La mejor amiga de mi esposa se llamaba Samanta Pineda, y yo nunca la había visto. La conocí en el aeropuerto. Samanta venía hacia nosotros arrastrando una maleta, toda emocionada.Iba vestida de forma provocativa, con un vestido enterizo y ajustado; por delante, dos curvas redondas y generosas que provocaban, y la falda ceñida le marcaba ese trasero enorme. Llevaba unas medias negras largas que le cubrían las piernas.Se me fueron los ojos.¡Quién iba a decir que mi esposa tenía una amiga tan sensual!Subimos al avión y los tres nos sentamos en la misma fila.De reojo espiaba a Samanta por debajo de la falda. Entre esos muslos carnosos se marcaba una hendidura, y me dieron ganas de abrirle las piernas y cogérmela sin piedad.Pero mi esposa, Brenda, estaba ahí sentada, al lado; ni aunque me sobrara valor me habría atrevido. Si comparaba el cuerpo de Samanta con el de Brenda, la diferencia era como de la noche al día. Brenda llevaba una blusa de lo más simplona, el pecho plano, sin nada
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