HASSAN AL-ÁSADEl auto apenas se detuvo frente a la escalinata principal del palacio cuando ya abrí la puerta y salté fuera, sin esperar a que nadie me ayudara. La tomé en brazos de nuevo, apretándola contra mi pecho como si mi vida dependiera de ello, y entré al palacio corriendo, como un loco, sin importarme las miradas de los sirvientes, de los guardias, de nadie. No existía nadie más que ella. Mi Sultana. Mi vida. Y se me escapaba entre las manos, fría, pálida, sin responder a mi llamado.—¡Apartense! —grité, con la voz rota—. ¡Déjenme pasar!Corrí por los pasillos, subí las escaleras de dos en dos, sin sentir el cansancio, sin sentir nada más que el miedo helado que me recorría el cuerpo entero. Llegué a nuestros aposentos, nuestro refugio, el lugar donde tantas veces nos amamos, y ahí estaba el médico, esperándome, con el rostro serio, grave. Lo aparté apenas con un gesto y la llevé directo hacia la cama, recostándola con infinito cuidado, como si fuera de cristal, como si el me
Last Updated : 2026-09-23 Read more