LOGINAntes de cumplir los veintiún años, las leyes de la manada me exigían nombrar a un Primer Guardián. En la manada Blood Moon, la mayoría de los lobos elegía a uno de sus padres y algunos nombraban a su futuro compañero. Mis padres habían muerto hacía años, así que escribí el nombre del Alfa Ivander, el lobo que me acogió cuando yo tenía trece años y me crio como a una hija. Al día siguiente, me devolvió el formulario. —Elige a otro —dijo. Antes de que pudiera preguntarle por qué, volvió a hablar con voz fría y distante: —Te he cuidado durante años, Lina, pero sigo siendo tu padre adoptivo. Cualquier sentimiento que creas tener hacia mí está fuera de lugar. Tardé un instante en comprender a qué se refería. Pensaba que estaba enamorada de él. A partir de ese día, Ivander me quitó todos los privilegios que me había concedido. Me prohibió entrar en la mansión del Alfa, bloqueó nuestro enlace mental privado y le ordenó a su asistente que jamás volviera a informarle nada sobre mí. Intenté verlo una vez con la esperanza de explicárselo, pero los centinelas me detuvieron en la entrada. —El Alfa Ivander nos dio órdenes directas. No quiere verte. Después de aquello, cada vez que nos encontrábamos por casualidad en el territorio, él se daba media vuelta y se iba. Pasaron seis meses. Fue entonces cuando me diagnosticaron Deterioro del Espíritu de Lobo. El sanador me dijo que no existía cura y que apenas me quedaban treinta días de vida.
View MoreLa luz tibia del sol se filtró por la ventana y me acarició la piel. Al verla, comprendí que había sobrevivido a la noche y la medicina había funcionado. Volví a llorar, pero ya no de desesperación, sino de alivio por esta nueva oportunidad de vivir. Ivander dormía recostado sobre el borde de mi cama, todavía apretándome la mano. No quise despertarlo y me quedé mirándolo en silencio. En todas esas semanas no había descansado en absoluto solo por cuidarme. Ahora, por fin, podía hacerlo. Había perdido muchísimo peso. Tenía los pómulos más marcados, la mandíbula más afilada y la camisa le quedaba al menos una talla más grande. Como si intuyera que lo estaba mirando, abrió los ojos poco a poco y se encontró con los míos. En su mirada se mezclaron la sorpresa, la felicidad y un enorme alivio.—¿Recuerdas quién soy? —me preguntó como siempre.Fingí estar confundida a propósito y negué con la cabeza, pero no logré engañarlo. Me sonrió con ternura antes de ponerse serio. —Lina, perdón
Después de que Ivander me llevó de regreso, me quedé profundamente dormida y no desperté hasta la tarde del día siguiente. Al abrir los ojos, lo encontré sentado junto a mi cama. Parecía haberse quedado ahí toda la noche. Tenía el rostro demacrado por el agotamiento y unas ojeras enormes. En cuanto notó que había despertado, se acercó a mí con cuidado. —Lina..., ¿sabes quién soy? En otro momento, le habría seguido el juego fingiendo que no lo recordaba solo para ver su cara de preocupación. Pero esta vez le respondí con sinceridad.—Ivander. Su cuerpo tenso se relajó por fin y me miró con una expresión de alivio. Enseguida, me dio la única buena noticia que había encontrado durante estos días difíciles.—Un sanador me contactó. Lleva quince años investigando el Deterioro del Espíritu de Lobo. Casi todos los que lo padecen mueren, pero no significa que sea imposible recuperarse. Hace poco creó una nueva medicina. Se calló un instante y apretó los labios varias veces antes de atreve
Después de aquella noche, Ivander se quedó en la casa para cuidarme. Se hizo cargo de todo. Cada mañana, apenas se aseaba, lo primero que hacía era bajar a la cocina a hacer el desayuno. La primera vez que lo vi con un delantal puesto, intentando darle la vuelta a un huevo en la sartén, me quedé mirándolo desde el marco de la puerta un buen rato. Costaba creer que el mismo Alfa imponente que lideraba a toda la manada Blood Moon estuviera ahora en mi cocina, preparándome cuidadosamente la comida. Por las noches me alistaba el agua tibia. Pero ni siquiera cuando me metía a bañar lograba estar tranquilo. Se quedaba esperando afuera y tocaba con suavidad a cada rato para preguntarme si todo estaba bien. Tampoco dejó de buscar una cura para mi enfermedad. Se comunicó con sanadores y místicos de todos los clanes del mundo con la esperanza de que alguno supiera cómo salvarme. Varios viajaron para revisarme, pero bastaba que me examinaran para que bajaran la cabeza en silencio y se fueran
Cumplió su palabra. Tres días después de volver a la casa de mis padres, Ivander apareció frente a mi puerta. —¡Lina, soy yo! Sé que estás adentro. ¡Ábreme, por favor!Tenía la voz completamente ronca, sin rastro del Alfa seguro e imperturbable que yo conocía. Estaba demacrado, como si esos tres días le hubieran consumido todas sus fuerzas. En el instante en que lo vi por la ventana, el corazón se me aceleró por la sorpresa y la alegría. Sin embargo, reaccioné a tiempo y sujeté del brazo a Helen justo cuando iba a abrir. Negué en silencio. Aunque moría por salir y hablar con él, tenía miedo de volver a sentir todo el dolor que me había costado tanto enterrar en cuanto lo tuviera de frente. —¿Cómo me encontraste? —pregunté a través de la puerta—. Nunca habías venido aquí. Como el Alfa de nuestro clan, Ivander tenía demasiadas responsabilidades y asuntos de la manada que atender. Por eso, a los trece años, cuando supe que él sería mi tutor, yo misma empaqué y fui a su mansión para n
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