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Ethan

Author: Viih Felix
last update publish date: 2026-09-25 09:20:18

Ethan narrando

El sonido del despertador resuena por la habitación antes incluso de que el sol se atreva a atravesar las cortinas. Mi brazo se mueve mecánicamente hasta el aparato sobre la mesita de noche. La pantalla parpadea con una frase que yo mismo programé: «Un día más de CEO».

—Como si necesitara un recordatorio —murmuro con desdén, apagando la alarma.

Me siento en el borde de la cama, frotándome el rostro con las manos. No porque esté cansado, sino por pura costumbre. Descansar es un lujo que no me permito, no cuando llevo sobre mis hombros una de las mayores constructoras del país. Me levanto, camino hasta el baño y observo mi reflejo en el espejo. La mirada fría. Racional. Calculadora.

Me cepillo los dientes en silencio. El sonido del agua corriente es la única banda sonora de mi mañana. Me doy una ducha rápida y fría. Siempre fría. Despierta los músculos y la mente.

De regreso en la habitación, el vestidor ya está abierto. Mis camisas están perfectamente ordenadas por color y tejido. Elijo una blanca, impecablemente planchada, y la combino con un traje azul marino impecable. Me pongo el reloj en la muñeca y ajusto la corbata. Ningún movimiento fuera de lugar. Ninguna distracción.

En la cocina, la empleada ya ha dejado servido mi desayuno. Café negro, sin azúcar. Dos huevos revueltos. Nada más.

—¿Está todo a su gusto, señor Ferraz? —pregunta, intentando romper el hielo.

Esbozo una media sonrisa. Fría. Cortante.

—Excelente. Pero me gusta el silencio durante las primeras horas del día.

Ella guarda silencio inmediatamente. Tomo la taza de café, camino hasta el balcón y observo el amanecer. Río de Janeiro todavía está despertando, pero yo ya estoy funcionando a toda máquina.

—Mientras ellos duermen, yo crezco.

Doy un sorbo al café. Caliente. Fuerte. Como me gusta.

Reviso el teléfono. Cuatro mensajes de diferentes directores. Una reunión adelantada. Un contrato que revisar. Un proyecto retrasado. Respondo a todo en menos de dos minutos. Rápido. Objetivo.

—Si quieren resultados, no pueden actuar como aficionados.

Recojo mi blazer, tomo las llaves del auto y miro el reloj una vez más. 6:30. Es hora de irme. La ciudad me espera. La empresa me espera.

Pero yo solo espero que nadie intente retrasarme hoy.

Porque la paciencia no es precisamente una de mis virtudes.

Llegué a la empresa justo cuando los empleados comenzaban a llegar. Ese ir y venir típico de un día que promete ser productivo. Seguí directamente hasta el estacionamiento, entré en mi ascensor privado y subí hasta el último piso, donde está mi despacho. La cima. Donde las decisiones realmente importan.

En cuanto puse un pie en el piso de la presidencia, mi secretaria ya comenzó a enumerarme compromisos como si pudiera absorberlo todo de una sola vez.

—Señor Ferraz, hoy a las diez tenemos reunión con el consejo, a las once y media la inspección del nuevo edificio y a las quince...

—Basta. —Levanté la mano, interrumpiendo su discurso—. Usted se encarga de la agenda de la empresa. Los compromisos personales soy yo quien debe anotarlos. Y esto me está sacando de quicio.

Puse los ojos en blanco. Ya había revisado mi propia agenda unas cinco veces desde que desperté y, aun así, sentía que estaba olvidando algo. No soporto la desorganización. Mucho menos cuando es provocada por un exceso de tareas.

—Abra una vacante para asistente personal —dije, dirigiéndome hacia mi despacho—. Necesito a alguien que no me haga perder el tiempo.

—¿Para cuándo quiere entrevistar a las candidatas? —preguntó, caminando detrás de mí con la tableta en la mano.

—Para ayer —respondí, seco.

