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Capítulo 2

Author: Señor Calabazón
Desde aquella noche en que mi cuñada me sorprendió en mi situación incómoda, noté que su mirada hacia mí era un poco distinta.

Me seguía cuidando como antes, me ayudaba a bañarme, me llevaba a la letrina, pero las veces se multiplicaron de forma significativa.

Además, siempre se excusaba diciendo que iba a cerrar la puerta y, en realidad, no se iba. Yo sentía su mirada sobre mí, sobre todo en la parte de abajo.

Eso me tenía cada día en un estado de tortura y emoción a la vez; me hervía la sangre, y varias veces estuve a punto de hacer el ridículo frente a ella.

Esa noche, estaba escondido en mi cuarto, con una prenda íntima que le había sacado a escondidas a mi cuñada, y fantaseaba con toda clase de situaciones, cuando de pronto sonaron unos golpes en la puerta.

—Toño, ¿estás dormido? Ven tantito a mi cuarto, necesito tu ayuda.

¿Para qué me quería ahí a estas horas? Se me aceleró el pulso, y en un instante me pasaron mil ideas por la cabeza. Miré aquella prenda íntima. ¿No sería que…?

Mi cuñada me llamó otra vez. Me apresuré a responder, me acomodé la ropa y respiré hondo varias veces antes de salir.

Ella ya no estaba en la puerta. Caminé hasta su habitación, que tenía la puerta medio abierta, con el corazón por reventar.

Empujé la puerta y entré. Adentro solo había una lamparita de mesa con luz tenue y mi cuñada… ¡otra vez estaba desnuda!

Estaba acostada sobre la cama revuelta, respirando profundamente, sus grandes pechos temblando al ritmo de sus jadeos, una capa de sudor hacía que esas dos curvas se vieran aún más tentadoras bajo la luz.

Tenía las piernas bien abiertas, sus partes a la vista, su partecita empapada se abría y cerraba, y a un costado de la suave entrada escurría un líquido brillante; era obvio que ya había llegado al clímax varias veces.

Se me secó la garganta, las palmas me sudaban, y fingí estar tranquilo para preguntar:

—Ya estoy aquí, ¿qué necesitas que haga?

Ella estaba roja como un tomate, evitaba mis ojos, y su voz era apenas un murmullo:

—Toño, este… Esto es algo en lo que solo tú puedes ayudarme. Pero me tienes que prometer que jamás se lo vas a decir a nadie, si no me voy a terminar muriendo de vergüenza.

Le aseguré enseguida:

—¡Tranquila, no voy a decir nada!

Ella titubeó un buen rato hasta que, balbuceando, dijo lo que pasó. Al parecer ella… usó un pepino para jugar sola, y lo apretó con tanta fuerza que el pepino se partió adentro y no podía sacárselo. Cuando la escuché, no sabía si reír o llorar, y al mismo tiempo sentí algo más… algo… difícil de explicar.

Cuánta vergüenza tenía que estar pasando mi cuñada para venir a pedirle ayuda a este “ciego” con algo así.

—Cuñada, es que… yo…

Fingí estar muy apurado, como si no supiera qué hacer. Ella se apresuró a explicarse:

—Toño, no pienses mal… soy una mujer normal. Tu hermano casi nunca está en la casa y además se fue a Estados Unidos… no me quedó de otra que… te busqué a ti porque no ves, así me siento un poco… un poco más tranquila…

Cada palabra le salía más bajito, y se sonrojaba más con cada una.

Al verla con esa cara de dolor y bochorno, ese poco de decepción que sentía fue reemplazado por una sensación rara.

—¿Y cómo te ayudo? Si yo no veo.

Mi cuñada, ruborizada, me hizo señas para que me acercara yo solo.

Fingí no ver nada, me arrimé y empecé a palpar a ciegas. Lo hacía a propósito. Aunque podía sentir esa entrada húmeda y tibia, fingía no encontrar la dirección, y empecé a tantearle desde los hombros hacia abajo.

—Cuñada, ¿es aquí? Ah, parece que me equivoqué otra vez.

Le agarré esas dos curvas tentadoras y le pellizqué fuerte uno de los pezones erguidos. Mi cuñada gimió suavecito, se aflojó sobre la cama temblando, y abajo se le humedeció todavía más.

—Toño, no, no estés tocando por todos lados…

Eso decía, pero no se movía para detenerme.

Así fui bajando por su cuerpo, le apreté la cintura, le di un buen agarrón en el trasero, casi recorrí cada uno de los lugares que había imaginado, y resultaron ser tan suaves como los había soñado, no me podía despegar de ellos.

Al final, mi cuñada ya no aguantó. Con la mano temblando, me agarró la muñeca con sus dedos cubiertos por sus fluidos para guiarme, haciéndome explorar sin parar.

—Aquí mismo… toca con cuidado, suavecito, sácamelo…

Mi mano temblaba mientras hacía lo que me decía. Los dedos se hundieron en su sexo, y en el instante en que entré ella empezó a temblar; sus piernas, sin pensarlo, se enroscaron en mi cintura. Cuando la yema de mis dedos rozó ese pedazo duro de pepino, se notaba cómo todo su cuerpo se tensaba.

Me moví con mucho cuidado, lento y suave, y ella no pudo evitar gemir.

En ese momento, sus piernas apretaron mi brazo, su cuerpo se sacudió con fuerza y, en un instante, llegó al clímax; junto con ese pedazo de pepino salió todo disparado y me salpicó la mano.

—Per… perdón, Toño, no fue a propósito…

Mi cuñada, entre vergüenza y nervios, se levantó apurada y agarró una toalla para limpiarme. Al levantarse, sus pechos grandotes se balancearon frente a mí, y al verlos se me secó la boca.

Recibí la toalla, fingí que iba a ponerme de pie y, a propósito, hice como que perdía el equilibrio; me incliné hacia adelante y mi parte de abajo le rozó la piel.

Mi cuñada se estremeció y se desplomó entre mis brazos.

Ya no me pude aguantar y llevé la mano hacia ese cuerpo que tenía pegado al mío. Mi cuñada se mordía los labios temblando, sus muslos apretados se humedecían, y la razón con que se resistía a duras penas se le iba derrumbando…

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