LOGINLara se quedó de pie, sin sorpresa, solo decepcionada y dolida mientras lo veía alejarse.
Tras unos segundos de vacilación, siguió a Carol mientras ambas se dirigían a la casa.
Al entrar, Lara solo deseaba que el suelo se abriera y la tragara.
Había esperado que esta vez fuera más fácil revelar la noticia de su sexto aborto espontáneo...
Pero allí estaba, de pie como una pieza de exposición indefensa frente a toda la familia de su esposo: sus padres y su hermano.
«Hola», su voz traicionó la audacia que había intentado mostrar.
La madre de Ray, Helen, le lanzó la habitual mirada severa y de desaprobación.
«Hemos oído que hoy has ido al hospital...», comenzó a decir con tono seco.
Lara asintió con dificultad, con el corazón acelerado y gotas de sudor formándose en la frente.
«¿Y qué? No me digas que es otro estúpido aborto espontáneo», exigió Helen con brusquedad.
Lara sentía que las piernas le temblaban.
Hizo todo lo posible por no apoyarse en Carol, que estaba a solo unos metros de ella.
En ese momento, sus ojos se dirigieron impulsivamente hacia Ray.
Estaba de pie en una esquina, con las manos en los bolsillos.
Siempre había sido así: cada vez que su familia la interrogaba o la provocaba, él se quedaba en esa misma esquina, con la misma mirada fuerte y nerviosa en su rostro.
«¡Habla, débil!», gritó Helen con voz aguda, rompiendo el silencio, lo que la hizo estremecerse.
Lara se tambaleó. «Lo... lo siento, mamá», lágrimas no deseadas pero esperadas brotaron de sus ojos.
«¡Sí, haz honor a tu nombre, estúpida débil!», continuó Helen con tono gélido.
«Basta, Helen», intervino George, el padre de Ray, poniendo sus manos sobre las de ella como si eso pudiera calmarla.
«¡Vete!», Helen se volvió hacia él y le apartó las manos.
La habitación quedó en silencio cuando volvió a centrar su atención en Lara, que tenía la cabeza gacha.
«Gary me lo ha contado todo», comenzó, con un tono sorprendentemente tranquilo.
«Tu útero está bien. El problema es tu cuerpo. ¿Es así?», preguntó con el ceño fruncido.
Lara la miró y logró articular un «sí» apenas audible.
Helen asintió con la cabeza.
«Perfecto. Puedes irte», fue todo lo que dijo, dejando a Lara confundida.
Aun así, salió de la sala antes de que sus pensamientos pudieran procesarlo.
De vuelta en la sala, Ray finalmente salió de la esquina.
«Esta debería ser la última vez que le hablas así», dijo con voz extraña, lo que le valió miradas interrogantes de todos los presentes.
Helen se volvió hacia él, con los ojos brillantes de ira. «¿Perdón?».
«Lara es mi esposa...», continuó Ray, sin inmutarse ante la mirada asesina que le lanzaban su madre y su hermano.
«No por mucho tiempo», soltó Helen antes de que él pudiera decir nada más.
Ahora era él quien tenía una mirada interrogativa. «¿Qué quieres decir con eso?».
Helen carraspeó con orgullo mientras se ponía de pie: «Te doy una semana para que te divorcies de esa esposa parásita...».
Ray se quedó con cara de asco, pero dio un paso adelante: «No la llames así. Y ni hablar de que me divorcie de ella...», refutó con la mandíbula apretada.
Una notable sonrisa se dibujó en el rostro de Helen: «Muy bien. Entonces prepárate para perder tu puesto de director general a manos de tu hermano borracho».
Un leve grito de incredulidad escapó de los labios de Ray mientras la veía salir de la casa.
«Ya lo has oído... Jejeje», Colin se rió en su cara y rápidamente siguió a su mamá.
La sala de estar quedó sumida en un profundo silencio, con un Ray atónito y un papá preocupado de pie cerca.
«Lo siento, hijo», le dijo George dándole una palmada en la espalda. «Ojalá pudiera ayudarte».
Ray también lo deseaba. Pero no había nada que pudiera hacer.
George no tenía voz ni voto en las decisiones que tomaba Helen, siempre había sido así.
Era un hombre impotente que había tenido la suerte de que la única hija de un multimillonario se enamorara de él.
