La noche había caído sobre la propiedad Rurik como un manto de terciopelo, y la Luna, llena y plateada, pendía sobre el bosque, iluminando el camino de piedra que conducía al jardín interior. Carla caminaba descalza, envuelta en una tela blanca que Susan había preparado —una túnica sencilla, sin adornos, que dejaba sus hombros expuestos y sus pies desnudos tocando la hierba fría. Detrás de ella, Susan caminaba en silencio, también vestida de blanco, llevando una pequeña cuenca de cristal con agua que reflejaba la luz de la Luna.Aquel jardín era diferente del jardín interior que ella conocía. Era un espacio circular, rodeado de columnas de mármol blanco y arbustos de flores nocturnas que desprendían un perfume suave y dulce. En el centro, una cuenca de piedra blanca, esculpida con runas antiguas, ya las esperaba. Dentro, el agua había sido preparada por Susan horas antes: pétalos blancos flotaban en la superficie, hierbas aromáticas reposaban en el fondo y una fina capa de sal brillab
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