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Capítulo 3

Auteur: Anne P
Después de que se publicó el comunicado, todos elogiaban a Raúl por haber tomado una decisión tan rápida. También me felicitaban por mi sensatez: decían que había actuado como una esposa ejemplar.

Para acallar los rumores, su madre organizó una cena familiar. Se encargó de advertirme:

—Esta noche van a estar los mayores de la familia. No pongas mala cara. Lorena pasó por un susto muy grande. Si dice algo fuera de lugar, tenle paciencia.

Asentí.

—Entendido.

Raúl me eligió un vestido largo y holgado.

—Todavía no te recuperas. Saluda a todos y luego te puedes ir.

Sacó del joyero un broche de perlas y lo prendió en mi vestido. Me lo había regalado para mi cumpleaños, durante nuestro primer año de matrimonio.

En aquel entonces, su empresa tenía problemas de liquidez. En sus peores momentos, Raúl llegó a vender su auto. Yo le dije que no quería nada, pero él vendió su reloj para comprarme aquel broche.

—Tú también mereces lo que tienen las demás.

Acaricié el broche. El hombre que antes me ponía por encima de todo parecía haber desaparecido.

Cuando llegamos a la casa, Lorena estaba conversando con la abuela de Raúl. Llevaba la pulsera de la familia.

El año en que me casé con Raúl, su abuela había dicho que la heredaría la esposa de Raúl. Llevaba siete años casada con él, pero nunca había podido ni tocar aquella pulsera.

Su madre explicó, sonriendo:

—Hoy Lorena lleva un vestido hermoso. Se la presté para que la luciera.

Lorena levantó la mano.

—No te molesta, ¿verdad, Estrella?

Negué con la cabeza.

—No me molesta.

Su sonrisa se volvió aún más dulce.

—Claro. Como nunca te la has puesto, supongo que no te gusta.

Raúl frunció el ceño, pero solo dijo:

—Vamos a comer.

Durante la cena, su abuela preguntó por el proyecto de la zona oeste de la ciudad. Era el mismo que él y yo habíamos tardado seis meses en conseguir, en la época más difícil para él.

Para que uno de los miembros de la junta cambiara de postura, yo había esperado cuatro horas en la nieve. Al volver, me dio una fiebre muy alta. Raúl me había abrazado, repitiendo una y otra vez:

—Cuando consolide mi puesto, nunca más voy a dejar que tengas que suplicarle nada a nadie.

Ahora, sin embargo, la nueva encargada del proyecto era Lorena. Sentada junto a él, hablaba con soltura del imperio que yo le había ayudado a levantar.

Los mayores de la familia no dejaban de elogiarla.

—Tenía que ser Lorena.

—Viene de una familia a la altura de los Santos y entiende los negocios tan bien como Raúl.

Su madre añadió, sin inmutarse:

—Hay cosas que no se aprenden, por mucho que uno se esfuerce.

Debajo de la mesa, Raúl me apretó la mano, como hacía antes cada vez que su familia me ponía en una situación difícil.

Apenas empezaba a sentir un nudo en el pecho cuando Lorena exclamó:

—¡La pulsera se rompió!

Los fragmentos le habían hecho cortes en la muñeca. Ella me miró, alarmada.

—Estrella, hace un momento me tomaste de la mano.

Todas las miradas se volvieron hacia mí. La madre de Raúl dejó caer los cubiertos sobre la mesa.

—¡Aunque te moleste que le haya prestado la pulsera a Lorena, no tienes derecho a romperla!

—Yo no toqué la pulsera.

—¿Quién más pudo haber sido?

Lorena intervino enseguida:

—Estrella acaba de perder a su bebé. Es normal que esté alterada.

Parecía estar defendiéndome, pero con esas palabras también daba por hecho que había lastimado a alguien por celos.

Miré a Raúl. Su expresión dejó ver un poco de cansancio.

—Primero pídele perdón a mi abuela.

—Yo no fui.

—Lorena no tiene ningún motivo para arriesgarse a lastimarse la muñeca.

Recordé algo que había pasado muchos años antes. Un cliente del club privado me había acusado de robarle un reloj. Todos querían registrarme. Raúl se puso delante de mí para protegerme y revisó seis horas enteras de las grabaciones de seguridad. Al final, obligó a aquel hombre a arrodillarse y pedirme perdón.

Había dicho:

—Mientras Estrella esté conmigo, no voy a permitir que manchen su nombre con acusaciones falsas.

Ahora ni siquiera investigó. Quizá, para él, Lorena no podía soportar que pusieran en duda su palabra. Yo, en cambio, ya estaba acostumbrada a que me acusaran sin pruebas.

Su madre me apremió:

—¿Qué estás esperando?

Miré a Raúl. No apartó los ojos de mí, pero tampoco se puso de mi lado.

Me levanté despacio e incliné la cabeza ante su abuela.

—Perdón por haber arruinado su cena familiar.

El rostro de Raúl se relajó.

—Estrella siempre ha sido sensata. Dejemos el asunto aquí.

Acompañó a Lorena para que le atendieran los cortes de la muñeca. No vio la mancha oscura de sangre que ya se había formado en mi vestido.

A mitad del camino de regreso, el vientre empezó a dolerme muchísimo. Me doblé sobre mí misma, bañada en sudor frío. El conductor vio mi rostro por el retrovisor y, asustado, dio vuelta de inmediato para llevarme al hospital.

El médico logró detener la hemorragia y me reprendió:

—Acaba de salir de una operación. Necesita guardar reposo. ¿No le importa su salud?

Me quedé acostada en la cama del hospital, incapaz de hablar por el dolor.

Raúl solo me hizo llegar un mensaje a través de Tomás: todavía estaban atendiendo la herida de Lorena, así que esa noche no iba a venir.

Al otro lado de la ventana, las luces se fueron apagando una tras otra. Abrí el acuerdo de divorcio que me había enviado el abogado y firmé la última página.

Fijé mi partida para siete días después.

Raúl había pagado setenta mil dólares por el tratamiento que le permitió a mi madre vivir seis meses más. Yo lo había acompañado durante sus siete años más difíciles y había perdido a nuestro bebé en aquel incendio.

Esa deuda ya debía de estar saldada.

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    Tres años después, compré un pequeño edificio junto al mar. En la planta baja estaba la tienda; en el piso de arriba enseñaba a las muchachas de la zona a preparar postres.Algunas eran como yo había sido antes: no tenían un título ni una familia en la que pudieran apoyarse. Les pagaba un sueldo y les enseñaba un oficio con el que pudieran mantenerse.Paloma decía a menudo que yo había cambiado mucho. Ya no medía cada paso ni estaba siempre pendiente del humor de los demás. Al mirarme en el espejo, descubrí que, desde que había dejado a Raúl, me sentía mucho más yo que antes.No vendí la vieja casa de mi madre. Las hortensias del patio florecían cada año. A veces me sentaba en el patio y pensaba en el bebé que no había llegado a nacer.Todavía me ponía triste, pero esa tristeza ya no me mantenía atrapada.Creé un fondo de ayuda con el nombre de Uvita, destinado a mujeres embarazadas que no tenían dinero para recibir atención médica. El primer aporte salió de lo que yo había ganado con

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