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Tras Doce Años, Dejé de Amarte

Tras Doce Años, Dejé de Amarte

โดย:  No Daydreamerจบแล้ว
ภาษา: Spanish
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Desde que descubrí que Gabriel Lozano me había sido infiel, cada vez que él volvía a casa, yo lo inmovilizaba en la entrada, le bajaba los pantalones y le rociaba la entrepierna con alcohol de alta concentración. Como sabía que había hecho mal, Gabriel siempre se dejaba hacer, con los ojos enrojecidos, mientras intentaba calmarme con ternura y me rogaba que parara. Pero ese día llegó dos horas tarde. En cuanto percibí en él un perfume ajeno, perdí el control y volví a tirar de su cinturón con todas mis fuerzas. —La última vez llegaste media hora tarde y te acostaste con una mujer. ¡Hoy llegaste dos horas tarde! Dime, ¿te acostaste con cuatro? Después de pedirme perdón por enésima vez y de que yo volviera a apartarlo, alzó una mano. En el dorso aún llevaba pegada una gasa sobre el punto donde le habían colocado la vía. Entonces me gritó, al borde del colapso: —¡Ya basta! Tengo tanta fiebre que siento que voy a morir y ni siquiera me preguntas cómo estoy. ¿Cuándo vas a dejar de comportarte como una loca? Solo me acosté una vez con alguien porque estaba borracho. ¿Y tú te crees tan pura? ¡Con razón a los dieciséis años te arrastraron a un callejón, te rasgaron la ropa e intentaron abusar de ti! ¡Una paranoica como tú se merecía que le pasara algo así! El frasco con atomizador se hizo añicos a mis pies. El penetrante olor del alcohol me cerró la garganta. Al ver el hastío en sus ojos, de pronto me sentí agotada. Ya daba igual. No quería seguir aferrada a una relación hecha pedazos.

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บทที่ 1

Capítulo 1

En la entrada, nadie se atrevía a decir una palabra.

La puerta había quedado entreabierta. Los dos amigos que, después de acompañar a Gabriel a urgencias para que le bajaran la fiebre, lo habían llevado a casa permanecían rígidos detrás de él y trataron de aliviar la tensión con evidente incomodidad.

—Valeria, la fiebre le nubló la cabeza. No hablaba en serio.

—Además, nadie soportaría que lo rociaran con alcohol todos los días. No se lo tomes tan a pecho.

—Exacto. Y lo que pasó aquella vez que se emborrachó… según Gabriel, no volvió a ocurrir.

La sola mención de aquello me revolvió el estómago.

Cuando tenía dieciséis años, mi hermanastro y varios de sus amigos me arrastraron a un callejón oscuro.

Ya me habían rasgado la ropa cuando Gabriel, que entonces tenía dieciocho, apareció con los ojos inyectados en sangre y los ahuyentó a golpes con un ladrillo.

Se quitó la chaqueta y envolvió con ella mi cuerpo tembloroso. Me abrazó y lloró más que yo.

—No tengas miedo. Mataré a cualquiera que se atreva a tocarte.

A causa de aquella pesadilla, después de casarnos rechazaba por completo la intimidad. Bastaba con que me tocara para que empezara a temblar.

En esa época, Gabriel me abrazaba una y otra vez y me besaba la frente con ternura.

—No tengas miedo. No pasa nada. Esperaré todo el tiempo que necesites.

Siempre creí que él era quien me había rescatado del infierno.

Hasta que, seis meses atrás, sufrió una crisis de gastritis y fui de madrugada a la base de rescate para llevarle medicamentos.

Allí lo vi con mis propios ojos: tenía sujeta sobre el sofá a la psicóloga del equipo de intervención en crisis de la base y la besaba con desesperación. Jadeaba sobre el cuello de aquella mujer, dominado por un deseo que jamás había mostrado conmigo.

El sostén negro de encaje de ella había quedado tirado sobre el uniforme de rescate que, para Gabriel, representaba el honor.

Cuando los sorprendí, Gabriel cayó de rodillas, al borde del llanto, y juró que estaba borracho y la había confundido conmigo.

Durante doce años creí que era quien me había sacado del infierno. Jamás imaginé que el hombre que me rescató de un abismo terminaría arrojándome a otro.

Cuando volví en mí, Gabriel parecía haber recuperado algo de lucidez. Dio un paso hacia mí e intentó tomarme de la mano.

—Perdóname. Estaba fuera de mí y dije cualquier cosa. De verdad tengo fiebre; me duele mucho la cabeza.

Habló en voz baja y se acercó con el rostro lleno de remordimiento.

Retrocedí para evitar su mano.

—Ve a descansar.

Su mano quedó suspendida en el aire. Frunció el ceño, inquieto, y quiso acercarse otra vez.

—Déjame explicarte.

—Estoy cansada.

Lo interrumpí, entré en la habitación de invitados y cerré la puerta con llave.

A través de la madera oí a sus amigos llevarlo a la habitación principal y decirle en voz baja que, como yo no había armado una escena, seguramente ya había dejado atrás el asunto.

Apoyé la espalda contra la puerta y me deslicé lentamente hasta el suelo.

No había dejado nada atrás. Simplemente ya no quería seguir aferrándome a una historia hecha pedazos.

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