—Ay, nuestra señora mayor es de una belleza incomparable, digna de volver loco a cualquiera. Si mi hijo, que es un inútil, pudiera casarse con una mujer que tuviera la mitad de sus virtudes, yo daría gracias a Dios.Bruno retiró la mirada y frunció ligeramente el ceño.—Pancha, creo que hablas demasiado.Francisca respondió:—Ay, señor Bruno, ¿acaso también me va a echar de la casa?Bruno se quedó callado.Francisca había pasado más tiempo acompañando a Bruno que la propia Pilar. Por eso, en el corazón de Bruno, Francisca ya no era una simple sirvienta.De repente, Bruno pensó que las costumbres son algo realmente terrible. Como esa costumbre de tener a aquella mujer a su lado. Al imaginar que un día se separarían, sintió un vacío en el pecho.Ximena llevó el collar a la joyería. Lo extraño fue que el dueño ni siquiera abrió el estuche; lo guardó directamente.Ximena, sorprendida, preguntó:—Señor, ¿no va a revisarlo?El dueño dudó un instante:—No hace falta. Usted aparenta se
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