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(PUNTO DE VISTA: ROCCO)La luz de su ventana se apagó y yo seguí mirando el cristal oscuro, con el río detrás y la mano mala pegada al pecho.Si está apagada es porque está cansada. Que esté apagada no es ninguna invitación. Lo sé, y me quedé mirando igual.El auto de Pietro paró a mi lado sin encender los faros. Bajó el vidrio y me pasó un sobre cuadrado, sin soltarlo del todo.—Del mostrador, no lo abrí.—¿Quién lo vio?—La muchacha de recepción, por fuera. —Lo soltó—. Dice Hartwell en la solapa.Papel grueso. Una sola línea a pluma: Sra. Smith. Olía a una colonia que no era mía. Casi aprieto el sobre.Me lo metí bajo el brazo malo para contestar el teléfono, que ya vibraba.—Señor. —Irina, en tono bajo—. El muchacho de la garita trajo su teléfono. Lo revisé yo. Dice la verdad: no se lo mandó a nadie. Se lo enseñó a un tío suyo en una cena, para demostrar que él no la dejó entrar, y el tío grabó la pantalla con el suyo. Esa copia es la que anda. Del tío pasó a un grupo, y del grup
(PUNTO DE VISTA: IVY)—Mi amor, no sé quién fue. —Kate hablaba con la mano en la boca, se le notaba—. Llamó una mujer, de su casa, con acento. Dijo que el señor y la señora salieron de viaje, la luna de miel que tenían pendiente, y que no hay fecha de regreso.Con acento… Irina no dice una mentira sin que se la ordenen, ¿cierto?—Gracias, Kate. No lo repitas más.—Ni muerta.Colgué en mitad de la acera. Rocco no se ha tomado un día libre desde que lo conozco. Me inventó un viaje y se tomó vacaciones para qué, ¿para que el cuento fuera visible para quién? ¿Ophelia? En público, la mujer más enamorada de esta ciudad… Y me lo cumplió, con una llamada.Paga el hotel, paga la comida, paga hasta una mentira. Lo único que no paga es sentarse con alguien.Noté que alguien se había llevado la mesa con ruedas. En la ventana, el río, quieto, color de lata. Me senté en la cama con el teléfono en las dos manos. Camille ya lo había visto, y Rocco también. Yo era la única que faltaba. Abrí el v
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)Esperé a que Irina terminara la llamada a mi oficina y fui al estudio, a abrir con la llave lo que anoche cerré con ella.El abrigo de hace veinticinco años.Lo doblé yo, con la mano buena, por los mismos pliegues con que lo encontré, y lo devolví a la caja de la que salió, la que seguía abierta en el vestíbulo con la manga asomada. Un bolsillo pesaba más que el otro. No quise saber por qué. Puse encima el papel de seda suelto, cerré las solapas y les pasé la cinta yo mismo.—A la casa de la costa, tal como salió y sin abrir nada —le dije a Irina—. Que lo lleven los dos de la esquina de anoche, a ver si cargando una caja aprenden algo. El casero que lo meta en el baúl, lo cierre con llave y hoy mismo cambia la cerradura de la casa.—¿Y usted adónde va, señor?—A ver a Ophelia.Me miró la camisa todavía húmeda, me trajo un saco y no discutió.En el auto me vibró el teléfono.«Salió con carpeta y con pan».«¿Comió?», escribí, con un pulgar que me obedecía a medi
(PUNTO DE VISTA: IVY)Salí del cuarto con la carpeta bajo el brazo, y en el espejo del ascensor me encontré una cara de muerta.En el taxi mordí el pan, y la masa dura crujió igual que en la bandeja, y detrás de los dientes me llegó una voz, la de un hombre sentado conmigo en el piso de su cocina, a las doce menos uno: «Come. Te queda un minuto».—¿Le molesta la música, señora?—Me molesta todo —murmuré con la boca llena—. Pero cambie de emisora, por favor.Estaba buenísimo. Qué asco de hombre, que hasta el pan lo elige bien.Cuando entré, la muchacha del mostrador no levantó la vista del portapapeles.—¿Nombre?—Smith.—Smith, Ivy. Diez en punto. —Ahora sí me miró, y se le cambió la cara—. ¿Se siente bien? Está muy pálida.—Es la luz.—Si usted lo dice... El baño es la segunda puerta. La mujer antes de usted se pasó veinte minutos llorando ahí.—Qué alentador.Me senté con la carpeta en las rodillas y la abrí. Eran las bases, con su reglamento y su membrete, y en la tercera hoja, sub
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)—La gente va a hablar de lo que yo le deje contar.Y se lo expliqué, a ver si tenía más sentido o solo lo tenía en mi cabeza.—Ese vídeo tiene dos cuentos, y es el mismo vídeo. En uno, la señora de esta casa saca a una mujer de la cama de su marido y al día siguiente aparece durmiendo sola en un hotel de otra ciudad. Ese cuento se llama se acabó el matrimonio, y lo va a contar una señora con un bastón en todos los salones de esta ciudad antes del domingo.—¿Y el otro?—En el otro la saca, y después se va de luna de miel con su marido. —Me recosté en esa almohada que olía a otra mujer—. En el otro, lo que hizo mi mujer en esa grava lo hizo una esposa.Irina se quedó mirando el piso un rato largo, y cuando levantó la cara tenía los ojos llenos.—Eso es lo más sucio que le he oído decir en veinte años, señor.—Sí.—Pero es lo único que le va a servir a la señora, eso sí.—También. —Me costó la siguiente palabra—. Y al muchacho me lo traes aquí y le pagas el mes. No
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)—Ya verás… va a soltar a Vera antes del mediodía, que es distinto. —Me recosté—. Esa señora lleva años pagándole el amparo a esa mujer con la mano abierta. Hoy va a tener que decidir si lo paga con el apellido que tanto lucha por mantener tan limpio.Pero lo otro no se lo dije, que lo único que esa vieja ha hecho siempre es mandar papeles para no tener que pedirle nada a nadie, y que hoy va a recibir uno.—Esto lleva mi firma al lado de la tuya, y en veintidós años no he dejado un papel con tu nombre —soltó Vance, con el bolígrafo parado encima del papel—. Y no soy solo yo, Rocco. El programa que dirijo lleva el apellido de esa señora en la puerta. Si Ophelia aprieta, no te aprieta a ti: aprieta el cuarto donde está la madre de tu mujer. —¿Prefieres que se lo dicte a otro? —¿Y yo, qué soy en todo esto? —Vance se quedó con la mano encima del maletín—. Me mandaste a Eleanor cuando tú no podías ni quedarte con ella. Me mandaste a un chico que ni siquiera tenía q







