Bianca siempre se recupera. El comentario, hecho con una mezcla de seguridad y un deje casi de fastidio, se clavó en mi. —¿Qué quieres decir con eso? Encogiéndose de hombros, intentando sonar casual. —Nada malo. Simplemente, ella tiene esa capacidad. Es preciosa, inteligente, es una gran madre... Va a tener a la mitad de la ciudad haciendo fila para invitarla a salir en cuanto se le pase el luto. Apuesto a que rehace su vida en menos de seis meses. La idea me golpeó con una ferocidad inesperada, agriándome el vino en la boca. Mi estómago se revolvió. —¿Seis meses? ¿Qué dices? No... no la conoces. Poniéndome la mano en el muslo, con una sonrisa protectora. —¿Quién no la conoce, Iván? ¿Tú, que la has dejado por mí? La conozco muy bien. Y sé que no va a perder el tiempo. Y tú tampoco deberías. ¿O crees que va a esperar por ti? Apartando la mirada, mis ojos se llenan de una súbita humedad. —Mierda, Sophia. Siento que acabo de cometer el error más grande de mi vida. No la he dejado por ti. La he perdido por ser como soy. Tú solo eres... la consecuencia. Retirando la mano, su rostro se tensa con un atisbo de rabia.—¡No digas eso! ¿La consecuencia? ¿Después de todo lo que arriesgamos? ¿Las mentiras, los mensajes, las noches robadas? ¡Soy tu mujer ahora, Iván! La que te escucha, la que te desea, la que te va a dar lo que ella te negaba. Me levanto del sofá, inquieto. —Me negaba honestidad. Y yo a ella. Siento que he tirado veinte años de mi vida a la basura por un capricho tardío, un escape... Levantándose también y acercándose a mi, envolviéndome el cuello con los brazos, Sophia me habló: —Escúchame bien. Te has equivocado con ella, sí. Porque no fuiste lo suficientemente valiente para elegirme antes. Pero ahora, no te equivoques conmigo. Mírame a los ojos. Me besa con desespero, un beso apasionado, reclamando su atención y borrando cualquier duda. Separando sus labios solo para susurrar. —Ella ya no existe. Solo existimos nosotros. Y esta noche es solo el principio. Vamos a celebrarlo, ¿sí? Hazme el amor y olvídate del resto. Olvídate de lo rápido que Bianca te olvidará a ti. El doble dardo de la posibilidad de que Bianca siguiera adelante sin mi y la promesa sensual de Sophia, lucharon en mi mente. Mi culpa era real y punzante, pero el dulce y empalagoso chantaje de Sophia era la vía de escape inmediata. Me dejé llevar, rendido al deseo y a la anestesia emocional que ella me ofrecía, cerrando mis ojos y tratando desesperadamente de no ver el rostro triste de mi ex esposa.El auto de Mateo se deslizaba por la autopista costera. El sol de la tarde filtraba un dorado suave a través del parabrisas, y la radio ponía una playlist de canciones indie y pop que me resultaba extrañamente juvenil, pero pegadiza. A su lado, Mateo conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía.Había dejado una nota vaga y rápida para mí hija, diciendo que necesitaba un par de días de reflexión y que Iván se encargaría de ella. En caso de que necesitara algo.Apretando la mano del hombre a mí lado le dije: —Gracias por esto, Mateo. De verdad. Siento que he estado conteniendo la respiración durante años y por fin he podido exhalar.Me da un apretón en la mano en respuesta. —Tienes que parar de agradecerme. Es lo que quiero. Es lo que necesitas. Además, te lo dije: tienes que empezar a vivir tu propia película, no seguir siendo un extra en el drama de Iván.—Mi película es un poco más vintage que la tuya, ¿sabes?Mateo soltó una risa clara y sin cinismo. —Y eso
BiancaPermanecía en mi cama, envuelta en las sábanas de seda que olían a mi, no a Iván.La casa estaba en silencio, un silencio pesado, la ausencia de mi ex marido se sentía como una presión física en las paredes. Me había permitido llorar brevemente, ese llanto amargo de la traición y la pérdida, pero la sensación había sido reemplazada por una calma fría y una determinación sombría.No me permitiría desmoronarme. Mi hija me necesitaba entera.A mí lado, recostado sobre un codo y acariciando distraídamente mi hombro, estaba Mateo. El mejor amigo de mi hija. Un hombre dieciocho años menor que yo, con la mirada seria y el alma sorprendentemente madura.Su presencia allí era mi propio secreto, la decisión impulsiva que había tomado meses atrás, buscando una conexión que Iván me había negado.Su voz era un murmullo grave y reconfortante. —¿Estás bien? De verdad.Suspiré profundamente, mirando hacia el techo oscuro. —No, Mateo. No estoy bien. Pero... Gira mi cabeza para mirarlo, sus ojo
