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Por demás está decir que el día lunes es el más difícil para levantarse e ir a trabajar. Así que así estoy yo, sentada en la orilla de la cama mientras observo la sandalia sin par, que aún sigue debajo de mi escritorio. Tengo al menos diez minutos mirándola, tratando de recordar dónde dejé la otra. Mamá me ha llamado tres veces para que salga a bañarme; la última vez solo dijo que debido a mi muy poca actividad matutina (flojera) ella lo haría primero.
Me tumbo de nuevo en la cama esperando que el tiempo pase; después de unos minutos veo la hora en el celular y caigo en cuenta de que ya es tarde; si no me apresuro, ahora sí me corren del trabajo. Saco algunas prendas del cajón y las pongo sobre la cama, tomo mi toalla y voy a hacer fila fuera del baño esperando que mi madre se apresure a salir.
—Mamá, ya es tarde, apúrate —digo mientras le toco la puerta.
—Ahora te aguantas, te estuve diciendo varias veces que te levantaras y no lo hiciste —responde mi madre mientras oigo cómo el agua sigue cayendo y ella comienza a tararear.
—Mamá, por favor, apúrate, en serio es tarde.
—Lo sé —me responde a la cara—. La señora Helena, «como a veces me refiero a ella», sale del baño vestida y toda guapa.
—Mira, no más, me tomaste el pelo —río mientras entro al baño cerrando la puerta tras de mí.
—Apúrate, hija, pronto saldrá el agua fría —grita mi madre desde alguna parte de la casa.
Rápido me quito la playera y el diminuto short con los que duermo para luego meterme a bañar. Todo pasa tan rápido, agua caliente, champú, jabón, más agua… Helada, muy helada.
Trato de quitarme el jabón de la cara y del cuerpo lo más rápido que puedo mientras doy brinquitos de frío. Salgo de la regadera como alma que lleva el diablo, tiritando y secándome lo más rápido que puedo. Corro a la recámara a buscar el calor de mi cuarto y me cambio rápido.
Salgo de mi recámara cepillándome el cabello, que ya me llega a la cintura, y veo a mi mamá que está cantando en la cocina mientras prepara los lonches. Me doy cuenta de que tiene la llave del lavabo abierta, pero no veo nada de loza sucia en ella…
—Mamá…
—Ew —dice sin mirarme.
—Mamá… —le vuelvo a hablar mientras me pongo una crema especial para mi cabello pintado de morado.
—¿Qué? —pregunta sin mirarme.
—No hay agua en el mundo y tú tirándola.
—Así, sí. Ya la cierro —dice, pero no cierra la llave.
Me acerco a la cocina y cierro la llave yo misma.
—Mamá… —vuelvo a llamarla, pero me ignora. Comienzo por cepillarme de nuevo el cabello para acomodarlo un poco.
—Ew —me responde sin ganas.
—Mamá, ¿estás bien?
—Sí, ¿por?
—Pues porque me estaba bañando y abriste la llave. Casi me congelo adentro. Además, estás muy distraída, te he estado hablando desde hace rato y andas muy vaga.
—¿Ando vaga? —pregunta algo confundida mientras me da mi túper con el lonche de hoy.
—Sí, mamá, andas vaga. ¿Todo bien?
—Sí, cariño, todo bien. —Me da un beso en la frente—. Anda, vámonos, pide el Uber.
—Ok, mamá. Vámonos.
Meto el túper en la mochila y me abrocho los botines. No soy muy alta, pero tampoco baja: mido un metro sesenta y cinco, pero mis botines con tacones me estilizan la figura.
Mientras mi madre termina de acomodar sus cosas, pido el Uber y salgo al patio. Ambas vivimos en una pequeña privada desde que tengo uso de la razón. Aquí vivieron mis abuelos y le heredaron la casa a ella. Muchos de nuestros vecinos ya son personas adultas con hijos casados, así que la privada se llena de nietos todos los fines de semana. Normalmente, se despiertan tarde, así que a esta hora somos yo y mi madre las únicas que salen a trabajar.
Salgo hasta la calle a esperar el Uber, que no tarda en llegar. Veo de reojo que mi madre ya cerró la puerta de la casa y viene hacia afuera. En cuanto llega afuera, el Uber también. Veo la aplicación y el nombre del chofer: Pablo será nuestro conductor.
—Buenos días —nos saluda al subirnos al auto.
—Buenas, joven —responde mi madre. Yo me limito a sonreír por el retrovisor. Pablo es guapo.
—Solo para confirmar, vamos al edificio I&P Asociados. ¿Es así?
Afirmamos mi madre y yo al mismo tiempo. Pablo nos sonríe y se pone en marcha. Como es costumbre, nos ofrece agua, cambiar la radio y hasta un dulce. Todo el camino me dedico a observarle de reojo por el retrovisor. Tiene ojos color miel, barba cerrada, cabello castaño y piel clara. Es un bombón. Mi madre va sumergida en el celular, así que la codeo para que vea al delicioso conductor que tenemos. Ella me ignora. La vuelvo a codear, me vuelve a ignorar.
