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Capítulo 3

Author: Elena Rojas
Usé toda la fuerza que me quedaba para levantarme y, cuando por fin logré enderezarme, el sudor me cubría la frente.

Cuando el sanador me dijo por primera vez que no me quedaban más de treinta días de vida, pensé en contárselo a Ivander en infinidad de ocasiones. Me daba miedo que la verdad le doliera, aunque me aterraba mucho más que no le importara en absoluto. No era capaz de soportar ninguna de las dos opciones, así que preferí callar.

Ivander me examinó con desconfianza mientras el corazón me latía tan fuerte que lo sentía en las costillas. Luego soltó una risa fría con una expresión decepcionada.

—De verdad no cambias. Fingiste tan bien aceptar mi decisión que casi te creí. —Me miró con desdén—. Pero como no te funcionó y no te di la atención que querías, te frustraste.

Dio un paso hacia mí.

—Ya basta, Lina. No lograrás que cancele la ceremonia de unión de mañana.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Aunque sus palabras ardieron como una bofetada, logré sonreír.

—¡Qué inteligente, Ivander! Ojalá hubieras regresado un poco más tarde.

Su expresión se volvió incluso más gélida.

—¿Qué fue lo que se cayó al piso?

—Agua. Es solo agua.

—¿En serio? ¿Y por qué te asustaste cuando entré?

Recorrió la oscura habitación con la mirada. Antes de que alcanzara el interruptor de la luz, me interpuse entre él y la pared.

—Ya me iba a dormir. Tú también deberías descansar. —Lo miré a los ojos—. Espero que todo salga bien mañana en tu ceremonia de unión.

Torció los labios con burla, como si le hubiera contado un mal chiste.

—Que salga bien o no depende de ti, ¿no crees?

No entendí por qué lo decía. Sus palabras solo me demostraban cuánto desconfiaba todavía de mí. Pero si lo que había dicho era verdad, entonces todo saldría a la perfección porque yo no estaría ahí.

A la mañana siguiente, desperté con la mente en blanco otra vez. Por suerte, mi diario seguía junto a la almohada. No había más que una instrucción escrita en la página: “Vete sin que se den cuenta”.

Asentí para mí misma y me tomé una dosis de la medicina del sanador, esperando que me mantuviera estable el tiempo suficiente para llegar a la casa de mis padres.

Cuando salí de la habitación, me encontré con Ivander, quien llevaba su mejor traje ceremonial. Verlo así me robó el aliento. Había imaginado ese instante muchas veces, aunque jamás de esa forma.

En cuanto me vio, frunció el ceño como si estuviera esperando que hiciera mi siguiente jugada.

—Te ves muy guapo —le dije sin pensar.

No hice ningún escándalo. Simplemente regresé a mi cuarto y terminé de empacar. Para cuando bajé las escaleras, los miembros más influyentes de la manada Blood Moon llenaban la sala.

Ivander se fijó en mi ropa sencilla y me dijo en voz baja:

—Estuviste un buen rato arriba. ¿Por qué no te has puesto el vestido para la ceremonia?

Antes de que se me ocurriera una excusa, su asistente se acercó a recordarle que era hora de salir. Ivander volvió a mirarme.

—No hay lugar para ti en el auto. Busca cómo llegar a la ceremonia sola.

—Eric pasará por mí.

Era mentira, pero fue la forma más rápida de lograr que Ivander se marchara sin prestarme demasiada atención. Me mantuve calmada, aun cuando su expresión seguía siendo indescifrable y no tuve idea de si mi respuesta lo había tranquilizado o lo había molestado.

Antes de que pudiera averiguarlo, los invitados lo rodearon y lo acompañaron hacia los vehículos.

—Es el día más importante de tu vida, Alfa —le dijo uno de los lobos—. ¿Por qué tienes esa cara tan seria?

Otros se sumaron a la broma, insistiendo en que sonriera. Ivander por fin esbozó una sonrisa leve antes de subir al auto. Lo observé desde la distancia, deseándole de todo corazón que fuera feliz.

Apreté entre mis dedos la pulsera de cordón desgastado que llevaba en la muñeca, el único recuerdo que me habían dejado mis padres.

—Mamá, papá, desde hoy Ivander tendrá su propia familia. Lo vi esta mañana y seguro será muy feliz. —Me tembló la voz—. Ya no tienen que preocuparse por mí. Muy pronto estaré con ustedes.

Una brisa suave me rozó la mejilla, como una caricia familiar.

Cuando todos se fueron, la mansión del Alfa quedó en completo silencio. Me permití llorar por última vez. Luego me sequé las lágrimas, bajé mis maletas y las metí en mi auto. Me iba a casa.

Las carreteras estaban repletas de miembros de la manada Blood Moon que viajaban hacia la ceremonia de unión de Ivander. Todos querían conocer a la hermosa Luna que su Alfa estaba a punto de reclamar porque, según nuestra tradición, cuantos más lobos presenciaran un vínculo de unión, más bendecido sería el futuro de los compañeros.

Todos los demás conducían hacia la ceremonia, pero yo iba en dirección opuesta.

El tráfico colapsó y me quedé atrapada en la fila de autos que iban a la celebración. Por la ventanilla abierta, alcancé a oír a varias lobas que conversaban en el vehículo de al lado.

—¡Por la Diosa de la Luna, Ivander es todo un romántico! —comentó una de ellas—. Mi hermano ya está allá y me dijo que llenaron el lugar de rosas rosadas. ¡Las puedes oler antes de entrar!

—Mis padres se acaban de comunicar por el enlace mental —dijo otra loba—. Dicen que el vestido de la Luna combina con las rosas y que tiene una cola enorme. ¡Vamos, tenemos que ver eso!

Rosas rosadas y un vestido a juego con una cola larga. Era idéntica a la ceremonia que yo le había descrito a Ivander. Me quedé desconcertada por un instante y me pregunté por qué lo habría hecho. Enseguida aparté la idea de mi mente. No importaba cuáles fueran sus razones, ya no tenía nada que ver conmigo.

Cuando el tráfico empezó a avanzar por fin, un joven lobo se acercó a mi ventanilla y me entregó una bolsita.

—Hoy es la ceremonia de unión del Alfa Ivander. Todos los invitados reciben un detalle.

Aunque yo no iba a presenciar nada, acepté el regalo sin dar explicaciones. Ivander debió de haber hecho hasta lo imposible para complacer a Daisy.

Abrí la bolsita y saqué una galleta. El primer bocado me paralizó. Sabía igual que las que Ivander me horneaba cuando yo era una cachorra. Él jamás había cocinado antes de adoptarme y, aun así, pasó tres días enteros aprendiendo a prepararlas. Jamás volvería a probar otra igual.

Antes de salir de la mansión, había dejado una nota sobre la mesa de mi cuarto: “Ivander, gracias por cuidar de mí todos estos años, pero ya no tienes que seguir haciéndolo. Espero que mi partida te dé la felicidad que mereces”.

Terminé de comerme la galleta, cerré mi enlace mental por completo para que nadie pudiera rastrearme y apreté el volante con ambas manos. Luego manejé hacia el único hogar que me quedaba sin mirar atrás ni una vez.

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