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Un Polvo en Familia
Un Polvo en Familia
Author: Señor Calabazón

Capítulo 1

Author: Señor Calabazón
Me llamo Toño, y en el pueblo todos piensan que estoy ciego. Recuperé la vista el mes pasado, cuando me caí de un árbol, pero no se lo dije a nadie, ni siquiera a mis papás. Por un lado, me daba flojera trabajar; por el otro, bueno, uno de joven siempre tiene ganas de hacer travesuras.

Estos días de hacerme el ciego se volvieron muy distintos cuando mi cuñada Romina regresó al rancho.

Mi hermano se había ido a Estados Unidos a trabajar, y como le preocupaba que ella se quedara sola, le pidió que regresara para vivir con nosotros.

Cuando la volví a ver, el corazón se me aceleró. Mi cuñada era muy bonita, con un cuerpazo, y esas piernotas que cada vez que las veía no podía sacármelas de la cabeza. Para ella, yo era un pobre ciego, así que siempre me hablaba con voz suave, con lástima.

Y eso, en lugar de calmarme, hacía que esas ideas turbias se me metieran más fuerte. Esa noche, después de cenar, me metí temprano en mi cuarto. Tenía algo entre ceja y ceja. Sabía que a mi cuñada le encantaba la limpieza y que se iba a bañar antes de dormir.

El baño de mi casa era muy rústico, pegado a mi cuarto, y en la pared había una rendija chiquita, casi imperceptible. Si me empinaba en puntillas, se alcanzaba a ver hacia adentro.

Resistí hasta pasadas las once, y en efecto, mi cuñada salió con su tina en las manos.

Cuando empecé a escuchar el ruido del agua corriendo, no me pude aguantar. Me trepé a la ventana en silencio y pegué el ojo a la rendija.

Adentro flotaba el vapor, y la silueta de mi cuñada se asomaba entre la bruma.

Era la primera vez que veía el cuerpo de una mujer, y encima uno tan hermoso como el de ella. Sentí la sangre caliente subirme hasta la cabeza, y el cuerpo me reaccionó.

Las gotas de agua resbalaban por su cintura estrecha, por sus nalgas suaves y carnosas, y se perdían al final en sus partes íntimas. Con cada movimiento, sus pechos rebosantes y su trasero temblaban un poquito.

Mi cuñada parecía además muy sensible. Cuando el agua le tocaba ciertas partes, jadeaba suave y obscenamente, y se acariciaba y jugueteaba con su cuerpo bajo la corriente.

Yo miraba con la cara roja y la respiración agitada, y pasé un buen rato manoseándome a gusto hasta que apenas logré apagar ese fuego perverso.

Esa noche no pude dormir, daba vueltas en la cama y no podía dejar de pensar en mi cuñada. Cuando por fin me empezaba a entrar el sueño, los moscos se pusieron a zumbar. Se me acabó el repelente del cuarto, así que no me quedó de otra que salir a buscar otro.

Al pasar por la puerta del cuarto de mi cuñada, escuché que adentro todavía estaba prendida la tele, y, sin saber por qué, toqué la puerta.

—Cuñada, ¿estás dormida? Soy Toño.

Adentro hubo un revuelo, y mi cuñada habló algo agitada:

—Toño, ya es tarde, ¿qué pasa?

Le dije que se me había acabado el repelente, que venía a pedirle uno. Ella contestó algo, y tardó un momento en venir a abrir. Cuando lo hizo, me puse tieso.

Mi cuñada… ¡mi cuñada estaba desnuda!

Aquel cuerpo que antes había alcanzado a entrever apenas lo tenía ahora al alcance; incluso podía sentir el calor de su piel. Estaba toda colorada, los pechos llenos marcados con huellas de sus dedos, y se frotaba las piernas una contra la otra sin poder aguantarse; entre las piernas, sus partes estaban hechas un lodazal.

Ella seguía ahí parada detrás de la puerta, segura de que yo no la veía. Sentí que me zumbaba la cabeza, y por poco no podía controlar la expresión. Justo entonces escuché lo que sonaba dentro de su cuarto en la tele. ¡Era una de esas películas!

¿Será que como mi hermano no estaba, ella…? Pero ella, apretó las piernas un momento sin importarle, se limpió los dedos mojados y me trajo el repelente. Al pasármelo, su mirada se posó un instante en la parte de abajo, y la escuché suspirar; la mirada se le transformó.

Me asusté y busqué una excusa rápido:

—Tengo que ir al baño, me urge, dámelo rápido.

Pareció reaccionar, exclamó “ah” y dijo que ella también iba a ir, que ya que todo estaba oscuro, mejor fuéramos juntos.

Se puso el camisón y me tomó del brazo para salir. Cuando llegamos a la letrina, me dijo que entrara.

Le di la espalda, fingiendo que orinaba, pero alcancé a ver de reojo que mi cuñada no se había alejado. Se había quedado parada junto a la puerta, mirando fijamente hacia donde yo estaba…

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