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Capítulo 3

ผู้เขียน: No Daydreamer
Al día siguiente pedí permiso en el trabajo y me quedé en casa preparando el equipaje.

No tenía mucho que llevarme: unas cuantas mudas de ropa y mis documentos eran suficientes.

De pronto sonó el timbre.

Creí que era el mensajero del despacho jurídico con el convenio de divorcio, pero al abrir la puerta me quedé paralizada.

Era Daniela, vestida con un abrigo blanco de cachemira y con el niño de la videollamada de la mano.

Aferré el picaporte con tanta fuerza que se me blanquearon los nudillos.

—Valeria, ¿no vas a invitarnos a pasar?

Al ver lo descompuesta que estaba, Daniela sonrió con una satisfacción que ni siquiera intentó ocultar.

—No pude explicarte todo durante la videollamada, así que traje a Tomás para que te conociera.

Hizo que el niño diera un paso al frente, como si quisiera exhibirlo ante mí.

—Tomás está por empezar el preescolar y a Gabriel le duele que crezca sin una familia completa. Dice que es su primer hijo y quiere que el niño y yo nos mudemos aquí.

Al mirar a aquel niño, cuyo rostro se parecía tanto al de Gabriel, se me revolvió el estómago.

—¡Lárgate! —rugí, cegada por la rabia, mientras señalaba el ascensor—. ¡Llévate a tu bastardo y sal de mi casa!

Intenté cerrar la puerta de golpe para no volver a verlos, pero Daniela interpuso una mano antes de que pudiera cerrar la puerta.

Se inclinó hacia mi oído, bajó la voz y dejó escapar una risa desdeñosa.

—¿Por qué te haces la digna? ¿De verdad crees que Gabriel te ama? Él mismo me dijo que, cada vez que se acuesta contigo, tiene que tomar pastillas para poder hacerlo y soportar el asco. Cuando intenta tocarte, no puede dejar de imaginar a aquellos hombres encima de ti.

Me sostuvo la mirada y se acercó otro paso.

—También dijo que estás tan sucia que necesita desahogarse conmigo, porque solo un cuerpo limpio como el mío consigue excitarlo.

Algo dentro de mí se rompió en ese instante.

Había necesitado doce años para sanar la pesadilla que viví a los dieciséis. ¡Y él había usado esa herida para burlarse de mí con su amante entre las sábanas!

—¡No tienes derecho a mencionar aquello!

Grité, fuera de control, y la abofeteé con todas mis fuerzas.

¡Paf!

El sonido fue seco y nítido. Daniela perdió el equilibrio y se golpeó la frente contra el marco de la puerta. La sangre comenzó a correr de inmediato y el niño rompió a llorar, aterrorizado.

Sujetándose la frente ensangrentada, ella retrocedió a trompicones.

—¡Estás loca! ¡Ya verás lo que te espera!

Tomó al niño en brazos y corrió tambaleándose hacia el ascensor.

Sin fuerzas, me deslicé por el marco de la puerta hasta quedar sentada en el suelo. Cerré los ojos y un escalofrío me recorrió la espalda.

Con la decisión ya tomada, saqué de la repisa inferior de la mesa de centro la ecografía del bebé que había logrado concebir después de seis meses de espera y la rompí en pedazos.

La sorpresa que había querido darle a Gabriel se había convertido en una cruel burla.

Varias horas después llegaron los documentos del despacho jurídico. Los firmé y dejé el convenio de divorcio justo en el centro de la mesa.

Afuera empezó a caer una lluvia torrencial entre truenos ensordecedores.

Tomé la maleta y me dispuse a salir.

En ese momento, un estruendo sacudió la entrada.

Gabriel había derribado la puerta de una patada. Antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre mí con las venas de la frente marcadas y me apretó el cuello con ambas manos.

—¿Dónde metiste a Tomás?

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