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CAPÍTULO 5: FUI A ROGARLE A MI SUEGRO Y TERMINÉ NEGOCIANDO CON ÉL

ผู้เขียน: Luna Rose
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-03 23:59:51

POV: Rocco

A la mañana siguiente, bajé a las seis, antes que nadie, con la excusa de revisar los correos de la noche anterior. La verdad era otra: dos noches atrás la había tenido contra la pared de mi cuarto y desde entonces no había dormido más de tres horas seguidas. Bajar temprano era lo único que me quedaba parecido a la disciplina. 

Planeaba evitarla a toda costa.

Ayer, después de la junta, salí a cerrar con dos socios y no volví a mirar el teléfono. Cuatro llamadas suyas entre las siete y las once de la noche. Las vi a las cinco de la mañana y no devolví ninguna. 

No funcionó. La oí bajar diez minutos después, descalza otra vez, y entró a mi despacho con el teléfono apretado contra el pecho como si fuera a explotarle en las manos.

—Necesito... —Se detuvo. Parecía odiar decir lo que estaba a punto de decir—. Necesito que metas a mi madre en el programa de tu fundación.

Me quedé con la taza a medio camino.

—Buenos días también.

—Rocco —insistió, con un ligero temblor en la voz.

No levanté la mirada de la laptop. Llevaba esperando el momento en el que bajara a pedirme eso. 

—Siéntate.

—No, no me voy a sentar —se cruzó de brazos.

Abrió la boca y la cerró de inmediato, intentando encontrar las palabras. Luego inhaló hondo, mientras se movía de un lado a otro. Sentado frente a ella, con solo un escritorio marcando la distancia entre nosotros, pude percibir el dulzor de su perfume.

Era el mismo perfume que usaba hace años, antes de que siquiera fuera la esposa de mi hijo. Antes de que me conociera como el señor Rocco Blackstone.

Por aquel entonces, ella no era más que una pasante que debía diseñar el ala pediátrica de la fundación de mi difunta esposa. Seguramente ni siquiera recordaba esa noche de lluvia en la que la había acompañado en un taxi hasta su casa.

La primera vez que mi hijo la trajo a casa y la presentó como su futura esposa, supe que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido.

Mi hijo se me adelantó una vez. No pensaba dejar que volviera a pasar.

—El tratamiento de mi madre dejó de funcionar —soltó de golpe sacándome de mis pensamientos cuando su voz se le quebró a la mitad, y se obligó a enderezar la espalda antes de terminar la frase—. El médico la mandó al programa de tu esposa. Es el único que le queda.

—Vance.

—¿Lo conoces?

—Le pagué la especialidad hace veintidós años. Después él se sentó tres meses al lado de la cama de mi esposa sin cobrarme un centavo. —Cerré la laptop. 

El hombro me tiró al hacerlo. Ella lo notó y no dijo nada, y ese silencio suyo me gustó más de lo que debería. 

—Sí, lo conozco —continué. Lo que no le dije: que Vance me llamó hace tres semanas para avisarme que alguien había pedido el listado de pacientes del programa. No dio nombres y yo tampoco pregunté.

—Harold ya llamó a mi madre para decirle que él se encarga —soltó y le costó decirlo.

—Lo sé.

—Pues yo no le voy a deber eso a él. Ni una pastilla, Rocco —levantó la barbilla—. Prefiero debértelo a ti.

La vi tragar. Sabía perfectamente lo que acababa de ofrecerme y aún así lo dijo mirándome a la cara.

—Entonces llámalo —pidió, sin apartar la mirada—. Págalo. Lo que sea que cueste, yo te lo devuelvo, aunque me tome quince años.

—No cuesta dinero, Ivy. Ese es el problema.

—Todo cuesta dinero —insistió ella, frunciendo el ceño.

—El programa tiene doce lugares al año y no se venden. —Me levanté y bordeé el escritorio hasta situarme frente a ella—. Mi esposa lo dejó escrito así antes de morir. Nada de donantes, nada de apellidos comprados. Solo pacientes que entren por el registro de la familia.

—Bien. Perfecto. Tú eres la familia, ¿no? —dijo, levantando la cara hacia mí. 

—Ivy… Yo firmé la fundación a nombre de Harold el día que se casó contigo.

Se quedó quieta.

—¿Qué?

—Fue mi regalo de bodas. —No suavicé nada, no tenía por qué—. Le entregué la silla de mi esposa muerta al niño que crié, delante de doscientas personas, el mismo día en que te puso el anillo. Todos aplaudieron.

Abrió los ojos, perpleja, sin dar crédito a lo que oía.

Ivy soltó el aire despacio, como si le hubieran dado en el estómago y estuviera decidiendo si dolía o no.

—¿Y me dejaste pedírtelo igual? —La voz se le quebró un poco, contra su voluntad.

—Te dejé entrar aquí para ver cómo me lo pedías. —Le sostuve la mirada—. No viniste a rogar. Viniste a negociar. Buena señal.

—No soy una de tus juntas, Rocco. —Le costó decirlo—. Esto me cuesta.

—Por eso no te lo puse fácil —sentencié.

Ella apretó la mandíbula y ahí volví a verla. La misma mujer que en mi propia mesa me dijo que defendería dos errores frente a quien fuera, incluido yo.

—¿Y no puedes quitársela? —preguntó de pronto—. La silla.

—Puedo. —Le concedí eso—. Con mis abogados me toma cuatro meses.

—Mi madre no tiene cuatro meses, Rocco.

—No —admití.

Había una segunda forma. No se la dije todavía. 

Llevaba tres años esperando a que a mi hijo se le acabara la suerte. Ni falta me hizo intervenir para que terminara pasando. Los hombres como Harold se destruyen solos si uno tiene el estómago de esperar sentado, y yo tuve estómago para eso y para mucho más.

Lo que no calculé fue que la oportunidad me iba a llegar la misma semana en que ella me necesitara.

Fue la primera vez esa mañana que no tuvo nada que decirme. El timbre sonó antes de que encontrara con qué contestarme. 

Irina abrió. La voz de Harold llegó desde el vestíbulo, más alta de lo que debería a esa hora de la mañana.

—¡Sé que está aquí! Ivy, ¡baja!

Los límites de esta casa los pongo yo. Blackstone era mi apellido antes que el de Harold, y en mi casa nadie amenaza a nadie sin mi permiso.

Ella se puso pálida, alejándose de mí de inmediato.

—¿Le dijiste que…?

—No le dije nada —la corté, y no estaba mintiendo.

Bajamos los dos al mismo tiempo. Harold estaba en la entrada con la maldita corbata torcida otra vez, como si no hubiera dormido.

En cuanto la vio, se echó a reír, sin humor.

—¿Otra vez escondiéndote detrás de mi padre? ¿Necesitas que te defienda?

—No necesito que nadie me defienda —aclaró ella, levantando la barbilla—. Pero prefiero estar a mil metros de ti.

—Eso crees tú, ¿o acaso no sigues necesitando algo de mí? —dijo, con ironía en la voz.

Vi a Ivy tragando en seco. En su rostro se notaba que le había dolido.

Harold sonrió al verlo.

—Hablé con Maeve —anunció, y lo dijo despacio, saboreándolo—. Le dije que su yerno se iba a encargar. Deberías haberla oído, Ivy. Lloró.

—No te atrevas a usar a mi madre.

—Yo no la estoy usando. Yo soy el único de esta casa que puede meterla en ese programa mañana por la mañana. —Se giró hacia mí, y por primera vez en su vida no bajó los ojos—. ¿Verdad, padre? Explícale tú cómo funciona el registro.

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