Pasaron los minutos,
Ray se quedó quieto frente a la habitación de invitados en la que Lara había entrado antes,
Movió las manos para llamar a la puerta... pero dudó.
¿Qué iba a decirle?
¿Cómo iba a expresarle sus sentimientos cuando hacía tiempo que había perdido su confianza?
Podría haber sido un mejor compañero para ella en lugar de dejar que su madre la pisoteara por algo que no era culpa suya.
«Ni siquiera quiero tener hijos. Solo te quiero a ti», murmuró Ray para sí mismo, con la voz cargada de emoción.
Suspiró frustrado y se alejó.
***
Eran exactamente las 3 de la madrugada cuando Lara se despertó al sentir que algo le pellizcaba el brazo.
Abrió los ojos y la figura que vio sobre ella le hizo saltar el corazón a la boca.
Pero antes de que pudiera gritar, algo le presionó la nariz y la dejó inconsciente.
Fuera de la habitación, Carol permanecía de pie en la oscuridad con los ojos muy abiertos y brillantes, moviéndose en todas direcciones a la vez.
Sus manos no podían dejar de temblar de miedo, pero era algo que tenía que hacer por Irene, ya que le debía toda su vida.
Colin salió de la habitación en ese momento, sudando profusamente.
«¿Estás seguro de que lo has hecho bien?», preguntó Carol en un susurro.
Colin sonrió con aire de suficiencia: «No puedo decepcionar a Irene, a menos que no quiera recibir mi bolsa de cocaína», murmuró con la boca pastosa.
Carol asintió con la cabeza en señal de confirmación.
***
La mañana llegó rápidamente.
En su oficina, Ray se levantó del sofá en el que había dormido toda la noche.
Lo primero que se le ocurrió fue ir a ver cómo estaba Lara.
Tras un breve momento de vacilación, finalmente se armó de valor y llamó a la puerta.
pero, incluso después del quinto golpe, no hubo respuesta.
«Voy a entrar», anunció con
calma antes de empujar la puerta.
Sin embargo, al entrar, nada podría haberlo preparado para la escena que se encontró ante sus ojos.
Lara arqueó las cejas, confundida, cuando Marie estacionó frente a un rascacielos que le resultaba familiar.«¿Por qué estamos en la empresa?», preguntó mientras salían frente a su empresa de medios digitales y entretenimiento, Lara & Marie Collectives. La enorme torre de cristal se alzaba imponente, extendiéndose hacia las nubes. Pantallas LED gigantes envolvían los pisos inferiores, mostrando trailers, anuncios y acuerdos de marca producidos por la empresa. Su logotipo brillaba en dorado sobre las amplias puertas giratorias. «Literalmente dirigimos una empresa de medios de comunicación. Sería más fácil encontrar a alguien que encajara en el papel de padre ficticio aquí», explicó Marie. Lara ladeó la cabeza, aún más confundida. «¿Estás diciendo que le pidamos a uno de nuestros actores famosos que finja ser...?» «No, no... eso es un gran riesgo», la interrumpió Marie. «Estoy diciendo que le pidamos a uno de los aprendices que haga el papel. Alguien como Jamie», afirmó. Lara se ri
Lara se despertó con varios besos en la cara y una manita que le sujetaba la cabeza para mantenerla quieta. Ella se limitó a sonreír, con los ojos cerrados y los brazos estirados, rindiéndose a los besos incesantes. Pronto se abrió la puerta y Marie entró, sonriendo ante lo adorable de la situación. «¿Cuándo vas a dejar de inundar la cara de tu mamá con estos besos matutinos, Arden?», le preguntó. «Nunca, tía Marie», respondió Arden negando con la cabeza. «Mi maestra nos dijo que amáramos a nuestros padres tanto como pudiéramos, porque no estarán con nosotros para siempre», explicó, haciendo que los corazones de Lara y Marie se llenaran de alegría. «Solo espero poder ver pronto a papá. Tengo mucho amor que darle», añadió Arden, haciendo que las sonrisas de Lara y Marie desaparecieran de inmediato. Intuyendo los conflictos que estaban a punto de invadir el rostro y los pensamientos de Lara, Marie se acercó para coger a Arden. «Ven aquí, cariño. Dejemos a mamá un poco sola, ¿de ac
