El ascensor seguía siendo una tumba oscura y sofocante, el aire espeso como sopa, cargado con el hedor a sudor y metal caliente. Ana y Marcos estaban sentados en el suelo sucio, espaldas contra la pared fría, piernas estiradas y casi tocándose en el espacio confinado. La linterna del celular de Marcos parpadeaba débil, la batería en rojo —él la apagó para ahorrar, dejándolos en una penumbra absoluta, solo con el tenue brillo de una luz de emergencia que apenas iluminaba sus rostros. El calor subía despacio, como un polvo lento y torturante, haciendo que el sudor corriera por su piel en arroyos pegajosos. Ana sentía gotas trazando caminos por el valle entre sus pechos, mojando el sostén y haciendo que los pezones se endurecieran contra la tela fina. "Joder, este calor me está volviendo loca", pensó ella, imaginando por un segundo las manos bastas de él apretando esas tetas, chupando esos pezones duros hasta que ella gimiera como una puta en celo.Marcos, a su lado, ajustó la posición,
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