Partager

Capítulo 4

Auteur: Anne P
A la mañana siguiente, Raúl vino a verme al hospital. Probablemente no había dormido: tenía los ojos inyectados de sangre. En cuanto se sentó, miró el suero.

—¿Anoche volviste a sangrar?

—Sí.

—¿Por qué no me dijiste?

Lo miré.

La noche anterior lo había llamado. El celular apenas sonó dos veces antes de que rechazara la llamada. Después, Tomás me explicó que Lorena no dejaba de llorar mientras le suturaban la herida y que Raúl estaba con ella, así que no podía contestar.

—No quería molestarte.

Raúl guardó silencio un momento. Debió de recordar aquella llamada, porque extendió los brazos y me abrazó.

—Lorena se cortó con los fragmentos. Le dieron dos puntos. Desde niña le ha tenido mucho miedo al dolor, y no había nadie más con ella. No podía dejarla sola.

Respondí suavemente:

—Sí.

—Sé que lo de la pulsera te dolió.

Hizo una pausa y bajó la voz.

—Aquella vez fui yo quien se peleó con ella por orgullo. Después se fue al extranjero. Yo he vivido bien estos siete años, mientras ella seguía sin volver. Le debo una explicación.

Apoyada en su pecho, escuché el latido firme de su corazón.

Así que él siempre había tenido presente lo que le debía a Lorena. Por eso, cuando regresó, le dio un puesto, la protegió de los rumores y la sacó primero del incendio.

Yo también había estado en deuda con él.

Cuando mi madre estaba muy enferma, me arrodillé frente a la ventanilla de pagos para suplicarle al médico que esperara un día más. Fue Raúl quien me ayudó a levantarme y entregó su tarjeta bancaria.

Después, cuando su familia lo apartó, comí pan a su lado en una oficina diminuta y ordené sus documentos hasta el amanecer. Cuando alguien intentaba emborracharlo a propósito en una reunión de negocios, yo bebía en su lugar. Seguí haciéndolo incluso después de sufrir yo misma una hemorragia estomacal.

Entonces siempre sentía que él me había dado demasiado y que yo todavía no había hecho lo suficiente.

Solo cuando el incendio se llevó a mi bebé me atreví por fin a admitirlo: durante esos siete años, no me había limitado a recibir todo lo que él me daba. Ya había saldado aquella deuda.

Al verme distraída, Raúl me acarició la cara.

—Cuando estés un poco mejor, te llevaré al sur. Siempre has querido pasar una temporada junto al mar, ¿no?

Miré su rostro, tan cerca del mío, y sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

En nuestro segundo año de matrimonio también había prometido llevarme a ver el mar. Antes del viaje, su empresa se quedó de pronto sin fondos. Aquella noche, recostado en el sofá de su oficina, por primera vez se le humedecieron los ojos delante de mí.

—Puede que me quede sin nada.

Cancelé los dos pasajes de avión y transferí todos mis ahorros a su cuenta.

—No pasa nada. Volveremos a ganarlo juntos.

Después, cuando la empresa salió adelante, me abrazó y prometió que, en cuanto asegurara su puesto, me compensaría con un viaje.

La espera duró cinco años. Ahora, por fin, lo había recordado. Yo ya no quería ir.

—Está bien.

Acepté como siempre. Él sonrió y se inclinó para besarme la frente.

—Duerme. Me quedo contigo.

Aquella noche, por una vez, no se fue. Escuché su respiración y permanecí con los ojos abiertos hasta el amanecer.

Después de salir del hospital, no volví a mencionar el incendio ni pregunté por Lorena. Entregué al abogado todas las joyas que Raúl me había regalado, junto con los documentos de las propiedades y las acciones que me había dado, para que se encargara de devolvérselo todo.

Al ver el tocador medio vacío, Marta Vargas no pudo evitar preguntarme:

—Señora, ¿por qué está guardando todo esto?

—Hay diseños que ya no me gustan.

No le dio más vueltas. Todos sabían que Raúl me había consentido durante siete años y estaban seguros de que jamás renunciaría a ser su esposa, mucho menos a los lujos que él me daba.

Pero habían olvidado que, cuando llegué a su casa siete años antes, solo llevaba una maleta vieja. Dentro había dos mudas de ropa, una foto de mi madre y el comprobante del tratamiento que Raúl había pagado.

Ahora que me iba, una sola maleta seguía siendo suficiente.

El día de mi partida, Raúl había ido a la ciudad vecina. El proyecto que Lorena había asumido tenía problemas y varios miembros de la junta se negaban a firmar. Él fue en persona a respaldarla.

