Vanessa se acostó temprano aquella noche, pero durmió con el sueño ligero y entrecortado. En uno de sus sueños, Bianca la consolaba:—Cariño, voy a estar bien. Tienes que comer bien, ¿entendido?—Aunque tú no quieras comer, mi ahijado sí tiene que hacerlo.Vanessa la abrazó con fuerza, entristecida:—Despierta pronto, ¿sí?—No me asustes y, sobre todo, no me dejes sola. Papá y mamá ya me dejaron sola; tú no puedes hacer lo mismo.Bianca sonrió y le dio unas palmaditas en la espalda:—Está bien, no te dejaré sola. Te prometo que voy a estar bien, ¿sí?—Está bien.Vanessa respondió con firmeza.Le creía.A primera hora de la mañana siguiente, Vanessa estaba sentada a la mesa, con la cara demacrada, frente al pan con huevo y camarones que había preparado Juana. Del plato se desprendía un aroma delicioso.Vanessa no había comido nada la noche anterior y estaba famélica; se acabó todo.—Está delicioso, doña Juana. Sigue cocinando igual de bien que siempre.Al verla comer con tanto gusto, Ju
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