LOGIN¡Lograron llegar a la casa de seguridad! 🏚️🩸 Valeria cargó con el peso literal de su peor enemigo para salvarlo, sellándose juntos en un búnker olvidado por el mundo. Pero están solos, sin médicos y Dante sigue en estado crítico. Para curarlo y evitar que muera de frío, nuestra Reina de Hielo tendrá que quitarle esa ropa empapada y usar su propio calor corporal. 👀🔥 La intimidad forzada que tanto estábamos esperando empieza en el próximo capítulo. ¡Déjenme todos sus comentarios, reclamen la medalla de oro para Valeria por esa fuerza brutal y no olviden votar! 🥇❤️🔥
El tiempo bajo tierra no se medía en días ni en noches, sino en rutinas, sudor y el insoportable roce de la convivencia forzada.Habían pasado quince días desde que la pesada puerta de acero del búnker se cerró a sus espaldas. Quince días de comer raciones militares insípidas, respirar aire reciclado y dormir a escasos metros del enemigo jurado que, irónicamente, era ahora la única persona en el mundo en la que podían confiar.Para el décimo día, las heridas de Dante habían dejado de ser una amenaza mortal para convertirse en una molestia sorda. Su metabolismo, acelerado por años de acondicionamiento genético y entrenamiento militar extremo, hizo el resto.El italiano estaba sentado en el suelo de concreto de la armería, con el torso desnudo brillando por el sudor. A su alrededor, esparcidas sobre una lona negra, descansaban las piezas desmontadas de un rifle de francotirador McMillan TAC-50. Lo fascinante —y aterrador— de la escena era que Dante llevaba una venda negra cubriéndole po
El primer día en el búnker fue un descenso a los infiernos.La adrenalina del escape finalmente abandonó el cuerpo de Dante, dejando a su paso una fiebre abrasadora provocada por la infección de las heridas y el trauma del agua helada. Durante veinticuatro horas, el letal Agente Unidad 4 quedó reducido a un hombre delirante que se retorcía bajo las pesadas mantas térmicas, sudando frío y murmurando incoherencias en italiano.Valeria no durmió un solo segundo.Vestida únicamente con sus pantalones tácticos y una camiseta térmica negra que le quedaba grande, la Agente Espectro se convirtió en su sombra. Lo obligó a tragar antibióticos de amplio espectro, le limpió el sudor de la frente con paños húmedos y, cuando el dolor de las costillas rotas lo hacía convulsionar, se recostaba a su lado, envolviéndolo con sus brazos para mantenerlo inmovilizado y evitar que se abriera los puntos.Cada vez que lo sostenía contra su pecho, sintiendo el corazón acelerado de su enemigo latir contra el su
...Valeria arrastró a Dante hacia el interior y pateó la puerta para cerrarla herméticamente a sus espaldas, sellándolos del resto del mundo. Dejó que ambos cayeran al suelo de concreto helado de la sala de estar, completamente exhaustos y destrozados. Estaban a salvo de Volkov y del océano, pero al encender las luces tácticas de emergencia y ver el charco de sangre fresca que volvía a formarse bajo el cuerpo de su esposo, supo que la verdadera batalla por su vida apenas estaba comenzando.El generador de respaldo tosió con un chirrido metálico antes de cobrar vida. Unas cuantas luces fluorescentes parpadearon en el techo abovedado, derramando una luz estéril y amarillenta sobre un refugio espartano: paredes de roca desnuda recubiertas de paneles aislantes, estanterías con cajas de munición cubiertas de polvo, un terminal de comunicaciones obsoleto y, en el centro, un estrecho catre de acero.Valeria no perdió ni un segundo. Apretando los dientes contra el dolor de sus propios músculo
El químico de la gasa hemostática siseó al contacto con la herida abierta, coagulando la sangre a un ritmo doloroso y antinatural. Dante volvió a convulsionar bajo el peso de Valeria, sus músculos tensándose en un arco de agonía pura antes de volver a desplomarse, inerte, sobre el suelo metálico de la lancha.—Ya casi, ya casi está —susurró Valeria, aunque no sabía si intentaba convencerlo a él o a sí misma.La lluvia helada del Pacífico los azotaba sin piedad. El viento aullaba sobre el rugido del motor V8, levantando olas que hacían que la embarcación volara y se estrellara contra el mar, sacudiéndolos con violencia. Valeria tuvo que anclar sus rodillas a los costados de Dante para no salir despedida por la borda, manteniendo la presión sobre sus costillas con ambas manos.Sus dedos, habitualmente precisos y letales, estaban entumecidos por el frío y manchados de un rojo oscuro.Tras tres minutos que parecieron tres vidas enteras, la hemorragia masiva se redujo a un goteo lento. Val
"Te-nemos cuatro minutos."La cuenta regresiva resonaba en el despacho destrozado, fría y metódica, un contraste brutal con el caos ardiente de las explosiones secundarias que sacudían el yate desde sus entrañas. El suelo volvió a inclinarse, esta vez con un crujido estructural tan violento que los enormes ventanales de cristal reforzado finalmente estallaron. El viento helado de la tormenta del Pacífico irrumpió en la sala, barriendo la lluvia y el humo en un torbellino ensordecedor.Valeria resbaló sobre el suelo inclinado, pero no apartó las manos de la herida de Dante. La sangre caliente se filtraba entre sus dedos, resbaladiza y constante. El italiano tenía los ojos a medio cerrar, su respiración convertida en un silbido rasposo y húmedo.El protocolo de la Agencia era un mantra que le habían grabado a fuego en el cerebro desde su reclutamiento: Si un activo compromete la extracción, se le abandona. La misión está por encima de cualquier vida individual. Durante años, Valeria hab
Capítulo 12: Acero y SangreEl tiempo pareció espesarse, volviéndose denso y pesado en la inmensidad del despacho. El autómata no rugió, no emitió ningún grito de batalla ni mostró la menor vacilación; su salto fue un despliegue de física pura, fría y letal, calculando la trayectoria exacta y la fuerza necesaria para separar la cabeza de Dante de sus hombros.El instinto del italiano fue más rápido que el pensamiento racional. Dante alzó su pistola silenciada con la mano izquierda, plantó los pies en el suelo de ébano y vació las últimas cuatro balas del cargador directamente contra la placa frontal del falso Volkov. Los impactos resonaron en la habitación como martillazos furiosos sobre un yunque. Las balas de plomo de nueve milímetros se achataron y rebotaron inofensivamente contra el blindaje de polímero denso, arrancando un enjambre de chispas brillantes, pero sin frenar ni un milímetro el impulso aplastante de la máquina.Antes de que las cuchillas de titanio incandescente pudiera







