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CAPÍTULO 135: LA CASA DE HIELO

last update publish date: 2026-10-20 03:46:08

POV RENATO

Llegué a casa a las cuatro de la tarde.

El auto de Mireya estaba en la entrada, había llegado del centro solo porque no estaba el auto de Lucia.

Abrí la puerta, el recibidor olía a café y a limpio, Mireya había estado limpiando, preparándose para el inspector. Como si limpiar la casa fuera a borrar lo que estaba pasando entre nosotros.

La encontré en la cocina de pie frente a la mesa, con un trapo en la mano y la vista fija en la pared. Cuando me oyó entrar, se giró. En su cara vi un
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  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 135: LA CASA DE HIELO

    POV RENATOLlegué a casa a las cuatro de la tarde.El auto de Mireya estaba en la entrada, había llegado del centro solo porque no estaba el auto de Lucia.Abrí la puerta, el recibidor olía a café y a limpio, Mireya había estado limpiando, preparándose para el inspector. Como si limpiar la casa fuera a borrar lo que estaba pasando entre nosotros.La encontré en la cocina de pie frente a la mesa, con un trapo en la mano y la vista fija en la pared. Cuando me oyó entrar, se giró. En su cara vi un cansancio que le llegaba hasta los huesos.—Hola —dijo.No respondí, dejé el maletín sobre la mesa del recibidor. Me quité el saco y caminé hacia ella.—El asistente social va a venir —dije—. En las próximas horas, sin previo aviso y tenemos que fingir que todo está bien.—Lo sé.—No. No lo sabes. —Me detuve frente a ella, a un metro de distancia, ni un paso más—. Esto no es como las otras veces, no es una cena de gala, ni es una audiencia, es un hombre que va a entrar a esta casa y va a evalua

  • UN AÑO PARA RECORDARTE    CAPÍTULO 134: EL INTENTO DE CONGELAR

    Llegué al centro veinte minutos después de la llamada con Mireya.El auto negro ya no estaba, se había ido, como si solo hubiera querido dejar claro que podía aparecer cuando quisiera. Cuando entré, Mireya y Lucía estaban en la oficina con las puertas cerradas. No encontramos a nadie, ni había placas, ni testigos, solo la notificación sobre la mesa y las dos mujeres sentadas frente a ella, con la cara pálida.Me quedé con ellas hasta que amaneció. No hablamos mucho, Mireya preparó café y nos sentamos en la sala de espera, con las mujeres y los niños que estaban despiertos, esperando no sé qué. Cuando el sol salió, me fui a la oficina con la sensación de que algo peor estaba por venir.Llegué a las seis y media, el edificio estaba vacío y los pasillos olían a cera recién aplicada. Me senté frente a mi computadora con la carpeta de Mireya a un lado y el teléfono en la mano. Había pasado la noche en vela. Sabía que la rabia no me dejaría dormir, ni pensar con claridad, y que me mantendr

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 133: LAS PRIMERAS TRABAS

    POV MIREYAAgarré las llaves, me puse el abrigo y salí.El centro quedaba a veinte minutos en auto, pero esa mañana el trayecto se me hizo eterno. Los semáforos en rojo, los autos que no avanzaban, una obra en la avenida principal que me obligó a desviarme por calles que no conocía. Llegué con las manos agarrotadas de apretar el volante y una presión en el pecho que no me dejaba respirar bien.Me estacioné frente al refugio, todo igual, pero algo en el aire se sentía distinto, pesado como si la amenaza de Clara ya hubiera entrado sin que nadie la viera.Entré.El pasillo olía a café y a desinfectante. Dos mujeres estaban sentadas en la sala de espera, con las manos entre las rodillas, mirando la puerta. Otra, más joven, caminaba de un lado a otro con un bebé en brazos. Me vieron entrar y algo en sus caras cambió, no era un alivio, sino esa expresión que ponen las personas cuando llevan horas esperando malas noticias y de pronto ven a alguien que puede confirmarlas.—¿Mireya? —dijo una

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 132: LEY DEL HIELO

    POV MIREYA Renato se fue sin despedirse.Bajó a las siete, se sirvió café, le preguntó a Leo por el colegio. A mí no me miró. Cuando le puse el plato en la mesa, él ya estaba de pie con el maletín en la mano. Le dio un beso en la cabeza al niño. Y se fue.Leo me miró desde el marco de la puerta.—¿Por qué no te habla?—Está cansado, cariño, vamos come, que luego llegas tarde—. Traté de que mi voz sonara tranquila para transferir a Leo lo que tanto necesitaba, por supuesto que no lo logré, pues el niño era demasiado intuitivo.Leo se dio cuenta, los niños son muy astutos y sensibles a esos cambios. Se quedó callado, comiendo su cereal, con esa expresión suya de adulto pequeño que ya había visto demasiado.—¿Están enojados? —preguntó.—No, cariño — le dije tratando de suavizar la situación.Lo llevé al colegio yo sola, en el auto no dijo nada. Se quedó mirando por la ventana con la mochila apretada contra el pecho. Y yo supe lo que estaba pensando, juntando piezas, que en algún momento

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 131: SE ROMPIÓ LA CONFIANZA

    POV RENATODejé el centro comunitario cuando ya estaba la claridad del amanecer, una luz pálida que hacía ver los edificios de la ciudad como bloques de cemento sucio. En el asiento del acompañante llevaba la carpeta de cartón gastado que Lucía me había entregado sin oponer resistencia. Los números no mentían, las firmas de aceptación estaban allí, con la caligrafía rústica del padre de Mireya, ejecutadas hace diez años, cuando yo todavía intentaba recordar mi nombre en las esquinas de una vida vacía.Manejé de regreso con una mirada autómata, no sentía rabia, sentía esa parálisis física que te da cuando te expones demasiado tiempo al frío extremo. El tablero de mi vida se había reducido a una habitación vacía donde cada persona que creía cercana tenía una parte de mi destrucción guardada en los bolsillos.Cuando estacioné el auto en la entrada de la casa, la llovizna de la madrugada había cesado. Subí los escalones del porche despacio, sintiendo el peso de la carpeta de cartón debajo

  • UN AÑO PARA RECORDARTE   CAPÍTULO 130: LAS PALABRAS QUE ROMPEN TODO

    POV RENATO El limpiaparabrisas de mi auto no daba abasto contra la cortina de agua que caía sobre la avenida. Manejaba a una velocidad estúpida, sintiendo los neumáticos perder adherencia en cada curva sobre el pavimento inundado, pero no aflojé el pie del acelerador. Tenía la nota arrugada dentro del bolsillo del saco, golpeándome contra la costilla a cada movimiento del volante. “Mirlo”. Esa palabra impresa con letras de molde era un clavo caliente metido directo en mi nuca.Llegué al edificio de departamentos de Clara en menos de quince minutos. Estacioné el vehículo sobre la acera, ignorando la entrada de la cochera subterránea, y bajé a la llovizna sin tomar el paraguas. El agua fría me empapó la camisa en tres segundos, pero el frío en mi cara me ayudó a despejar la neblina del pánico que me subía desde las piernas.Burlé al guardia de la recepción mostrando mi credencial corporativa antes de que pudiera registrar mi nombre. Subí en el ascensor en silencio, mirando los números

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