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Abrí la puerta del cuarto y me los encontré a los dos en pelotas, enredados en mis sábanas. La rubia esa, la de la recepción, tenía el rimel corrido y una expresión de venado atropellado. Javier, mi Javier, estaba tan blanco que parecía un flan con patas, tratando de cubrirse con mi almohada favorita.
—Esto no es lo que parece —dijo él, con la voz toda ronca y estúpida. —Ah, ¿no? —me recosté en el marco de la puerta y crucé los brazos—. Porque a mí me parece que te estás cogiendo a la secretaria de ventas en mi cama, con mis cobijas, y por cómo tienes el pelo parado, no fue hace cinco minutos. Dime, Javier, ¿qué es entonces? ¿Un simulacro de incendio? La rubia soltó un chillido y se tapó la cara con la sábana, como si eso la hiciera invisible. Yo le aventé sus taconazos que estaban tirados en el suelo. —Ándale, vístete y lárgate antes de que se me ocurra subir una foto a I*******m y etiquetar a tu mamá. No necesitó que se lo repitiera. Salió hecha la mocha con la blusa al revés, casi se resbala en las escaleras, y yo le grité que se llevara su crema hidratante de m****a, que la había tirado por la ventana pero que podía recogerla del jardín si quería. Javier se puso los pantalones como pudo. Se paró frente a mí con esa cara de perro apaleado que tanto odio. —Viri, por favor, fue un error. Una estupidez. Te juro que no significa nada. —Pues claro que no significa nada —le dije, y saqué del bolso el sobre que llevaba preparado desde hacía tres semanas, desde que vi el cargo del hotel en su tarjeta—. Porque lo que significa algo es esto. Firma. Abrí el sobre, le puse los papeles del divorcio en el pecho y le aventé un bolígrafo que rebotó en su barbilla. Él se rió. El muy hijo de su puta madre se rió en mi cara. —¿Divorcio? ¿Por una noche? Llevamos ocho años, Viridiana, no vas a tirar todo esto a la basura por una calentura. —¿Ocho años? —alcé la voz, y sentí que se me calentaban las orejas—. ¿Ocho años para que te vayas a coger a la recepcionista los jueves después de tu "reunión de ventas"? Porque no es una noche, Javier. Son tres meses. Tres meses de mentiras, tres meses de llegar tarde y oler a su perfume barato. Y no mames, hasta tu agenda de G****e me lo decía. Te olvidaste de cerrar sesión, ¿te acuerdas? El jueves pasado te dejaste el tarjetero en la mesilla de noche. Con factura incluida. Dos champagnes y un condón de fresa. ¿Vendes seguros a domicilio o haces catas de fruta? Javier apretó la mandíbula. Agarró los papeles y los arrugó con las dos manos. —No voy a firmar esta m****a. Eres una exagerada. —¿Exagerada? —dije, y sentí que algo se me rompía dentro, pero no de tristeza, de coraje—. Ahora vas a ver lo que es una exagerada. Me fui al clóset. Agarré su maleta, esa negra toda culera que le compré yo en el Buen Fin, y la abrí de golpe. Empecé a aventar sus camisas de cuadros, sus pantalones de pinza, esos jerséis horribles que huelen a naftalina y que siempre le dije que le quedaban de la chingada. No la cerré, no le puse cierre ni nada. La arrastré por el pasillo, raspando la pared, hasta el patio trasero. —¿Qué haces? —gritó, siguiéndome descalzo. Abrí el contenedor de basura orgánica, el más grande, y vacié la maleta entera adentro. Zapatos, camisas, su cartera vieja, todo al bote con los restos de comida. —Tu nueva casa —le dije, señalando el contenedor—. Mira, hasta tiene tapa para que no se te enfríe la cena. —¡Viridiana, ya basta! —intentó agarrarme del brazo, pero le di un manotazo que le dejó la mano roja. —No he terminado. Entré a la cocina, abrí el armario de abajo y agarré la botella de alcohol de quemar que uso para la parrilla. Volví al patio, destapé la botella y empecé a rociar toda su ropa tirada en el contenedor. Las camisas, los pantalones y las corbatas. Lo empapé como si estuviera marinando un pollo. —¿Qué vas a hacer? —su voz ya no era enojada, era un chirrido. Saqué un cerillo de mi bolsillo, porque siempre cargo, y lo encendí. —Prenderle