Esas palabras calaron hondo en el alma de Carolina. En el fondo, Sebastián había dado en el blanco. Vivía atormentada por el miedo a que él incumpliera sus promesas una y otra vez, hasta abandonarla por completo. Por eso se empeñaba en aparecer ante ellos, necesitaba reafirmar su existencia, recordarles a todos que ella aún estaba allí.—¿Qué estás diciendo, Sebastián? —La expresión de Carolina reflejaba una confusión profunda, como si fuera la persona más inocente del mundo.—Con tanta gente ahí —espetó él, con fastidio—, ¿por qué decidiste acercarte a Valeria y soltar ese comentario?Carolina se acercó y se arrodilló respetuosamente frente a su silla, con voz suave y melosa: —Sentí que fue muy descortés con ella. Por agradecimiento, pensé que, al encontrármela, lo correcto era disculparme. Además, muchos saben que nos conocemos. Si no me despedía, la gente pensaría que carecemos de educación y elegancia.—Tú sabes cómo son los de la Capital —continuó, con tono de preocupación—, sie
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