—Señorita Villalobos, no diga eso. Fue Sergio quien me invitó a tomar; yo solo vine a acompañarlo. ¿Cómo es que ahora yo soy el que lo lleva por mal camino?Leonardo recorrió con la mirada las botellas casi vacías de la mesa y luego volvió a fijarse en Sergio, que tenía los ojos enrojecidos, aunque su mirada seguía siendo severa. Habló con burla.—Además, Sergio no es cualquiera. ¿Quién es usted para venir a decirle qué hacer? Si quiere tomar, si quiere sufrir por alguien, es asunto suyo.Ximena no supo qué decir y se puso roja. Con lo consentida que era, enseguida quiso replicar, pero Sergio la hizo callar con una mirada tajante.—Basta.Sergio no alzó la voz, pero su tono no admitía réplica. Se masajeó el entrecejo. El alcohol se le agitaba por dentro, pero seguía lúcido, y miró a Ximena con impaciencia.—Mis asuntos no son de tu incumbencia, y mucho menos tienes por qué hablar de otros a sus espaldas.—¡Sergio! —Ximena hizo un puchero, dolida, con los ojos rojos de enojo—. Lo digo p
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