Alessia observó cómo los hombres arrastraban a Dante hacia la oscuridad de la calle. Al perderlo de vista, la última pizca de arrogancia desapareció de su rostro. El pánico se apoderó de ella. Se dejó caer sobre las rodillas y gateó, desesperada, hacia Leonardo. Al llegar a sus pies, bajó la cabeza y golpeó la frente contra el asfalto una y otra vez, con tanta fuerza que la piel se le abrió y un hilo de sangre comenzó a mancharle la cara.—¡Don Giorgi, por favor, déjeme ir! ¡Me equivoqué! —rogó, con la voz ahogada por el llanto—. No lo volveré a hacer. ¡Le juro que jamás volveré a acercarme a la signorina Chiara!Leonardo la observó desde arriba. Su rostro era una máscara inexpresiva, desprovisto de la más mínima compasión.—Cuando la lastimabas, ¿alguna vez te detuviste a pensar en las consecuencias? —preguntó con voz pausada—. Incluso si te quitamos la vida ahora mismo, eso no compensaría ni una fracción del dolor que ella sintió al perder a su hijo.Sin agregar una palabra más,
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