Bruno la consoló con ternura:—Nadi, si tienes algo que decir, dilo. Aquí no hay extraños.Nadia puso cara de apuro.—No sé si será por haber visto la foto de Rafael, pero todavía noto algo raro en el pecho. Bruno, ¿estaré cayendo otra vez en depresión?Ximena observaba aquel espectáculo como quien mira una función de circo.Tenía que contener la risa, y le costaba un esfuerzo enorme.Antes esta mansión era como un mausoleo, pero ahora que Nadia se había instalado, la cosa se había vuelto mucho más entretenida.Normalmente hay que pagar para ver una función de circo, pero aquí era gratis.Bruno, naturalmente, se preocupó.—Te acompaño a tu habitación. Esta noche no me moveré hasta que te duermas.Lo dijo sin ningún reparo, delante de su propia esposa.Por suerte, la esposa legítima no se ofendió y, muy magnánima, dijo:—Bruno, lleva a Nadia a su cuarto. He oído que si una mujer de posparto se enfría, luego le quedan muchas secuelas. Quédate con ella. Si Rafael supiera lo mal que lo est
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