เข้าสู่ระบบDesde que descubrí que Gabriel Lozano me había sido infiel, cada vez que él volvía a casa, yo lo inmovilizaba en la entrada, le bajaba los pantalones y le rociaba la entrepierna con alcohol de alta concentración. Como sabía que había hecho mal, Gabriel siempre se dejaba hacer, con los ojos enrojecidos, mientras intentaba calmarme con ternura y me rogaba que parara. Pero ese día llegó dos horas tarde. En cuanto percibí en él un perfume ajeno, perdí el control y volví a tirar de su cinturón con todas mis fuerzas. —La última vez llegaste media hora tarde y te acostaste con una mujer. ¡Hoy llegaste dos horas tarde! Dime, ¿te acostaste con cuatro? Después de pedirme perdón por enésima vez y de que yo volviera a apartarlo, alzó una mano. En el dorso aún llevaba pegada una gasa sobre el punto donde le habían colocado la vía. Entonces me gritó, al borde del colapso: —¡Ya basta! Tengo tanta fiebre que siento que voy a morir y ni siquiera me preguntas cómo estoy. ¿Cuándo vas a dejar de comportarte como una loca? Solo me acosté una vez con alguien porque estaba borracho. ¿Y tú te crees tan pura? ¡Con razón a los dieciséis años te arrastraron a un callejón, te rasgaron la ropa e intentaron abusar de ti! ¡Una paranoica como tú se merecía que le pasara algo así! El frasco con atomizador se hizo añicos a mis pies. El penetrante olor del alcohol me cerró la garganta. Al ver el hastío en sus ojos, de pronto me sentí agotada. Ya daba igual. No quería seguir aferrada a una relación hecha pedazos.
ดูเพิ่มเติมVolví la cabeza.Era Gabriel.Después de tantos años, había envejecido mucho. Profundas arrugas le marcaban las comisuras de los ojos y gran parte de su cabello se había vuelto blanco.Se apoyaba en una muleta metálica y mantenía rígida la pierna derecha.Permaneció allí sin saber cómo acercarse. Apretaba con tanta fuerza la empuñadura de la muleta que los nudillos se le habían puesto blancos.—Cuánto tiempo sin verte.No aparté la mirada. Solo asentí con calma.—Sí, ha pasado mucho tiempo.Se hizo un silencio incómodo.—Me trasladaron aquí para ocuparme de tareas administrativas y logísticas —dijo con un leve temblor en la voz—. ¿Tú… estás bien?—Muy bien.Sus labios se movieron como si aún quisiera preguntar algo.—¡Mamá!Mi hija salió corriendo de la zona de juegos, se lanzó a mis brazos y alzó la cara hacia mí. Sostenía un osito que había sacado de una máquina de peluches y sus ojos brillaban de emoción.—¡Mamá, mira! ¡Lo conseguí!Sonreí, le acaricié el cabello y limpié con una to
Era Daniela.Llevaba un abrigo viejo y desteñido. Tenía el cabello enmarañado y la piel amarillenta; no quedaba nada de la mujer elegante y ostentosa que había visto la última vez.En cuanto me vio, cayó de rodillas frente a mí en plena calle.Mis compañeros que salían del trabajo y los peatones de los alrededores se detuvieron para observar con curiosidad.—¡Valeria! ¡Te lo ruego, sálvame!Entre sollozos, intentó sujetarme del pantalón, pero retrocedí para evitarla.—Gabriel rompió toda relación conmigo. Solo deposita la pensión alimenticia de Tomás y cubre una parte del tratamiento de su madre, pero lo que aporta no alcanza para cubrir los gastos de cuidados intensivos.Tenía el rostro bañado en lágrimas, el maquillaje corrido y apenas conseguía articular las palabras.—Tomás también está enfermo. Sé que tienes todo ese dinero. Eres una buena persona. Por todo lo que María hizo por ti en el pasado, aunque sea dame algo para salir de esta situación. Si no, de verdad no podremos sobrev
Se detuvo a tres pasos de mí, sin atreverse a acercarse más.—¿Leíste el convenio? —pregunté—. Si estás de acuerdo, fírmalo. Si tienes alguna exigencia, habla con mi abogado.—¡No voy a firmar!Me miró como si se aferrara a su última esperanza.—No me abandones. Sé que durante cuatro años te oculté mi relación con Daniela y que, después, también te oculté el nacimiento de Tomás. No tengo ninguna excusa para eso. Pero nunca dije las cosas que Daniela te contó. Revisé las grabaciones de seguridad que se conservaban en la base: aquella noche, hace seis meses, puso algo en mi bebida.Me sostuvo la mirada; su voz era casi una súplica.—No pretendo justificar todo lo demás que te hice. Solo quería que supieras que aquella noche las cosas no ocurrieron como ella te las contó.Escuché en silencio toda su confesión y solo me pareció absurdo.—¿Terminaste?Gabriel abrió la boca, pero no encontró ninguna respuesta. Al final, asintió.—Gabriel —dije, con la voz casi perdida en el aire frío—, ¿cree
Cuando la puerta se cerró, Gabriel regresó junto a mi cama.—Valeria, perdóname. No sabía que mi madre diría algo así. No volveré a permitir que ninguna de las dos te moleste. Empecemos de nuevo. De ahora en adelante haré todo lo que me pidas, ¿sí?Su tono era casi una súplica.Bajé la mirada sin volver a verlo.—Firma el convenio de divorcio.Oí cómo contenía la respiración a mi lado.—No voy a firmarlo —respondió con la voz quebrada—. No acepto el divorcio. Lo que le hice a nuestro bebé no tiene perdón y pasaré el resto de mi vida intentando reparar el daño que te hice. Estás muy débil y necesitas que alguien te cuide.—No te necesito.Saqué el celular de debajo de la almohada, llamé a una agencia y contraté una cuidadora disponible las veinticuatro horas.Gabriel permaneció de pie observándome durante toda la llamada. Solo cuando colgué se atrevió a hablar con voz ronca.—Está bien. No volveré a hacerte enojar. Me quedaré afuera; llámame si necesitas algo.Después salió de la habita






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