—Helena, ¿estás bien? —Tuteo a mi madre, pero ella no me responde; sigue texteando en el celular—. Mamá.
—Ajá —responde; le quito el móvil y ella me da una mirada asesina—. Dame eso.
Dice esto mientras trata de recuperar su móvil de mis manos y yo lo alejo de ella. Nunca la había visto tan dispersa, lo cual no es normal y eso me preocupa.
—Mamá, te he estado hablando desde hace rato y no me respondes. Dime qué pasa —demando preocupada.
—Nada, hija, todo está bien. No te preocupes. —Me quita el teléfono de las manos—. Cuando llegues a casa en la noche, hablamos.
Me dice eso y vuelve a textear en el celular; trato de leer de reojo, pero me es imposible.
—Creo que las cosas están mal; yo debería ir platicando en el celular y tú demandando mi atención y no al revés —comento con ironía.
El conductor Pablo suelta una pequeña risita que logro ver por el retrovisor; se le forman unos hoyuelos deliciosos. Al menos alguien en este auto se da cuenta de mi desespero. Mi madre ni se ha percatado de nada.
Unos minutos más tarde llegamos al edificio donde trabaja ella. Yo estudio y trabajo unas calles más arriba, pero decidimos venir juntas, así aprovechamos el mismo viaje. Mientras baja, yo hago la transacción del pago al conductor.
—Gracias, Pablo —digo echándole una última mirada a esta hermosura y bajo del auto, no sin antes oír su voz cuando dice que es un gusto y nos agradece.
Mi madre me da un beso en la mejilla y camina hacia el edificio. Me quedo parada mirándola mientras camina; su cabello lo trae un poco más largo de lo habitual, ya que siempre lo usa a los hombros, lo tiene negro y lacio. Su complexión es delgada, eso hace que se vea mucho más joven. Incluso algunas veces creen que es mi hermana mayor, pues me tuvo muy joven, «demasiado joven, creo yo, a los diecisiete». Ha trabajado aquí los últimos veintidós años de su vida y de la mía.
Desde que mi padre murió, uno de sus jefes se apiadó de ella, ya que no tenía ningún estudio y le dio un trabajo fijo en la empresa. No es la gran cosa: mi madre es la «señora de la limpieza». Ha visto cómo han levantado este imperio desde unas simples oficinas y lo han convertido en uno de los negocios más prestigiosos del país.
La veo sacar su gafete antes de pasar la puerta, aunque no lo necesita porque ella es aún más conocida aquí que el propio jefe. Don Miguel, el señor de la puerta, levanta la mano y me saluda antes de tomar el pase de mi madre y pasarlo por el escáner de asistencia. Le devuelvo el saludo antes de dirigirme al trabajo.
Veo la hora en mi reloj de pulso y me doy la vuelta rápido al darme cuenta de que solo tengo quince minutos para llegar. Mi reacción es tan repentina que choco con una persona en el instante y tiro de sus manos un vaso con café.
—Disculpa, no te he visto —digo mientras levanto el vaso ya vacío y lo tiro al bote de basura que hay a un lado.
—¿Disculpa? ¿Eres ciega o algo así? —me dice el tipo más sarcástico del mundo con un raro acento, mientras se acomoda el saco.
—Fue un accidente, disculpa —respondo al ataque.
—Accidente sería que te pasara un auto por encima, no andar empujando a personas por arrebatada. —Alza la ceja izquierda de forma altanera.
—Idiota —comento mientras paso por un lado para irme al trabajo.
—Mira, quién lo dice —me responde el grosero y camina hacia el edificio.
Le veo de reojo molesta por su actitud. Llego a la acera y veo de nuevo la hora; m****a, me quedan casi diez minutos.
—Joder.
Mi madre y yo nos apuramos a entrar a la privada. Trato de que el paraguas cubra mayormente a mi mamá; no importa que yo me moje un poco más. Esto será un pretexto para hacer un rico chocolate, tirarme en el sofá y ver Juego de tronos por sexta ocasión. El día lo amerita.—En cuanto lleguemos a casa te das una ducha con agua caliente —me ordena mi madre.—Sí. ¿Puedes hacer chocolatito caliente? —digo con ojitos de borreguito.—Quería hacer café con leche. Traje conchas —me responde mientras llegamos a casa y pasa a la sala.—Es que yo quiero chocolate. Se antoja con este clima. Anda… —le ruego de nuevo mientras cierro el paraguas y lo acomodo en su esquina detrás de la puerta.—Ok, pero ya vete a bañar y a secar, si no, te me vas a enfermar —me ordena de nuevo.—A sus órdenes, general —digo con acento militar mientras me retiro a mi cuarto.Al entrar veo a la Yuyu echada en mi cama como la reina y señora de la casa. Ni porque tiene la suya propia. Saco un pijama y ropa interior y me m
Me acomodo la mochila y recuerdo el lonche. Me salgo de la banqueta y me pongo debajo de un árbol. Saco el túper y veo toda la comida batida. Esto ni la Yuyu se lo comería. Lástima, tan rico que se veía en la mañana. Tiro en un bote lo que queda del arroz con verdura y devuelvo el túper a su lugar. Me pongo la mochila, los audífonos en el oído y reproduzco la música aleatoriamente.Salgo de la universidad y tomo la avenida principal hasta llegar al trabajo de mi madre. «Eterna soledad», de los Enanitos Verdes, empieza a sonar por los audífonos; eso me provoca un aire de nostalgia. El día de hoy ha sido un caos. Camino entre la gente y veo cómo el día, que al comenzar era soleado, ahora está vestido de gris con una decoración de nubes oscuras. El aire comienza a correr fresco y eso solo puede significar una cosa: lluvia. Lo que me faltaba.Las gotas comienzan a caer lentamente y las personas corren a refugiarse debajo de los techos de los negocios o dentro de estos. Yo sigo caminando.
