INICIAR SESIÓNMi cuñada pensaba que yo estaba ciego y por eso nunca le importó mostrar su cuerpo delante de mí. Pero nunca imaginé que me pediría que la ayudara a sacarse algo que tenía dentro. Le palpé el cuerpo a mi cuñada y, al final, guiado por ella, terminé por hundir los dedos en su intimidad húmeda y caliente, hasta tocar el pedazo roto del pepino. Nadie lo sabía, pero yo ya había recuperado la vista.
Ver másEstuvimos en eso más de media hora.—¡Aaah!Los dos soltamos un grito de satisfacción al mismo tiempo. Después la tomé dos veces más, hasta que sentí que el deseo acumulado por fin se calmaba un poco. Doña Yola ya estaba tirada en el suelo como un trapo, sin poder moverse.Me acomodé la ropa, le repetí mi advertencia y salí del maizal. Al volver a la casa, pasé por la puerta del cuarto de mi cuñada y escuché su voz adentro, hablando por celular, como en videollamada con mi hermano. No me aguanté y me acerqué.—Mi amor… te extraño tanto… ven pronto… —mi cuñada sonaba mimosa y dolida; me daba mucha ternura.—Mi amor, ¿ya reconsideraste eso que te comentó mamá? ¿Lo de Toño…? ¿No estarás pensando en adoptar? Yo no estoy de acuerdo.La voz de mi hermano se escuchó por el altavoz.—Toño es de la familia, lo bueno se queda en casa. Mi cuerpo ya no sirve así como está ahora…. Tener un hijo de la misma sangre sería lo mejor. Cuando nazca, va a ser nuestro. Más adelante, cuando Toño mejore, le b
—¡Mira nada más qué calenturiento estás! —Doña Yola se hacía la difícil, pero igual le reclamaba—. Desde que sentí a Toño, ya ni me hace cosquillas tu cosita, ni siquiera me llega hasta el fondo, lo suyo sí es calidad.Aun así, obediente, doña Yola se agachó y comenzó a atender al Picado con la boca. El Picado no dejaba de quejarse de gusto, gozándola:—¡Y todavía te quejas! Tú te diste el gustazo, pero yo apenas alcancé a sentir lo bueno, ¡yo soy el que salió perdiendo! ¡Hoy me lo vas a compensar!Escondido detrás de las cañas de maíz, los grababa a escondidas con el celular, con el pulso acelerado.¡A ver si el Picado se atrevía otra vez a meterse con mi cuñada con estas pruebas! Así como era, ¡no le serviría ni para el arranque a mi cuñada! Viéndolos rodar y enredarse en el suelo, el cuerpo me reaccionó también. Me estaba calentando.Si en este momento mi cuñada estuviera a mi lado, me la podría disfrutar con gusto.Lástima que, hasta hoy, ella y yo seguíamos en la etapa de “actuar”
Mi grito repentino hizo saltar del susto a doña Yola y al Picado. Doña Yola se bajó de encima de mí con torpeza y se vistió a toda prisa. El Picado, como gato al que le pisan la cola, se apartó de mi cuñada y me miró nervioso.—Toño, ¿ya despertaste? —Doña Yola fingió estar tranquila—. Tu cuñada se pasó de copas y todavía no se despierta. Tú descansa un ratito más y, cuando estés mejor, te regresas.Me hice el aturdido, moví el cuerpo y arrugué el ceño.—Doña, ¿por qué tengo los pantalones todos mojados y pegajosos? ¿Se me derramó el pulque?—¿Ah? ¡Sí! ¡Sí, sí, sí! —Doña Yola se aferró enseguida a la coartada—. Hace rato, cuando te estaba acomodando, sin querer tumbé la copa y se te cayó encima. ¿Te molesta? Yo te limpio.Trajo un trapo húmedo, me levantó la ropa y me limpió con cuidado la parte de abajo, que todavía estaba sucia.Mientras me limpiaba, no podía evitar pasar saliva, y en sus ojos quedaba algo de antojo no saciado.El Picado se acercó con cara de que no quería resignarse
Cuando vi entrar al Picado, se me detuvo el corazón. ¿Acaso esto era una trampa que habían armado doña Yola y él? ¿Habían engañado a mi cuñada y la habían emborrachado a propósito?—Yola, de veras que te las sabes todas todas. Sí pudiste traer a esta muchachita.El Picado se frotaba las manos y paseaba una mirada lujuriosa por el cuerpo de mi cuñada, vencida por el alcohol.—Ya me estaba muriendo por hacerlo. ¡Hoy sí me voy a dar un buen gusto!Mientras hablaba, se lanzó hacia mi cuñada, pero doña Yola lo detuvo.—¡Tranquilízate! ¡Toño todavía está aquí! Está ciego, pero va a tener el oído más sensible. Si se hace un escándalo, ¡nos van a tragar vivos con el chisme en el pueblo! —dijo doña Yola, bajando la voz.—¿Y qué te da miedo? —El Picado lo tomó a la ligera—. ¡Si este ciego está aquí entonces mejor! Cuando yo termine de gozar, pongo a Romina a su lado y armamos la escena de que él se emborrachó y se le pasó la mano, ¿no? Y mira, para armarla bien… je, je, Yola, este Toño no trae p






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