Emiliano no respondió.Levantó la mano y rozó suavemente el lóbulo de su oreja, que ardía.Mariana se estremeció, como si una corriente la atravesara. Instintivamente, apartó su mano.Su corazón latía descontrolado.Estaba perdiendo la cabeza.Frente a su cercanía... a ese contacto... le resultaba imposible mantenerse firme.Emiliano retiró la mano y, con calma, frotó la yema de sus dedos, como si aún conservara su calor.Luego dijo, con un tono casi casual:—Cuando estaba en Río Esmeralda, tuve una novia con la que salí cuatro años. Hace tres, ella terminó conmigo. Eso lo puedes incluir.Mariana alzó la mirada. Frunció ligeramente el ceño.Emiliano se recargó en la silla, relajado, sin que se adivinara emoción alguna en sus ojos.—Si no te incomoda, lo escribiré.Ella reprimió esa sensación extraña que no lograba nombrar y se obligó a tratarlo solo como entrevistado.Emiliano miró su reloj.—Se acabó el tiempo. Estaré pendiente de tu reportaje.Tomó el café, ya frío, y se lo bebió de
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