El elevador permanecía como un antro oscuro y sofocante, el aire denso como una niebla de sudor y deseo crudo, impregnado con el olor fuerte de cuerpos calientes y excitación palpable. Ana y Marcos estaban jadeantes por la masturbación mutua del capítulo anterior, cuerpos pegados en el suelo sucio, la alfombra áspera marcada por charcos de sudor y fluidos que chorreaban de su coño empapado. Su orgasmo reciente todavía resonaba en temblores por todo su cuerpo, pero el deseo no había disminuido; al contrario, crecía como una bestia hambrienta, impulsado por el aislamiento y el calor opresivo. Ana sentía su coño palpitar dolorosamente, hinchado y resbaladizo, ansiando más que dedos; quería su polla, gruesa y real, llenándola hasta el límite. Marcos, con la polla palpitando en la mano de ella, el precum untando los dedos, apenas se contenía, las caderas moviéndose instintivamente contra su toque.— Te quiero ahora, hijo de puta — susurró Ana, con voz ronca y cargada de urgencia sucia, los
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