Por la mañana me envió dos mensajes:

«En cuanto termine de resolver esto, vuelvo».

«Cenamos juntos».

Seguramente creía que yo le dejaría la luz encendida y esperaría su regreso, igual que durante los últimos años.

Esta vez no respondí.

Cuando se oyó el anuncio por los altavoces del aeropuerto, le entregué el acuerdo de divorcio al abogado.

—Déselo cuando el avión haya despegado.

Él miró los documentos de los bienes.

—¿No quiere conservar nada?

—Nada.

—Con esto tendría asegurado el resto de su vida.

Bajé la mirada hacia mi mano. Donde había llevado el anillo durante siete años, ahora solo quedaba una tenue marca blanca.

—Si me quedo con algo, siempre sentiré que todavía le debo. Así está bien.

Cuando el avión atravesó las nubes, las luces de la capital se hicieron cada vez más pequeñas.

Siete años antes, me había mudado de un sótano a su casa. La primera noche en aquella cama tan suave, ni siquiera me atreví a moverme. Raúl se rio de mi timidez y me abrazó junto con la manta.

—Este es tu hogar.

Después aprendí a usar vestidos de gala, a beber vino tinto y a sonreír mientras trataba con los miembros de su familia que me despreciaban. Por fin dejaron de llamarme "la muchacha pobre" en mi cara.

Yo casi había olvidado que no pertenecía a ese lugar.

Hasta que, durante el incendio, Raúl levantó a Lorena en brazos y me dejó atrás. Entonces lo recordé.

Solo la persona a la que él eligiera tenía derecho a quedarse en su casa. A mí me había ayudado una vez casi por casualidad, y yo había confundido eso con la certeza de que me elegiría toda la vida.

Aquella ciudad me había dado los días más difíciles y también un hogar que parecía un sueño. Ahora había despertado.

Yo no había muerto en el incendio. La esposa de Raúl, en cambio, se había quedado allí para siempre.

Continuez à lire ce livre gratuitement
Scanner le code pour télécharger l'application

Dernier chapitre

  • Tu Esposa Murió en Aquel Incendio   Capítulo 10

    Tres años después, compré un pequeño edificio junto al mar. En la planta baja estaba la tienda; en el piso de arriba enseñaba a las muchachas de la zona a preparar postres.Algunas eran como yo había sido antes: no tenían un título ni una familia en la que pudieran apoyarse. Les pagaba un sueldo y les enseñaba un oficio con el que pudieran mantenerse.Paloma decía a menudo que yo había cambiado mucho. Ya no medía cada paso ni estaba siempre pendiente del humor de los demás. Al mirarme en el espejo, descubrí que, desde que había dejado a Raúl, me sentía mucho más yo que antes.No vendí la vieja casa de mi madre. Las hortensias del patio florecían cada año. A veces me sentaba en el patio y pensaba en el bebé que no había llegado a nacer.Todavía me ponía triste, pero esa tristeza ya no me mantenía atrapada.Creé un fondo de ayuda con el nombre de Uvita, destinado a mujeres embarazadas que no tenían dinero para recibir atención médica. El primer aporte salió de lo que yo había ganado con

  • Tu Esposa Murió en Aquel Incendio   Capítulo 9

    Un año después, abrí la segunda tienda sin usar dinero de Raúl.Los comienzos fueron difíciles. Hipotequé la casa de mi madre y reduje mis horas de sueño a cinco por noche. Pero esta vez me esforzaba por mí misma.Daniel se encargaba de la publicidad y Paloma me ayudaba a atender la primera tienda. El día de la inauguración del nuevo local, se formó una fila larga en la entrada.Frente al horno, viendo cómo subía el pan, sentí por primera vez una satisfacción profunda y serena. Antes, cuando alguien hablaba de mí, decía que era la esposa de Raúl. Ahora había personas que viajaban expresamente para probar un pastel hecho por mí.Ya no vivía a la sombra de nadie.Raúl todavía venía de vez en cuando. Ya no me pedía que volviera ni se interponía en mi camino. Solo se sentaba en el rincón más apartado de la tienda y pedía un café negro como el que yo solía prepararle.Tenía problemas de estómago. Antes no lo dejaba beber café en ayunas. Ahora podía seguir tomando hasta ponerse pálido, y nad

