Me llamo Toño, y en el pueblo todos piensan que estoy ciego. Recuperé la vista el mes pasado, cuando me caí de un árbol, pero no se lo dije a nadie, ni siquiera a mis papás. Por un lado, me daba flojera trabajar; por el otro, bueno, uno de joven siempre tiene ganas de hacer travesuras.Estos días de hacerme el ciego se volvieron muy distintos cuando mi cuñada Romina regresó al rancho.Mi hermano se había ido a Estados Unidos a trabajar, y como le preocupaba que ella se quedara sola, le pidió que regresara para vivir con nosotros.Cuando la volví a ver, el corazón se me aceleró. Mi cuñada era muy bonita, con un cuerpazo, y esas piernotas que cada vez que las veía no podía sacármelas de la cabeza. Para ella, yo era un pobre ciego, así que siempre me hablaba con voz suave, con lástima.Y eso, en lugar de calmarme, hacía que esas ideas turbias se me metieran más fuerte. Esa noche, después de cenar, me metí temprano en mi cuarto. Tenía algo entre ceja y ceja. Sabía que a mi cuñada le encant
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