Diana dejó de sollozar, desconcertada por su pregunta.Mirándolo indefensa y lastimera, dijo: —Samuel, al fin regresaste, hoy...—Quítatelas.La voz de Samuel, aunque suave, no admitía réplica.Ella tenía muchas quejas preparadas, pero ni una palabra pudo pronunciar antes de que él la interrumpiera. —¿Qué dijiste?Samuel repitió con paciencia: —Este juego de joyas no es para ti.—Pero, yo...—Obedece ya.Parecía tener una obsesión, insistía en que Diana se las quitara.Diana se sintió injusta.A diferencia de la falsa pena de antes, esta vez era real.Después de tantos años, Samuel nunca había tenido algo que no estuviera dispuesto a darle.Pero como él había dado la orden, aunque con desgana, tuvo que quitarse las joyas, colocarlas en orden en la caja.Finalmente, se las entregó a regañadientes a Samuel.Samuel las tomó sin decir nada, empujó su silla de ruedas hacia el ascensor.—Recuerdo que…Justo al entrar, pareció recordar algo:—Antes pediste prestadas las joyas de boda de Na
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