Ella dudó durante un segundo antes de hablar:

—Señor Ferraz, perdóneme, pero hoy no tiene tiempo, a menos que sea después de las ocho de la noche.

Me detuve. Respiré profundamente. La miré directamente.

—Puede ser hasta las diez de la noche. Solo haga lo que estoy ordenando. Necesito resultados.

Ella simplemente asintió, claramente presionada. No me gusta cuando intentan criticar mis métodos. Mucho menos cuando quieren decirme lo que puedo o no puedo hacer. La eficiencia es lo que me mueve. Y eso es lo que exijo de mí mismo y de los demás.

Si alguien no soporta el ritmo, que pida salir. No estoy aquí para agradar. Estoy aquí para comandar. Y mi agenda... volverá a funcionar como un reloj.

Aunque tenga que contratar a alguien solo para eso.

El departamento jurídico estaba alborotado. El ayuntamiento amenazaba con paralizar una de nuestras obras más rentables y, como siempre, me necesitaban para apagar el incendio.

Llegué a la sala de reuniones cinco minutos antes de la hora reprogramada. Detesto los retrasos, tanto los míos como los de los demás. Cuando entré, todos estaban en silencio, como si mi presencia fuera el punto final de una discusión caótica. Me senté en la cabecera de la mesa, abrí mi tableta y miré al abogado responsable.

—Póngame al día —ordené, yendo directo al punto.

Al principio tartamudeó, como siempre que estaba nervioso. Me informó sobre la notificación del ayuntamiento, mencionó una supuesta irregularidad en la documentación ambiental y después guardó silencio, esperando mi reacción.

—Esto es un error básico. Un error que no voy a admitir —dije, manteniendo el tono controlado, pero firme—. Quiero contacto directo con el secretario de obras todavía hoy. Y ustedes —miré al equipo jurídico— tienen hasta el final del día para entregarme todos los documentos regularizados. Sin excusas. Sin fallos.

Hubo un silencio incómodo en la sala. Me gusta. El silencio significa que están prestando atención. Y cuando hablo, es mejor que escuchen. No soy el tipo de CEO que se esconde detrás de palabras bonitas o discursos motivacionales.

—Si esta obra se detiene, ustedes se detienen con ella —finalicé, levantándome y saliendo sin mirar atrás.

A las once y media salí de la empresa y fui a visitar otra obra. Cuando llegué, los ingenieros ya me estaban esperando. Revisamos los últimos informes, recorrimos el terreno y analizamos la estructura, el cronograma y la entrega. El cronograma seguía dentro de lo previsto. Menos mal. No tolero retrasos.

—La cimentación de la nueva ala fue reforzada conforme a lo solicitado —dijo Diego, uno de los ingenieros más antiguos del equipo.

—Era lo mínimo. El cliente quiere lujo, no grietas —respondí, seco.

—Sí, señor. Los materiales ya fueron probados y...

—Quiero los informes sobre mi escritorio antes de las 17:00.

Sin sonrisas, sin perder tiempo. La obra es un reflejo de mi mente: precisa, imponente, impecable.

Almorcé con los ingenieros en el restaurante del club empresarial. Conversaciones técnicas, objetivas, sin espacio para amabilidades. Uno de ellos intentó sacar el tema del fútbol. Lo ignoré.

Por la tarde, de regreso en la oficina, enfrenté una maratón de reuniones. Tres contratos cerrados, dos nuevos proyectos autorizados. El dinero circulando como debe. El enfoque siempre es el resultado. Y el poder.

A las ocho en punto, mi secretaria llamó a la puerta.

—Señor Ferraz, las cuatro candidatas finales están listas para la entrevista. Analicé a las veinte, pero estas tienen los mejores perfiles. Eficiencia, competencia y currículum impecable.

—Envíe a la primera.

—Sí, señor.

Me levanté, acomodé el saco y fui hasta la sala de reuniones.

Observé el vidrio espejado de la sala mientras esperaba la entrada de la primera.

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