En ese momento, Camila deseaba subir al carro de Rafael, pero después de escuchar las palabras de Paloma, lo único que quería era que ambos desaparecieran lo más rápido posible.—No, gracias. Yo puedo irme sola.Al ver que Camila se negaba, Rafael echó un vistazo a sus rodillas sangrantes y, con indiferencia, dijo: —Como quieras.Su cuerpo delgado tembló bajo la lluvia torrencial.—¿De verdad vas a dejar a Camila en ese estado, Rafael? Está hecha un desastre —preguntó Paloma, aprovechando para posar la mano sobre el muslo de Rafael.—Fue ella quien no quiso subirse al carro —respondió Rafael y, al decirlo, se volvió hacia Rubén, el chofer—. Vámonos, no perdamos tiempo.El Maybach desapareció rápidamente de la vista de Camila, y casi de inmediato, un trueno explotó en sus oídos.Camila, abrazando sus rodillas, se agachó en la orilla de la carretera, incapaz de saber si el dolor de sus heridas era peor que el sufrimiento en su interior.Sacó su celular para llamar a la policía, y luego,
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