—¿Estás bien? —Esa voz se me hace conocida; levanto la cabeza y corroboro que es quien yo creo.—Sí, sí. —Trato de limpiar mi rostro con la blusa—. Todo está bien.—Toma. —Me extiende un pañuelo de papel—. No estás bien. Eso es claro. ¿Quieres hablarlo?—No quiero. Gracias. —Le señalo el papel con el que comienzo a limpiarme la cara.—De nada, es lo menos que puedo hacer.Pablo se sienta en la hierba a un lado mío.—¿Cómo es que estabas en mi clase? Ahora sí me pareces un acosador en potencia —digo tratando de reír para cambiar la conversación.—Bueno. Pasa que aquí me ofrecieron una beca para graduarme y quedarme de docente. No iba a desaprovechar la oportunidad, es una excelente universidad.—Oh, eso es grandioso. Me da gusto por ti. Al menos cuando salgas ya vas a tener un trabajo asegurado —digo sinceramente. Las cosas como están ahora en el país hacen muy difícil que uno pueda conseguir un trabajo decente.—Sí lo es. La verdad es que no imaginé encontrarte. Aunque confieso que sí
Hay dos cosas en esta vida que hacen que me parta de risa: la primera, un buen chiste, y la segunda, la gente necia. Como, por ejemplo, este hombre que acabo de conocer y, por un estúpido accidente añadido su ego supermasivo, se ha comportado como el peor patán de los patanes con esta dulce damisela. Bueno, no, no soy una damisela, pero que no exagere: un accidente lo puede tener cualquiera y él exageró mucho. Es una nena.Así que aquí estoy. Parada frente a mis compañeros de clase, Pablo, el chico nuevo «superguapo», el profesor malaleche y, claro, no podía faltar mi ex en la fila de atrás mirándome con desaprobación. Como si él fuera una santa palomita.El profesor y, para acabarla de amolar, el hombre con el que he peleado ya dos veces hoy está diciendo una sarta de pelotudeces. Así que ¿qué hago? Lo que mejor sé hacer: reírme. Me río de la ironía de la vida, de poner en el mismo salón al futuro padre de mis hijos (ya sé que exagero, pero en verdad está buenísimo) y al tipo que me
Guardo el sobre en la mochila y salgo a ayudarle a doña Ermine. ¡Oh sorpresa! Nuestro cliente estrella es el grosero que me encontré en la mañana fuera del trabajo de mi madre. Me río sola planeando un pésimo servicio que asegure no volver a verlo en mi lugar de trabajo.—Cariño, han pedido café negro de entrada. Llévales la carta del desayuno luego de eso. —Me intercepta mi jefa.—A la orden —le respondo a doña Ermine.Me regreso a la cocina y tomo unos platitos con sus tazas. Las pongo sobre la bandeja al igual que la jarra con café y salgo de nuevo.—Buenos días a Bistró Vítale —saludo mientras coloco las cosas y los cubiertos en la mesa.La cara del hombre es un poema. Se me queda mirando mientras entrecierra los ojos. Viene acompañado de otros dos señores, el señor Henry, que es cliente frecuente del lugar, y otro señor que se parece mucho a él.—Buen día —responden al unísono mientras el malcriado solo me mira con desdén en lo que sirvo los cafés.—Su café negro y las cartas del
—¿Tarde? —Busco el origen de esa voz. Es el conductor Pablo, parado por un lado del Uber.—Algo —respondo amable disponiéndome a seguir caminando. Si vuelvo a llegar tarde, mi jefe me dijo que me iba a correr.—Espera, yo te llevo. Estoy fuera de servicio, así que no te preocupes. No te cobraré.—No, así está bien. Voy aquí cerca. —Vuelvo a ver la hora.—¿Qué tan cerca? —pregunta con una dulce sonrisa de medio lado.—Por la avenida treinta y dos.—Eso no es cerca, anda, te llevo. Además, queda cerca de mi escuela, no hay problema por mí.—Está bien, pero al menos deja que te pague la ida —sugiero mientras me acerco al auto.Pablo se ríe y me abre la puerta del copiloto.—No es necesario —dice mientras me subo para luego cerrar la puerta.Pasa por enfrente del auto y eso me permite observarlo más detalladamente. Tiene brazos torneados y espalda amplia con cintura angosta. Trae un pantalón de mezclilla y un polo con chamarra de piel. Todo un sexi y exquisito hombre comestible.Sube al a







