189Por la tarde,Residencia Argent.—Claire, mi amor, ¿quieres que te suba el almuerzo a la habitación?Claire fijó la mirada en la puerta con los ojos hinchados y enrojecidos mientras respiraba con dificultad. Era un verdadero caos: el cabello despeinado, el lápiz labial corrido alrededor de la boca, la máscara de pestañas manchada por las lágrimas y los labios temblorosos en un esfuerzo desesperado por reprimir los sollozos.No estaba de humor para responderle a su madre, pero tampoco podía dejarla esperando.Por eso, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró responder:—No tengo hambre, mamá.Aborreció cómo sonó su propia voz: rasposa y cargada de un dolor profundo.—¿Cómo que no tienes hambre? Tampoco bajaste a cenar anoche y te saltaste el desayuno. Tu padre estaba muy preocupado, Claire. Tenía una reunión muy importante, de lo contrario habría venido a verte —habló su madre con evidente angustia desde el otro lado de la puerta.Andrea había ido varias veces desde por la mañana,
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