Giovanni FerrariRoma ardía bajo un sol de agosto que no daba tregua. El calor se filtraba por las grietas de la historia, asfixiando incluso a las estatuas de las plazas. En nuestra villa, el aire acondicionado zumbaba con un esfuerzo inútil; la tensión en la habitación de Francesca era más sofocante que el bochorno exterior. Ella estaba en su octavo mes. Su vientre, redondo y pesado, parecía una carga excesiva para sus piernas delgadas, que apenas lograban sostener el peso de nuestra estirpe.—Tienes que comer, Francesca. El médico fue claro —dije, acercándole una bandeja con frutas y queso.—No tengo hambre, Giovanni. El calor me muerde el estómago —respondió ella sin mirarme.Tenía la vista fija en la cúpula de San Pedro que se recortaba contra el cielo azul cobalto. Esa cúpula parecía observarnos, recordándole a mi esposa cada segundo sus "deberes" espirituales.Me senté a su lado y le tomé la mano; estaba fría a pesar del verano. La debilidad había vuelto, pero no era la anemi
آخر تحديث : 2026-03-03 اقرأ المزيد