Intenté arrancarme el anillo, pero no cedió. El metal se me clavaba en la carne. Era demasiado estrecho. El aro era tan rígido que me estrangulaba el hueso. Cada giro me enviaba una punzada de dolor por todo el brazo.Las lágrimas me empañaron la vista, pero no a causa del dolor físico, sino por lo que esa maldita joya representaba.Reconocí el diamante de diez quilates al instante. Ese anillo se había forjado siete años atrás. Antes de que yo compartiera su cama, antes de coserle la primera herida de bala, antes de entregarle mi vida entera... él ya había elegido a la futura dueña de esa joya.Cada «te amo» susurrado en la oscuridad, cada juramento, cada vez que me aseguró ser la única... todo fue una farsa. Y, aunque ya conocía la verdad, tener la prueba encarnada en mi dedo me robó el aliento.Alessia seguía tirada en el suelo, envuelta en llanto.—No estaba actuando —se quejó con la voz temblorosa—. Si te gusta el anillo, puedo comprarte uno igual, pero no puedes arrebatarme e
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