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Capítulo 4

Autor: Eternity
Alguien llamó a mi puerta.

Luca estaba al otro lado de la puerta y habló como si se tratara de un favor insignificante:

—Bianca solo recibirá este premio una vez. La ceremonia empieza a las diez y el lugar estará lleno de periodistas. No puede con todo sola.

Lo miré y pregunté:

—¿Y?

—¿Podemos posponer nuestra boda hasta la noche? Omitiremos el cortejo nupcial y los brindis familiares; iremos al banquete.

Estuve a punto de reírme. ¿Acaso creía que una persona se casaba más de una vez en la vida?

Una sirvienta murmuró desde abajo:

—En Chicago, nadie celebra su primera boda de noche. Parecería que aplazaron la boda.

Mi madre dijo:

—Son tonterías. Estamos en tiempos modernos. No vengas con supersticiones.

Luca entró en mi habitación y me miró con dulzura, seguro de mi respuesta.

—¿Te parece bien? Tú siempre has sido comprensiva.

Lo miré y recordé algo de mi infancia. Una vez obtuve el segundo lugar en una exposición de arte, pero mis padres fueron al recital de violín de Bianca. Luca prometió que vendría, pero también asistió al recital de Bianca. Me quedé sola en el escenario mientras los demás padres aplaudían.

Ahora volvía a estar igual de sola.

—Está bien. Aplaza la boda hasta la noche.

Así me ahorraría tener que inventar una excusa para aplazar la boda.

Tras mi respuesta, todos se relajaron. La celebración se reanudó en la planta baja. Las risas resonaron y el descorche de las botellas de champaña sonó como disparos lejanos.

Ya entrada la noche, Luca se emborrachó. Se apoyó en la baranda de la terraza con la corbata floja. El viento de Chicago traía hasta nosotros el frío del lago.

Le pregunté:

—Luca, ¿te emociona que llegue nuestra boda?

No respondió.

—Entonces, ¿por qué me declaraste tu amor?

Sabía la respuesta, pero quería oírsela decir. Necesitaba que él pronunciara la sentencia final.

Cuando al fin habló, lo hizo con una mezcla de embriaguez y crueldad.

—Nunca quise tratarte mal. Eres callada y obediente. Siempre te quedas donde te dejo. Bianca es distinta. Si le pasa algo, las dos familias se ven involucradas.

—Así que ella siempre será más importante. ¿Es lo que quieres decir?

Luca miró a lo lejos.

—Sabía que lo entenderías. Siempre has sido muy racional.

El viento me hizo lagrimear.

La verdad era peor de lo que imaginaba. Tal vez sí me amaba un poco. Amaba la parte de mí que esperaba en segundo plano y nunca lo obligaba a elegir. Pero en cuanto Bianca lo buscó, él me hizo a un lado.

La mañana de la boda, la mansión de los Bellini cobró vida antes del amanecer.

Todos se prepararon para la ceremonia de Bianca. Mi madre eligió sus perlas, mi padre revisó el convoy y Luca repasó el discurso de Bianca.

Bajé ya lista para salir.

—No iré a la ceremonia. Todavía me necesitan en el hotel para preparar la boda.

Luca no levantó la mirada mientras le abrochaba el brazalete a Bianca.

—Está bien. Ve y no descuides a los invitados. Iremos cuando esto termine.

Me llevé una pequeña bolsa al hotel donde se celebraría la boda. Nadie salió a despedirme.

El conductor preguntó:

—Señorita, ¿quiere que espere a que llegue el convoy del señor Moretti?

Miré el cielo gris azulado del amanecer y sonreí con cortesía.

—No. El señor Moretti tiene que ir a un lugar más importante.

En el hotel, la suite nupcial olía a rosas y a fijador para el cabello. Me vestí sola, me ajusté el velo y entré en un salón de baile lleno de miembros del clan Moretti, primos de los Bellini y figuras de la política. Todos comprendieron enseguida que faltaba el novio.

Los murmullos recorrían el salón bajo los candelabros de cristal. Algunos se compadecían de mí; otros disfrutaban del espectáculo. Permanecí bajo el arco de flores blancas y soporté todas las miradas sin bajar la cabeza.

Pasó la hora acordada. El sitio reservado para Luca junto a mí siguió vacío. Entonces vibró mi celular.

“La prensa no deja en paz a Bianca. Llegaré tarde. Si los invitados preguntan, disimula por mí. Sé buena”.

Leí el mensaje dos veces. Luego me reí porque hasta su último mensaje era una orden de esperarlo.

Me quité el anillo de compromiso de los Moretti, que durante un año había simbolizado nuestro compromiso, y lo dejé sobre el libro de invitados.

El organizador de bodas susurró:

—Señorita Bellini, el señor Moretti llegará pronto.

—No —dije—. No vendrá.

Un estallido seco retumbó en el salón antes de que alguien pudiera responder. El muro de cristal detrás del arco saltó en pedazos hacia el interior y los candelabros se balancearon mientras los gritos ahogaban la música.

Alguien gritó el nombre de los Rossetti. Los guardias de los Moretti echaron mano de sus armas. Vi pétalos de rosas blancas esparcirse por el suelo como trozos de papel.

Entonces una claridad blanca lo borró todo.

***

El convoy de Luca salió a toda velocidad del lugar donde se celebraba la ceremonia de premiación de Bianca.

Luca iba en el asiento trasero mientras el estuche plateado del trofeo de Bianca le golpeaba la rodilla. Ya había escrito otro mensaje para mí, pero lo borró porque estaba seguro de que ella seguiría esperando.

Su celular sonó antes de que divisaran el hotel a lo lejos.

—Pásame a Elena —dijo Luca en cuanto contestó—. Dile que ya casi llego. Que retrase la ceremonia otros diez minutos.

Nadie le respondió. Por la línea se escucharon gritos y luego un fuerte estallido que hizo crepitar el altavoz.

—¡Jefe! —gritó Marco, uno de sus capos, para hacerse escuchar entre el caos—. Los Rossetti atacaron el salón. Fue una emboscada. Irrumpieron tras volar el muro de cristal que da al lago.

A Luca se le heló la sangre.

—¿Dónde está Elena?

—El comando de asalto planeaba atacar cuando entraras, pero no estabas aquí. Ella estaba bajo el arco cuando comenzó el ataque. ¡No sabemos cómo está!

Durante un segundo, Luca no pudo respirar.

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