LOGINGinebra retiró finalmente el arma y la guardó, aunque permaneció de pie frente al escritorio sin apartar los ojos del hombre. Tenía las manos tan apretadas que las uñas comenzaban a clavársele en las palmas, pero no le importaba. Después de tantos días de incertidumbre, estaba a punto de comprobar si habían cumplido con su parte del trato.Los segundos parecieron interminables.Finalmente, la puerta volvió a abrirse y dos guardias ingresaron sujetando a un hombre por los brazos. Llevaba la ropa sucia y arrugada, el cabello revuelto y el rostro marcado por el agotamiento. Era delgado, de piel clara y facciones delicadas, con una apariencia de fragilidad que contrastaba con los hombres enormes que lo escoltaban. Sus ojos verdes recorrieron el despacho hasta detenerse en Ginebra y, al reconocerla, se iluminaron inmediatamente.Los guardias lo soltaron sin demasiada consideración y el joven cayó de rodillas sobre el mármol, incapaz de mantener el equilibrio con las manos atadas.—¡JOAN!E
El sonido de unos tacones resonaba sobre el suelo de mármol, produciendo un eco que se extendía por el elegante pasillo. Ginebra Bellamonte caminaba con la espalda erguida y el rostro inexpresivo, aunque sus manos, cerradas con fuerza, delataban la tensión que llevaba acumulando desde hacía días. Vestía un conjunto negro que resaltaba su figura y mantenía el cabello perfectamente recogido, pero ni siquiera aquella apariencia impecable conseguía ocultar el cansancio que se reflejaba en sus ojos grises. Había cumplido con lo que le exigieron y ahora solamente quería recuperar aquello que le habían arrebatado.Al llegar al final del corredor, se encontró con dos hombres vestidos con trajes oscuros que custodiaban una enorme puerta de madera. Ambos permanecían inmóviles, con las manos entrelazadas frente al cuerpo y expresiones tan serias que parecían incapaces de sonreír. Cuando reconocieron a la mujer, uno de ellos abrió la puerta sin pronunciar palabra y se apartó para permitirle el pa
Kail se levantó del sillón y estiró los brazos por encima de la cabeza, recuperando aquella expresión despreocupada que parecía utilizar para irritar a sus amigos. Después de tantos días encerrado en la casa de seguridad, por fin sentía que la investigación comenzaba a tomar una dirección concreta.—Bueno, muchachos, creo que por ahora tenemos suficiente trabajo. Voy a poner a mis hombres a buscar a la pequeña Ginny y veremos cuánto tarda en aparecer. Debo reconocer que todo esto se está poniendo cada vez más interesante. ¡Y yo que estaba comenzando a aburrirme!Jean soltó una carcajada incrédula.—¿Aburrirte? ¡Pero si llevamos semanas intentando que no nos maten!—¡Precisamente, anciano! ¡Por eso necesitamos un poquito de entretenimiento! Aunque debo admitir que habría preferido algo menos complicado que una prima traicionera y un misterioso ruso que juega a esconderse.Giorgio negó con la cabeza, incapaz de comprender cómo aquel hombre podía bromear después de haberles contado lo oc
Jean se inclinó hacia el escritorio y tomó el teléfono que Giorgio había dejado sobre la superficie. Volvió a reproducir la grabación, deteniéndola justo en el momento en que la mujer levantaba el rostro hacia la cámara. Aunque la mascarilla ocultaba buena parte de sus facciones, aquellos ojos grises resultaban inconfundibles. Los había visto demasiadas veces durante las reuniones familiares de los Bellamonte como para necesitar una fotografía más clara. Amplió la imagen una vez más, intentando convencerse de que podía tratarse de una coincidencia, pero terminó soltando un suspiro de incredulidad.—¿Qué demonios hace Ginny aquí? —preguntó, levantando la mirada hacia Giorgio—. Espera un momento... ¿Eso significa que está trabajando con el ruso que intenta matarnos? ¿Nuestra querida Ginny se metió en todo este desastre? O sea cuando fue parte del secuestro, pensé que lo hizo por su amiguita paula, pero no por maldad.Kail frunció el ceño y se inclinó hacia adelante, observando alternati
El ruso observó a su amigo con una expresión más seria. Había conocido a Giorgio como un hombre frío, calculador y capaz de tomar decisiones terribles cuando sus territorios estaban en peligro, pero desde que lo había visto junto a Lia comprendía que existía una parte de él completamente diferente. El italiano adoraba a su esposa de una manera que no admitía dudas y, aunque Kail disfrutaba provocándolo, comenzaba a entender por qué el nombre de Santana despertaba semejante reacción.Sin embargo, aquella seriedad no duró demasiado, una sonrisa traviesa apareció lentamente en sus labios.—Ahhhh... Ahora entiendo. Los celos, los malditos celos... Esos celos que te hacen daño y te enloquecen —canturreó, moviendo exageradamente la cabeza—. ¡Pero qué interesante! Ustedes dos son mucho más parecidos de lo que imaginaba.Jean entrecerró los ojos.—¿De qué demonios estás hablando ahora?—De ti y del italiano, anciano. Los dos son unos celosos insoportables. Uno amenaza con arrancarle la cabeza
Los tres hombres se encontraban reunidos en el despacho de Giorgio, lejos de las conversaciones y las risas que momentos antes habían llenado la sala. Jean se acomodó cuidadosamente en uno de los sillones frente al escritorio, procurando no hacer demasiada presión sobre la herida que todavía estaba cicatrizando, mientras Kail ocupaba el asiento contiguo con una tranquilidad que contrastaba con la expresión sombría de su rostro. Giorgio permaneció de pie unos segundos, observando al ruso, antes de acercarse a su propio sillón. Conocía demasiado bien a Borkovski para comprender que, si había llegado hasta la casa del lago con aquella mirada, las noticias no podían ser buenas.—Bueno, muchachos, no me fue bien —comenzó Kail, dejando escapar un suspiro mientras se acomodaba contra el respaldo.Giorgio frunció inmediatamente el ceño.—¿Qué pasó?—¡Un momento! —intervino Jean, levantando una mano—. ¿De qué demonios están hablando? ¿Alguien puede darme un poco de contexto antes de comenzar c