Ray se sentó en silencio en su coche. Había pasado una hora desde que regresó del trabajo, pero la idea de entrar en la casa le oprimía el pecho. Justo cuando cerró los ojos con fuerza y exhaló profundamente, unos golpes en la ventanilla del coche lo sobresaltaron. Suspiró, sabiendo ya quién era. «Cariño, ¿por qué no entras?», preguntó Irene. Ray salió lentamente del coche. «Nada», respondió secamente, pasando junto a ella hacia la puerta.Irene corrió tras él. Le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho.«Te he echado mucho de menos, cariño». Le besó el cuello y la mejilla. Cuando intentó besarle el cuello de nuevo, Ray se apartó.En silencio, entró directamente en la casa. Pero se detuvo al entrar en la sala de estar. «¿Por qué llegas tan tarde?», preguntó su madre, Helen. «Tenía mucho papeleo que hacer», respondió él con un tic en la mandíbula. Como si el día no pudiera ser peor. «Aun así, siempre deberías estar en casa a las nueve de la noche. No puedes
El aire era frío. Lara se despertó con un fuerte dolor de cabeza. Intentó moverse, pero no pudo. Tenía los brazos estirados y encadenados por las muñecas. Las piernas también. Estaba atada a una fría mesa de metal, con la espalda dolorida por el contacto con ella. Sus ojos se abrieron como platos mientras el pánico explotaba en su pecho. ¿Dónde diablos estaba? Este lugar no parecía en absoluto una sala de interrogatorios ni una comisaría de policía. La habitación estaba en penumbra y era sucia. Las paredes estaban agrietadas, manchadas de amarillo y marrón. Había un lavabo oxidado en una esquina. A su lado había una bandeja con instrumentos afilados: bisturís, tijeras y cosas que ni siquiera reconocía. Y entonces lo oyó. Unos pasos lentos y arrastrados que se acercaban. Una sombra apareció en la puerta. Luego entró en la luz. «¿Gary?». Lara abrió aún más los ojos. Intentó incorporarse de nuevo, pero las cadenas la tiraron hacia abajo. Había alguien más det
Ya era mediodía. Pero Lara seguía en el suelo donde Ray la había dejado. ¿Y si esto era algo que Ray había planeado con su hermano? Esa idea no dejaba de rondarle por la cabeza. En ese momento, la puerta se abrió de golpe con un fuerte estruendo, lo que hizo que Lara se sobresaltara. Helen irrumpió en la habitación con unos cinco policías armados detrás de ella. Lara miró a su alrededor con los ojos muy abiertos y desconcertada. ¿Y ahora qué? Intentó ponerse de pie, pero sus piernas seguían sin responder. Su mirada se desplazó hacia la puerta cuando Ray entró con su abogado. «¿Qué está pasando?», preguntó con el corazón latiéndole con fuerza. «¡Mataste a mi hijo!», rugió Helen. Antes de que Lara pudiera comprender de qué estaba hablando, los policías se apresuraron a acercarse a ella y la levantaron del suelo. «Esperen...», jadeó, suplicando un poco de tiempo, pero nadie la escuchó. La arrastraron hasta que quedó justo frente a Helen. «¡Eres una malvad
Ella estaba allí, su esposa. Semidesnuda. Envuelta en los brazos de su hermano. Ray dio un paso atrás, Luego parpadeó, una vez. Dos veces. Quizás lo estaba imaginando. Quizás si cerraba los ojos, todo desaparecería. Pero no fue así. Se le revolvió el estómago. «Yo...». La palabra apenas salió de sus labios, ahogada y áspera. Ni siquiera sabía lo que estaba tratando de decir.Desvió la mirada, pero sus ojos se posaron en algo que le oprimía el pecho:justo al lado de la cama, un condón usado yacía allí como prueba de lo que había sucedido. Burlándose de él.Ray no podía moverse. Lo único que podía hacer era mirarlos fijamente.«¿Cuánto... cuánto tiempo?», preguntó finalmente con voz baja y quebrada, «¿Cuánto tiempo lleva pasando esto?».Nadie respondió.Ray no dijo nada más. Se quedó allí de pie, en silencio, hasta que Lara se despertó y se estiró. «¿Ray?», lo llamó suavemente en cuanto lo vio, como si él no acabara de pillarla engañándolo en su propia casa. Lara