fuego a tu puta dignidad. Lo aventé al contenedor y el fuego subió de volada, con un chiflido bien cabrón. Las llamas se comieron sus camisas, sus calcetines, y el suéter que le tejió su abuela. El humo negro empezó a subir y a los vecinos se asomaron por las cortinas. Javier se volvió loco. Quiso apagar el fuego con una cubeta de agua que tenía para las plantas, pero yo me puse enfrente. —Ni se te ocurra. Firma o la próxima vez te quemo el coche, y no es amenaza. —¡No tienes derecho a quemar mis cosas! —Y tú no tenías derecho a ponerle los cuernos a tu mujer, pero aquí estamos, viendo arder tus camisas feas. El fuego crepitaba y a él le temblaban las manos. Se quedó quieto, viendo cómo las llamas se llevaban su m****a, y supe que ya había perdido. No por el fuego, sino porque se dio cuenta de que yo no iba a soltarlo. —Firma —le dije, y le estampé los papeles en el pecho otra vez, con otro bolígrafo que saqué de mi pantalón—. Te quedas con el piso, te quedas con el coche, te quedas hasta con el pinche perro que siempre se orina en mis tenis. Sólo quiero que tu apellido deje de aparecer en mi INE. Javier agarró el bolígrafo como si pesara veinte kilos. Miró el contenedor ardiendo, miró mis ojos que no pestañeaban, y firmó. No dijo nada. Dejó el papel en la mesa del patio, se puso las chanclas que estaban junto a la puerta y se fue caminando por la calle, con el pantalón medio bajado y una mancha de hollín en la frente. Se fue sin mirar atrás. Yo me quedé viendo cómo el fuego se apagaba lentamente, cómo las cenizas se mezclaban con los restos de cáscaras de huevo y café molido. El humo me picaba los ojos, pero no lloré. Respiré hondo. Apagué lo que quedaba con la manguera, agarré los papeles firmados y los guardé en mi bolso, junto al tarjetero que él se dejó olvidado. Entré a la casa, cerré la puerta con seguro y fui a la cocina a servirme un vaso de agua. La cama seguía revuelta, con la mancha de su perfume en la almohada. Pero mañana iba a cambiar las sábanas, y las cerraduras, y hasta el número de teléfono si hacía falta.—Viridiana —dijo—. ¿Siempre besas a desconocidos así?—Solo cuando me caigo encima de ellos —respondí, y mi risa salió más alta de lo que quería—. Es un método infalible. ¿Nunca lo has intentado?—No, pero estoy considerándolo seriamente.Mariana, mientras tanto, seguía en los brazos del de la camisa azul, riéndose como si hubiera ganado la lotería.—¡Amiga! —gritó, señalándome con el dedo—. ¡Te confundiste de galán y ya van tres besos! ¡Tres! ¡Y yo que solo quería que te divirtieras!—¡Pues me estoy divirtiendo! —le grité de vuelta—. ¡Y tú también, no te hagas!El de la camisa azul soltó una risa y la giró como si estuvieran bailando un vals.—Creo que tu amiga tiene razón —dijo, mirándome—. Pero también creo que el destino tuvo algo que ver con esta confusión.—El destino o mis pies torpes —corregí.El hombre que me seguía sujetando de la nuca me soltó lentamente, como si le costara trabajo despegarse de mí. Se puso de pie y me extendió la mano.—¿Quieres bailar? —preguntó—. Pero es
Total, que el día terminó y yo ya estaba lista para irme a mi departamento, ponerme mis pijamas de osito y ver un drama coreano hasta que el sueño me venciera. Pero entonces mi teléfono vibró. Y vi el nombre en la pantalla.Javier.No debí contestar. Lo sé. Pero tengo esa maldita costumbre de querer cerrar ciclos con mis propias manos, así sea a base de gritos. Deslicé la pantalla y lo escuché respirar al otro lado, con esa soberbia que le conozco tan bien.—Ya vi que te pusieron a limpiar la suite presidencial. Qué triste, Viridiana. De mi señora a mucama. Sin mí, siempre terminas en el fondo.Sentí que la sangre me hervía.—¿Me llamaste nada más para recordarme que eres un patán con complejo de superioridad? —pregunté, apretando el teléfono con todas mis fuerzas—. Porque ya lo sabía, no necesito que me lo repitas.—Solo digo que si hubieras sido más flexible, y comprensiva, estarías en una casa bonita con un esposo que te mantiene. Pero no, tú siempre quieres hacer las cosas a tu m