El motor del coche se apagó frente a un pintoresco edificio en el centro, ajeno al drama que se cocinaba dentro.Cuando paseé por la recepción y saludé al portero ya sabía que Sophia me estaba esperando en la puerta de su apartamento, con una bata de seda y una sonrisa que era una mezcla de alivio, triunfo y dulzura artificial.Apenas estuve cerca se lanzó a mí brazos. —¡Mi amor! —dijo en un suspiro dulce.Me abrazó con una fuerza desesperada, pegándose a mi como si temiera que se disolviera.Le correspondí el abrazo, cerrando los ojos. Olía a vainilla y a un perfume caro; era un aroma nuevo, ajeno a la lavanda y el aire libre que siempre olía en Bianca.El contraste me golpeó como un recordatorio.Separando el abrazo ligeramente, buscando sus ojos. —Por fin... se acabó.Tomando mi rostro entre sus manos cálidas me respondió: —Sí, se acabó. Ahora solo estamos tú y yo. Entra, está helado aquí afuera.Entramos al acogedor apartamento y la mesa de centro estaba servida con una botella de
IvánMis piernas se sentían como plomo mientras bajaba los escalones de la entrada de lo que alguna vez fue mi hogar.La puerta se cerró detrás de mi con un suave clic que resonó en el silencio, pero en mi cabeza, sonó como el portazo final a mí vida de pareja, entendí que la había perdido para siempre.El aire frío de la noche me azotó la cara, pero no era tan gélido como el vacío que se había instalado en mi pechoTenía que aceptarlo, yo mismo había provocado todo ésto y ya no había vuelta atrás.Sosteniendo un pequeño ramo de flores que ella no vio y el peso insoportable de mis errores, me permití un momento para mirar hacia atrás.La casa de Bianca, mi hogar hasta hacía unas semanas, permanecía iluminada. La luz era cálida, pero yo estaba fuera, en la oscuridad.Era un irresponsable afectivo.La frase de Bianca se incrustó en mi mente como un puñal oxidado. No era una mentira. Había fallado. Había dado por sentado la incondicionalidad, había esquivado la intimidad emocional y ahor
BiancaEl silencio de la habitación parecía envolvernos después de aquella noche intensa. La luz suave de la luna se filtraba a través de las cortinas, pero en realidad no necesitaba ninguna luz. Todo en mí estaba iluminado por la intensidad del momento, por la sensación de haber llegado a un límite que nunca pensé que cruzaría. Me quedé dormida en los brazos de Mateo, su respiración calmada y su cuerpo cálido contra el mío. Era una sensación tan diferente a la que había experimentado con el papá de mi hija. Con él, todo había sido rutina, responsabilidades, un amor que parecía haber perdido su chispa con los años. Pero con Mateo, había sido diferente. Cada declaración, cada caricia bajo la mesa, parecía abrir una brecha en mi corazón y en mi lógica. Pensé en lo prohibido, en lo que significaba todo esto ahora que mi proceso de divorcio avanzaba. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podía dejarme llevar así cuando todo a mi alrededor parecía estar en caos? Pero la verdad es que, en ese mom
Bianca Estaba en las nubes, solo sentía los latidos de mi corazón en mis oídos y el temblor en mis piernas.Me había hecho tener un orgasmo de otro nivel. Había mojado todo a su paso por la potencia y la cantidad de fluidos que salieron de mi interior.Solo con Mateo he sentido todo ésto y aunque me enloquecía de sobremanera también me asustaba.Aún con mi respiración acelerada, sentí las manos de ese hombre que me hacía sentir hambrienta de él sobre mis muslos temblorosos.No me iba a dar tregua, seguiría llevándome hasta el cielo de los orgasmos.Con rudeza me giro sobre la cama y quedé con el culo parado solo para él.Sentí la primera nalgada y jadeé de impresión, pero a la segunda ya gemí de placer. Los golpes me hacían vibrar y esa vibración llegaba a mí clítoris sensible.Ni siquiera me había metido nada, y ya sentía el próximo orgasmo construyéndose en mi interior. Sentía que cada uno sería devastador.—Voy a nalguerte hasta que tengas está delicia enrojecida.Y no me queje.C







