punto de vista en tercera personaA las 3 de la mañana, el horizonte de Chicago estaba bañado por un resplandor rojo antinatural. Dante se quedó de pie junto al ventanal de su oficina, observando cómo la ciudad que gobernaba se iluminaba con su mensaje. Una vena le latía en la sien.—Esa maldita mujer —gruñó, girando bruscamente y golpeando con el puño su pesado escritorio de roble.¿Este era el regalo de Elara? Era una declaración de guerra. Elara estaba, una vez más, presionando cada uno de sus puntos débiles, tal como siempre lo había hecho. Salvaje, impulsiva y completamente fuera de control. Él tomó su teléfono para llamarla, para exigirle una explicación, pero se encontró con una voz fría y automatizada: —El número que ha marcado ya no está en servicio.Dante se quedó mirando el teléfono. Una sensación de pérdida de control, que no había sentido en años, se apoderó de él. Justo en ese momento, su asesor de mayor confianza, Vincent, entró con una expresión tensa.—Jef
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