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Capitulo 2

Author: Itha León
last update publish date: 2026-09-22 23:49:04

Pov Alejandro

El olor a incienso y medicinas ya se había vuelto parte del palacio. No podía entrar a esa habitación sin que se me apretara el pecho, pero el protocolo no perdona.

—Alejandro —dijo mi padre desde la cama, con la voz más cascada que el día anterior—. Acércate.

Me acerqué. Sus manos parecían hojas secas sobre el edredón. Los médicos habían dicho que le quedaban semanas, quizá un mes. Él lo sabía, y por eso sus ojos no se apartaban de los míos.

—Ya lo he hablado con el consejo —continuó—. Tienes un año para casarte.

No parpadeé.

—Padre, no pienso hacerlo.

—No es una sugerencia. Es una orden.

—Y yo la rechazo. No voy a atarme a una mujer que no conozco por capricho de un reino que ni siquiera me importa.

Él tosió.

—¿Que no te importa? ¿Todo lo que he construido no te importa?

—Me importa usted. El reino es una carga.

—Entonces será la carga de tu primo —dijo, y su voz se endureció un poco—. Si no te casas en un año, la corona pasará a Diego. Es lo que dicta la ley si el heredero no tiene descendencia legítima.

Sentí un cosquilleo en la nuca. Me di la vuelta y ahí estaba Diego, recargado contra la pared junto a la puerta, con los brazos cruzados y esa sonrisa de medio lado que siempre me ha sacado de quicio.

—Buenas, primo —dijo, sin moverse—. ¿Cómo va la rebelión?

—Cállate, Diego.

Mi padre levantó una mano temblorosa.

—Alejandro, escúchame bien. Tienes un año. Un año para encontrar una esposa digna, para darle un heredero a esta corona, o todo lo que nuestra familia ha sostenido por siglos terminará en manos de... —miró a Diego y suspiró—. En manos de alguien que no está preparado.

Diego se rió.

—No está preparado, dice. ¿Y él sí? El que se pasa las noches en discotecas y los días escondiéndose de las cámaras. El que ha tenido más amantes que reuniones de estado.

—No soy yo quien está todo el día adulando al consejo para que lo nombre heredero suplente —respondí, y sentí que la sangre empezaba a calentárseme—. He visto tus visitas a los ministros, Diego. Las cenas privadas. Los regalos.

—Son cortesías —dijo, encogiendo un hombro—. Cosas que tú no haces porque te crees superior.

—¡Basta! —la voz de mi padre resonó, y luego se quebró en una tos—. Los dos se callan. Alejandro, tú te casas. Diego, tú esperas tu turno, que si él no cumple, el trono será tuyo. Pero no voy a permitir que lo celebres antes de tiempo.

Diego inclinó la cabeza, pero su sonrisa no se borró. Me miró con esos ojos de zorro satisfecho y dijo:

—Un año, primo. Disfruta tu libertad mientras puedas. Luego ya veremos.

Salió de la habitación con pasos lentos, como si el tiempo estuviera de su lado. Yo me quedé mirando la puerta que se cerraba.

Mi padre me llamó otra vez.

—Alejandro, hijo. No te pido que ames a la primera que veas. Te pido que cumplas. El reino no puede caer en manos de Diego. Es un oportunista y un trepador. Si él gobierna, España se convertirá en un chiste para Europa.

—¿Y si me caso con alguien inadecuado? —pregunté—. ¿Si elijo a una plebeya?

—La ley no dice nada sobre el origen. Solo dice que debe ser una mujer, que debe ser un matrimonio válido y que debe haber descendencia.

—Entonces puede ser cualquiera.

—Puede ser cualquiera —confirmó—. Pero tiene que ser pronto. Y tiene que ser real.

Solté un suspiro que salió más cansado de lo que quería mostrar.

—Un año.

—Un año —repitió.

Salí de allí sin mirar atrás. El pasillo estaba vacío, pero sentí su presencia en cada esquina. Diego me esperaba al final, recargado en una columna con un café en la mano.

—¿Ya te enteraste? —dijo—. Yo sí quiero el trono, primo. No me da vergüenza decirlo.

—Te da vergüenza todo lo demás —respondí, pasando a su lado.

—Tú te crees muy superior por tener la sangre, pero la sangre no gobierna. La inteligencia sí. Y yo tengo más que tú.

Me detuve. Me di la vuelta y lo enfrenté.

—¿Inteligencia? ¿La que usas para hacerle la barba a los ministros? ¿La que usas para pedir favores a escondidas? Eso no es inteligencia, Diego. Es bajeza.

—Bajeza o no —dijo, y se llevó la taza a los labios—, en un año puede que seas un príncipe sin corona. Y yo, sentado donde tú nunca supiste estar.

Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta.

—No pienso perder contra ti.

—No piensas perder, pero tampoco piensas ganar. Porque para ganar necesitas hacer algo que odias: comprometerte. Y tú, Alejandro, nunca te has comprometido con nada. Ni con una mujer, ni con una causa, ni con este país.

Se fue caminando. Yo me quedé allí, viendo el jardín a través del ventanal, y por primera vez en mi vida sentí que el tiempo no estaba de mi lado.

No quería casarme. No quería una esposa que solo me mirara por la corona. Pero tampoco podía soportar la idea de que Diego se sentara en el trono de mi padre. Ese trono que yo había heredado por derecho, y que él quería arrebatarme con sonrisas y favores.

—Un año —murmuré para mí mismo—. Un año para encontrar a alguien.

Pero en el fondo sabía que no encontraría a nadie. Porque yo no buscaba a una reina. Yo buscaba una excusa para no ser rey.

O quizá, en el fondo, buscaba a alguien que me hiciera olvidar por qué no quería serlo.

Esa noche no dormí. Caminé por el palacio vacío, pasando por los retratos de mis antepasados, todos ellos con esposas y herederos a su lado. Y yo, el último de la línea, solo y terco como una mula.

Al amanecer tomé una decisión. No iba a rendirme. Pero tampoco iba a hacerlo a su manera. Si tenía que casarme, sería con alguien que eligiera yo, no con una princesa de manual que me vendieran los ministros.

Iba a buscar a esa mujer. Donde fuera. Como fuera.

Y si no la encontraba, al menos tendría la satisfacción de haberlo intentado.

Diego no ganaría sin pelear.

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