Me quedé en medio de la suite, escuchando el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido un maratón. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que no sentía desde hacía años.Era ella.La mujer del pasillo. La que bailaba con la escoba. La que se había metido en mi cabeza sin permiso y se había instalado allí como si fuera su casa.Y ahora había estado aquí, en mi habitación, había visto mi cuerpo desnudo, había tocado mi pierna, había jalado mi toalla, y había dicho que llevaba más de un año sin sexo mientras se ruborizaba como una adolescente.No pude evitar sonreír. A pesar de todo, a pesar del ridículo, a pesar de que había quedado como un idiota con la toalla en el suelo y la mirada perdida, no pude evitar sonreír.—Era ella —murmuré en voz alta, y mi voz sonó ronca y extraña, como si no fuera la mía.Caminé hacia la mesa donde había dejado mi teléfono. Necesitaba un baño de agua fría. No, necesitaba dos baños de agua fría
Llevaba tres días limpiando la suite presidencial y el famoso rey de España seguía siendo un fantasma. Nunca lo veía. Solo sus cosas: trajes tirados por el suelo, zapatos en medio del pasillo, toallas mojadas encima de la cama. Un desastre. Para ser un monarca, el tipo era más desordenado que mi exmarido, y eso ya es decir mucho.Esa mañana toqué la puerta como siempre. Tres golpes secos y educados.—¿Señor? Servicio de limpieza.Silencio.Toqué otra vez, un poco más fuerte.—¿Señor? ¿Está ahí? Voy a entrar a limpiar.Nada. Ni una voz, ni un movimiento, ni un "pase adelante". Supuse que no estaba, como siempre. Seguro andaba en sus reuniones importantes. Total, a mí qué me importaba. Yo solo quería limpiar, cobrar mi quincena y largarme a mi departamento diminuto a ver mis dramas coreanos.Abrí la puerta y entré.La suite era enorme. Cortinas de terciopelo color vino, muebles de madera oscura que parecían antigüedades y un jacuzzi que cabía toda mi colonia. Pero también estaba hecha u
—Su Alteza, de verdad, no entiendo por qué insistió en venir a México. Tenemos compromisos en Lisboa, en París, el consejo está preguntando por usted. Y si no muestra interés en encontrar una esposa pronto, Diego va a aprovechar cada minuto de su ausencia.—Ya lo sé —dije, sin mirarlo—. Lo sé, lo sé y lo sé.—Entonces, ¿por qué estamos aquí? Esta conferencia pudo haberla atendido el ministro de Asuntos Exteriores. Usted no tiene nada que hacer en un hotel de lujo en Bucama.—Porque necesito respirar, Iñigo. ¿Entiendes eso? Necesito un lugar donde nadie me mire como si fuera un pedazo de carne que hay que vender al mejor postor.—Con todo respeto, Su Alteza, en España lo miran como su rey. Y los reyes se casan. Los reyes tienen herederos. Los reyes no se pasan las noches en bares ni huyendo de sus guardias.—¿Quieres que te destituya?—No puede, soy su único amigo.Sonreí a pesar de todo. Iñigo tenía razón. Era mi único amigo, el único que se atrevía a decirme las cosas a la cara sin i
Nunca pensé que firmaría esos papeles. Cuando lo hice, en el patio de la casa, con el humo de mis camisas quemadas subiendo al cielo, pensé que era un acto de cobardía. Que ella se había salido con la suya. Pero no. Fue estrategia. Porque yo sabía que, sin mí, Viridiana no duraría ni un mes. Y no duró. El primer trabajo que consiguió fue en una tienda de ropa. Una amiga de ella, Mariana, le consiguió la entrevista. Yo me enteré porque tengo contactos, porque siempre los he tenido. Una llamada al dueño, una pequeña mentira sobre su historial laboral, y listo. La tienda cerró a los dos meses. No fue casualidad. Fue planeado. Cada vez que ella conseguía algo, yo encontraba la manera de arrebatárselo. Porque ella tenía que volver. Tenía que darse cuenta de que sin mí no era nadie. Ahora, verla en el hotel, con ese uniforme ridículo y ese carrito de limpieza, fue un golpe bajo. No esperaba encontrármela allí. No esperaba que, después de todo, ella siguiera peleando. Y lo peor es que me







