El corazón me dio un salto de alegría y susurré:—Rápido, ayúdame a desatar la cuerda.—Sí, sí.Luki se arrastró a tientas en la oscuridad hasta llegar a mí y tocó la cuerda que me ataba las muñecas.Era demasiado pequeño y, además, no veía nada, así que se le hacía muy difícil desatarla; entre más lo intentaba, más nervioso se ponía.—Mami… —estaba a punto de llorar—. Creo que dañé la cuerda… no sé cómo desatarla.Embi dijo en voz baja:—Luki, no te pongas nervioso. Seguro puedes.Con una sonrisa, lo animé:—Claro que sí, Luki puede hacerlo. Mira, hace un momento tú y yo hicimos un buen equipo.—Ajá.Luki respondió decidido y se volvió a concentrar en la cuerda de mis muñecas.Me imaginé que el guardaespaldas había hecho un nudo muy apretado.Antes, cuando ayudé a Luki, también había sido difícil; por suerte sus manos eran chiquitas y suaves, y apenas aflojé un poco la cuerda, pudo sacarlas.Conmigo era diferente.Por suerte, después de moverme mucho un buen rato, sentí que la cuerda
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