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Capítulo 2

ผู้เขียน: No Daydreamer
A la mañana siguiente, mientras Gabriel seguía dormido, salí con una lonchera en la mano.

Aunque nuestro matrimonio estaba destrozado, fui al hospital. María Galván, la madre de Gabriel, llevaba más de medio año internada por una insuficiencia renal grave, y durante todo ese tiempo yo la había cuidado día y noche.

Sería mi último gesto y también el punto final de una relación de doce años.

Cuando abrí la puerta de la habitación, María estaba elogiándome ante los familiares de la otra paciente.

—Desde que me enfermé, Valeria se ha encargado de todo. Me cuida mejor que una hija propia.

Al verme, sonrió de oreja a oreja y enseguida me pidió que me sentara a descansar.

Serví la sopa que había cocinado durante horas y se la entregué.

—Tómala antes de que se enfríe. Gabriel tuvo fiebre anoche; dentro de un rato debo volver a casa para cuidarlo.

Ella estaba comiendo cuando el celular, que estaba boca abajo sobre la mesa, empezó a vibrar. Como tenía ambas manos ocupadas y no alcanzó a ver quién llamaba, señaló el aparato con la barbilla.

—Valeria, contesta por mí.

Sin sospechar nada, tomé el celular y acepté la videollamada de WhatsApp. Entonces apareció en la pantalla aquel rostro joven y conocido. Era la misma mujer a la que seis meses atrás había visto desnuda y enredada con Gabriel después de que él se emborrachara.

En la pantalla también apareció un niño de unos tres años, acurrucado en sus brazos.

—¡Abuela! ¡Mira el carrito de juguete que me compró papá! —exclamó el niño con dulzura frente a la cámara.

Daniela, concentrada en el niño, no reparó en que yo había contestado. Torció la boca, molesta, y se quejó:

—Anoche Gabriel vino a ver a Tomás. Se sintió mal y terminó quedándose dormido un rato en el sofá antes de que sus amigos lo llevaran a urgencias. Esa loca no volvió a atormentarlo por llegar tarde, ¿verdad?

La conversación se cortó en seco. Durante unos segundos, nadie en la habitación se movió.

María se estremeció y la sopa cayó sobre la manta.

—¡Va… Valeria! ¡Deja que te explique!

Ella se lanzó hacia mí para arrebatarme el celular.

Di un paso atrás. No podía apartar los ojos del niño de la pantalla, cuyo rostro era casi idéntico al de Gabriel. Sentí un frío que me hizo temblar de pies a cabeza.

—¿No es Daniela?

Al verse descubierta, María suspiró y dejó de fingir. Me tomó de la mano con aire solemne, entre lástima e impotencia.

—No culpes a Gabriel por ocultártelo. Durante estos cuatro años, Daniela ha aceptado vivir en la sombra y jamás le ha exigido a Gabriel que te deje por ella.

Un zumbido me atravesó la cabeza. Sentí que las entrañas se me retorcían y el dolor apenas me dejaba respirar.

Entonces, la existencia de aquella mujer no había sido un accidente provocado por el alcohol seis meses atrás.

María me dio unas palmaditas en el dorso de la mano y trató de persuadirme en voz baja.

—Te quiero como a una hija, pero también debes pensar en Gabriel. Después de lo que sufriste, a veces pasaban quince días sin que permitieras que te tocara. Él es un hombre normal. No puedes obligarlo a vivir en celibato por ese problema tuyo.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Tú seguirás siendo la esposa de Gabriel. Nada tiene que cambiar y Daniela nunca se entrometerá entre ustedes. ¿Qué tiene eso de malo?

***

Las piernas me fallaron y caí sobre la silla que estaba detrás de mí.

A partir de ese momento, dejé de oír lo que decía. En mi mente, los recuerdos chocaban con la realidad hasta hacerme sentir partida en dos.

Durante aquellos cuatro años, cada vez que Gabriel viajaba a otra ciudad para participar en una operación de rescate, mantenía conmigo una llamada de voz durante toda la noche. Decía que sabía lo insegura que me sentía y cuánto miedo me daba la oscuridad; oírlo respirar me permitía dormir.

Una vez estuvo en peligro en una zona de desastre. Aun arriesgando la vida, buscó una batería de repuesto para poder mantener la llamada conmigo durante toda la noche.

Pero aquella devoción absoluta que yo creía recibir no había sido más que una mentira.

Durante cada una de esas llamadas interminables con las que intentaba tranquilizarme, ¿acababa de despedirse de Daniela y de Tomás? ¿Pensaba reunirse con ellos en cuanto terminara de hablar conmigo?

Mientras yo me aferraba a su voz para poder dormir, él llevaba a mis espaldas una vida paralela de la que yo no sabía nada.

Lo absurdo de todo aquello me ahogó.

Me puse de pie, ignoré a María y salí tambaleándome de la habitación.

Si la familia perfecta que todos deseaban no tenía un lugar para mí, podía apartarme y dejarles la familia que tanto querían.

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