Desesperada, abrí la puerta del auto y me bajé casi cayéndome; apenas di unos pasos, me caí mal al suelo.—¡No, no... ya llegué, ya llegué...! —grité a todo pulmón.En ese momento, Camila estaba presionando el cuchillo contra el dedo de Luki; vi clarito cómo la sangre empezaba a salir por debajo del filo. Me lancé hacia ella, fuera de mí, y le supliqué:—Te lo ruego, no lo lastimes. Ya llegué. Haz conmigo lo que quieras, no me importa. Te lo suplico, no les hagas daño.Con una sonrisa cruel, Camila me miró; en la mano tenía un cronómetro para que lo viera.—Llegaste, sí. Pero llegaste dos segundos tarde —dijo con voz tranquila pero siniestra. —No... —me aferré al pasto con las manos y, destrozada por el dolor, dije—: Córtame a mí los dedos. Córtamelos a mí.Aunque el cuchillo ya le había cortado la piel y tenía sangre, Luki no lloraba; solo tenía los ojos rojos.—No duele, mami. No duele —me dijo con voz temblorosa.Apenas Embi me vio, ya no aguantó más y se puso a llorar. Su carita e
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