LOGINLa noche en que Raúl Santos, heredero de una poderosa familia de la capital, rompió con el gran amor de su juventud, me eligió casi al azar en el club privado donde yo servía bebidas. Me dio una mansión, joyas y una tarjeta negra sin límite. Pasé de ser una muchacha pobre que no podía pagar el tratamiento de mi madre a convertirme en su esposa, envidiada por todos. Todos decían que se había casado conmigo solo porque mi rostro guardaba cierto parecido con el de ella. Al principio, yo solo quería devolverle el favor. Pero durante siete años aprendí a desenvolverme en sus compromisos sociales y a llevar nuestra casa, lo acompañé en los días más difíciles de su lucha por el control de la empresa y, sin darme cuenta, terminé entregándole el corazón. Cuando ella regresó al país, él no se divorció de mí. Ella entró al Grupo Santos y se convirtió en su mano derecha; yo me quedé en casa, como su esposa legítima. Por ella posponía la celebración de nuestro aniversario, pero también acudía en persona a defenderme cuando me humillaban. Así que creí que siete años de matrimonio acabarían pesando más que aquel amor de juventud. Pero la noche de nuestro séptimo aniversario se desató un incendio en el hotel. Raúl tomó en brazos a aquella mujer, que solo tenía una lesión leve, y me dejó entre el humo, embarazada. Cuando desperté, había perdido al bebé. El médico me dijo que las posibilidades de volver a quedar embarazada eran muy bajas. Al verlo sufrir cuando ya era demasiado tarde, de pronto aquellos siete años me parecieron una broma. Una vez me había sacado de la miseria, y ahora él mismo me había abandonado entre las llamas. Mi bebé ya no estaba. Yo ya no le debía nada. Me quité el anillo de bodas, firmé el acuerdo de divorcio y abandoné la capital sin hacer ruido. Su esposa había muerto en aquel incendio. La mujer que sobrevivió ya no tenía nada que ver con él.
View MoreTres años después, compré un pequeño edificio junto al mar. En la planta baja estaba la tienda; en el piso de arriba enseñaba a las muchachas de la zona a preparar postres.Algunas eran como yo había sido antes: no tenían un título ni una familia en la que pudieran apoyarse. Les pagaba un sueldo y les enseñaba un oficio con el que pudieran mantenerse.Paloma decía a menudo que yo había cambiado mucho. Ya no medía cada paso ni estaba siempre pendiente del humor de los demás. Al mirarme en el espejo, descubrí que, desde que había dejado a Raúl, me sentía mucho más yo que antes.No vendí la vieja casa de mi madre. Las hortensias del patio florecían cada año. A veces me sentaba en el patio y pensaba en el bebé que no había llegado a nacer.Todavía me ponía triste, pero esa tristeza ya no me mantenía atrapada.Creé un fondo de ayuda con el nombre de Uvita, destinado a mujeres embarazadas que no tenían dinero para recibir atención médica. El primer aporte salió de lo que yo había ganado con
Un año después, abrí la segunda tienda sin usar dinero de Raúl.Los comienzos fueron difíciles. Hipotequé la casa de mi madre y reduje mis horas de sueño a cinco por noche. Pero esta vez me esforzaba por mí misma.Daniel se encargaba de la publicidad y Paloma me ayudaba a atender la primera tienda. El día de la inauguración del nuevo local, se formó una fila larga en la entrada.Frente al horno, viendo cómo subía el pan, sentí por primera vez una satisfacción profunda y serena. Antes, cuando alguien hablaba de mí, decía que era la esposa de Raúl. Ahora había personas que viajaban expresamente para probar un pastel hecho por mí.Ya no vivía a la sombra de nadie.Raúl todavía venía de vez en cuando. Ya no me pedía que volviera ni se interponía en mi camino. Solo se sentaba en el rincón más apartado de la tienda y pedía un café negro como el que yo solía prepararle.Tenía problemas de estómago. Antes no lo dejaba beber café en ayunas. Ahora podía seguir tomando hasta ponerse pálido, y nad
Raúl no se fue del pueblo. Se alojó en la posada de al lado. Cada mañana, antes de que yo abriera la tienda, ya estaba al otro lado de la calle.Yo lo ignoraba y él esperaba hasta la noche.Una vez, el paso de un huracán arrancó el letrero del local. Cuando llegué a la mañana siguiente, ya estaba arreglado. Daniel me contó que Raúl había pasado media noche reparándolo bajo la lluvia. Se había cortado la palma con una lámina de metal y le habían dado seis puntos.Yo simplemente llamé a unos trabajadores para que lo reemplazaran por un letrero nuevo.Cuando Raúl vio que retiraban el viejo, su mirada dejó ver un instante de vergüenza.—¿Por qué lo cambias?—No me gusta deberle nada a nadie.—Somos esposos.—Pronto dejaremos de serlo.No volvió a decir nada.Antes de la audiencia de divorcio, por fin firmó el acuerdo. Ese día quiso poner todos sus bienes a mi nombre. No acepté ninguno.Fue a buscarme a la tienda, con los ojos inyectados de sangre.—Esto siempre ha sido tuyo. Tú también hic
El día que abrí la tienda hizo buen tiempo. La llamé Renacer. Paloma dijo que el nombre no era muy elegante, pero a mí me parecía perfecto.El local era pequeño. Bastaba con abrir la ventana para ver el mar.Al principio venía poca gente. Me levantaba todos los días a las cuatro de la mañana para amasar y no cerraba hasta las diez de la noche. Todavía sentía algunas molestias. El médico me pidió que no faltara a mis controles y me recordó que no debía agotarme.La advertencia del médico me hizo entender que también tenía que cuidar de mí. Antes recordaba los medicamentos de Raúl, sus reuniones y cada fecha importante, pero a menudo olvidaba que yo también podía enfermarme.Un mes después, empezaron a llegar clientes habituales. Daniel Acosta, el dueño de la posada de al lado, tomó fotos de mi tienda y las publicó en internet. El mar, las flores y el pan recién horneado atrajeron a muchos turistas.Algunos me reconocieron como la esposa de Raúl. No lo negué ni di explicaciones. El pasad












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