  • Tu Esposa Murió en Aquel Incendio   Capítulo 8

    Raúl no se fue del pueblo. Se alojó en la posada de al lado. Cada mañana, antes de que yo abriera la tienda, ya estaba al otro lado de la calle.Yo lo ignoraba y él esperaba hasta la noche.Una vez, el paso de un huracán arrancó el letrero del local. Cuando llegué a la mañana siguiente, ya estaba arreglado. Daniel me contó que Raúl había pasado media noche reparándolo bajo la lluvia. Se había cortado la palma con una lámina de metal y le habían dado seis puntos.Yo simplemente llamé a unos trabajadores para que lo reemplazaran por un letrero nuevo.Cuando Raúl vio que retiraban el viejo, su mirada dejó ver un instante de vergüenza.—¿Por qué lo cambias?—No me gusta deberle nada a nadie.—Somos esposos.—Pronto dejaremos de serlo.No volvió a decir nada.Antes de la audiencia de divorcio, por fin firmó el acuerdo. Ese día quiso poner todos sus bienes a mi nombre. No acepté ninguno.Fue a buscarme a la tienda, con los ojos inyectados de sangre.—Esto siempre ha sido tuyo. Tú también hic

  • Tu Esposa Murió en Aquel Incendio   Capítulo 7

    El día que abrí la tienda hizo buen tiempo. La llamé Renacer. Paloma dijo que el nombre no era muy elegante, pero a mí me parecía perfecto.El local era pequeño. Bastaba con abrir la ventana para ver el mar.Al principio venía poca gente. Me levantaba todos los días a las cuatro de la mañana para amasar y no cerraba hasta las diez de la noche. Todavía sentía algunas molestias. El médico me pidió que no faltara a mis controles y me recordó que no debía agotarme.La advertencia del médico me hizo entender que también tenía que cuidar de mí. Antes recordaba los medicamentos de Raúl, sus reuniones y cada fecha importante, pero a menudo olvidaba que yo también podía enfermarme.Un mes después, empezaron a llegar clientes habituales. Daniel Acosta, el dueño de la posada de al lado, tomó fotos de mi tienda y las publicó en internet. El mar, las flores y el pan recién horneado atrajeron a muchos turistas.Algunos me reconocieron como la esposa de Raúl. No lo negué ni di explicaciones. El pasad

  • Tu Esposa Murió en Aquel Incendio   Capítulo 6

    Tardé dos semanas en reparar la casa que me había dejado mi madre. En el patio había un naranjo seco. Paloma me aconsejó cortarlo, pero yo lo regué durante varios días.Después, un jardinero me explicó que las raíces ya estaban podridas y que dejarlo allí solo atraería insectos.Permanecí mucho tiempo bajo el árbol.—Entonces córtelo.Hay cosas que, una vez muertas, no vuelven a la vida por mucho que uno las riegue.Cuando se llevaron la madera, quedó un buen espacio libre en el patio. Planté hortensias blancas allí. También usé mis ahorros para alquilar un local junto al mar, donde quería abrir una panadería y pastelería.Antes de casarme con Raúl, había servido bebidas en el club privado y trabajado como aprendiz en una pastelería. Cuando mi madre estaba hospitalizada, solía llevarle el pan que quedaba sin vender. Ella siempre decía que lo que yo hacía era delicioso.Después de mudarme a casa de Raúl, donde había un cocinero, dejé de hornear.Cuando se quemó mi primera tanda de pan,

  • Tu Esposa Murió en Aquel Incendio   Capítulo 5

    Cuando aterrizó el avión, no encendí el celular de inmediato. Afuera llovía. Las luces de aquella ciudad desconocida se fundían unas con otras detrás de la lluvia.Me recordaban la noche en que fui por primera vez con Raúl a la casa de su familia, tantos años atrás. También llovía. Él me había cubierto con su paraguas y me había puesto el abrigo sobre los hombros.Ahora arrastré mi vieja maleta y salí sola bajo la lluvia.Cuando encendí el celular, aparecieron decenas de llamadas perdidas. No las revisé.El taxista me preguntó adónde iba. Le di el nombre de un pueblo junto al mar. Allí había una casa vieja que me había dejado mi madre.Cuando yo era niña, mi madre siempre decía que, en cuanto se recuperara, volveríamos juntas a aquella casa junto al mar. Nunca pudimos hacer ese viaje.Al salir del aeropuerto, puse el celular en silencio, apoyé la cabeza contra la ventana y me dormí profundamente. Cuando desperté, ya había amanecido. La brisa entraba por la ventanilla entreabierta con u

Plus de chapitres
Découvrez et lisez de bons romans gratuitement
Accédez gratuitement à un grand nombre de bons romans sur GoodNovel. Téléchargez les livres que vous aimez et lisez où et quand vous voulez.
Lisez des livres gratuitement sur l'APP
Scanner le code pour lire sur l'application
DMCA.com Protection Status