MasukCRISTINA SANTIAGOEl día amaneció con un cielo azul y despejado, pero dentro del apartamento de Rosalía, el ambiente era de tormenta.Eran las ocho y cinco de la mañana.Estaba terminando de doblar la última camiseta dentro de mi maleta cuando sonó el timbre. No necesitaba adivinar quién era. La puntualidad británica —y obsesiva— solo podía pertenecer a un hombre.Cuando llegué a la sala, Ethan ya estaba dentro. Estaba sentado en el sofá de dos plazas de Rosalía, pareciendo demasiado grande para el mueble y para el apartamento. Llevaba jeans oscuros y una camisa polo negra que resaltaba sus músculos, viéndose casual, descansado e irritantemente guapo.Rosalía, por otro lado, estaba apoyada contra el marco de la cocina, sosteniendo una taza de café como si fuera un arma, vestida con una bata de felpa y con el cabello recogido en un moño que desafiaba la gravedad.—¿Tienes algún problema con los relojes, Petterson? —gruñó Rosalía, dando un sorbo audible a su café—. ¿O crees que el sol s
CRISTINA SANTIAGOEstaba acostada en la cama de la habitación de huéspedes de Rosalía, mirando fijamente el techo con antiguas manchas de humedad.El silencio del apartamento debería haber sido reconfortante, pero mi mente hacía demasiado ruido.Mi respuesta anterior para Ethan había sido pensada con cuidado, pero que no hubiera respondido nada más durante las horas siguientes me había dejado con los nervios de punta. La paranoia, aquella voz susurrante que decía “él sabe, él sabe, él sabe”, estaba empezando a gritar.¿Por qué no había respondido nada más? ¿Por qué aquel hombre controlador permanecía en silencio durante tantas horas?—Debe estar enojado —murmuré contra la almohada—. Se dio cuenta de que fui fría y mañana seguramente vendrá a buscarme.Bufé, girándome de lado.Fue entonces cuando el celular vibró sobre la mesa de noche. Di un salto, con el corazón disparado. Eran las siete de la noche.Tomé el teléfono con manos temblorosas. Era él.Desbloqueé la pantalla, esperando un
ETHAN PETTERSONCristina: “Estoy bien. Estamos en el centro comercial comprando ropa para el bebé. Ya voy a comer. Yo también te extraño.”Yo también te extraño.Leí esas cuatro palabras por décima vez, y por décima vez, el nudo de aprensión que apretaba mi pecho se aflojó un poco.Estaba acostado en mi cama, en una habitación que parecía demasiado grande, demasiado fría y demasiado silenciosa sin su respiración a mi lado.Ella estaba en el centro comercial, comprando ropa para nuestro hijo. Y, en medio de todo eso, se detuvo para responderme y dijo que me extrañaba.Una sonrisa idiota, que no conseguía controlar, tiró de mis labios.Tal vez estaba imaginando cosas. Tal vez mis deseos me hacían ver fantasmas donde no los había. Pero creí que, si me extrañaba, significaba que estaba haciendo algo bien.Quería responder. Quería llamarla para escuchar su voz. Pero debía estar ocupada. Si llamaba ahora, sería el marido molesto. El marido que no sabe dar espacio.Bloqueé la pantalla del ce
CRISTINA SANTIAGOUna hora después, estábamos en el centro comercial.Era extraño estar en medio de la multitud. Me sentía como una extraterrestre que acababa de aterrizar en la Tierra. La gente caminaba deprisa, hablaba por celular, reía, discutía. La vida era tan... normal. Muy diferente de la burbuja silenciosa y lujosa de la mansión Petterson.Rosalía me arrastró hasta una tienda departamental, ignorando las boutiques de diseñador.—Los bebés vomitan, hacen popó y crecen rápido —decretó, tomando un paquete de bodis blancos sencillos—. No necesitamos Versace para vomitar leche.Me reí, tomando las pequeñas prendas. El algodón era suave. Eran tan pequeñas. Diminutas.La realidad de tener un hijo volvió a golpearme. Iba a ser madre. En cuatro meses, habría un ser humano dependiendo de mí. Un niño.Caminamos por los pasillos y tomé un pequeño mameluco azul con estampado de dinosaurios.—¿Qué te parece? —se lo mostré a Rosalía.—Es perfecto para él —aprobó.Mientras pasaba la mano por
CRISTINA SANTIAGOEl silencio dentro del auto de Rosalía era radicalmente diferente al silencio de la mansión.Apoyé la cabeza contra la ventana, observando cómo cambiaba el paisaje. Los altos muros y las cercas eléctricas del barrio exclusivo quedaron atrás, dando paso a la selva de cemento, viva, de la ciudad real. Vi personas caminando por las aceras, autobuses llenos, la vida sucediendo.Mi mano descansaba sobre mi vientre, un gesto que se había vuelto automático. Mi hijo.—Recordaste todo, ¿verdad?La voz de Rosalía llegó directa, sin rodeos. No apartó los ojos de la carretera, sus manos estaban firmes sobre el volante, pero sentí la tensión en sus hombros.No me giré para mirarla. Seguí observando los edificios allá afuera. No tenía sentido mentirle. Rosalía me conocía desde antes de Ethan, sabía leer mis silencios mejor que nadie.—Sí —respondí, y la palabra salió en un suspiro agotado.—¿Cuándo?—Hace poco. —Cerré los ojos, mientras el recuerdo de la pesadilla regresaba—. Fue
ETHAN PETTERSONEl sol salió como un insulto. Brillante, alegre e indiferente a mi miseria.Cristina ya estaba despierta cuando abrí los ojos, que me ardían por el cansancio. Se movía por la habitación con una energía que no había visto en ella en días. Había una maleta abierta sobre el puf del clóset.Me levanté, sintiendo el peso del mundo sobre los hombros.—Buenos días.—¡Buenos días! —Sonaba demasiado... feliz—. Ya preparé casi todo. Rosalía viene a buscarme a las nueve.Miré el reloj. Ocho y media. Tenía treinta minutos.Fui a ducharme, intentando lavar la sensación de derrota. Cuando salí, me puse ropa casual, negándome a usar el traje de “trabajo”. Aunque ella no estuviera aquí, hoy no iba a trabajar. Iba a quedarme en esta casa vacía y a vagar por los pasillos como un fantasma.Bajé las escaleras cargando su maleta. Era pequeña, como había prometido. Pero parecía pesar una tonelada en mi mano. Cada paso hacia la puerta era un paso hacia la guillotina.El desayuno fue rápido y







