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Mi Esposa, La Estrella OF
Mi Esposa, La Estrella OF
Author: Mangonel

Capítulo 1

Author: Mangonel
La mejor amiga de mi esposa se llamaba Samanta Pineda, y yo nunca la había visto. La conocí en el aeropuerto. Samanta venía hacia nosotros arrastrando una maleta, toda emocionada.

Iba vestida de forma provocativa, con un vestido enterizo y ajustado; por delante, dos curvas redondas y generosas que provocaban, y la falda ceñida le marcaba ese trasero enorme. Llevaba unas medias negras largas que le cubrían las piernas.

Se me fueron los ojos.

¡Quién iba a decir que mi esposa tenía una amiga tan sensual!

Subimos al avión y los tres nos sentamos en la misma fila.

De reojo espiaba a Samanta por debajo de la falda. Entre esos muslos carnosos se marcaba una hendidura, y me dieron ganas de abrirle las piernas y cogérmela sin piedad.

Pero mi esposa, Brenda, estaba ahí sentada, al lado; ni aunque me sobrara valor me habría atrevido. Si comparaba el cuerpo de Samanta con el de Brenda, la diferencia era como de la noche al día. Brenda llevaba una blusa de lo más simplona, el pecho plano, sin nada que agarrar.

Samanta, en cambio, los tenía tan grandes que casi le reventaban el sostén; por el costado se le asomaba un bulto de piel blanquísima.

Me daban ganas de arrancarle la ropa y verla desnuda. Al poco tiempo llegamos a la playa y fuimos al hotel que habíamos reservado. En Semana Santa había demasiada gente. Todas las habitaciones estaban ocupadas y solo quedaba una, con cama matrimonial.

Con solo pensar que esa noche dormiría en la misma cama que Samanta, me puse nervioso y excitado.

Entramos al cuarto y Samanta dejó las maletas, se quitó los zapatos y dejó al descubierto sus piecitos adorables cubiertos por medias negras.

—Estoy muerta, ¡vaya que el vuelo fue cansado! Voy a darme un baño.

Dicho eso, se metió al baño. Yo también venía cansado de toda la tarde, así que me senté en la cama y me recosté a descansar un rato. Pero, al abrir los ojos, ¡me di cuenta de que el baño del hotel era de vidrio transparente!

Vi a Samanta desvestirse adentro. Primero se agachó y se quitó las medias, luego el vestido y dejó a la vista una lencería de encaje rosa. Un segundo después, se llevó la mano a la espalda y se desabrochó el sostén.

Quedaron al aire unos pechos rosaditos y tersos; me quedé con la boca abierta y se me encendió todo ahí abajo.

Enseguida se quitó también el calzón, y a través del vidrio vi una mancha oscura. Ese cuerpo que llevaba todo el día deseando estaba ahora completamente expuesto frente a mí. Volteé a ver a Brenda. Estaba acostada en la cama mirando el celular, sin prestarle atención al baño.

Por suerte no se dio cuenta, así que seguí espiando a Samanta. Echaba la cabeza hacia atrás, disfrutaba del agua de la ducha y se pasaba las manos sin parar. Las gotas le resbalaban por la piel, recorrían cada curva de su figura y formaban una línea perfecta.

Hay que decirlo, Samanta tenía un cuerpazo; solo había visto algo así en las películas, y era la primera vez que lo veía en persona.

Se me marcó el bulto entre las piernas, y peor aún, la calentura me ardía por dentro. Tenía unas ganas tremendas de probar eso tan rico. Pero en ese momento, Samanta se dio cuenta de que la estaba espiando.

El vidrio era transparente por ambos lados; desde adentro también podía ver hacia afuera. Ahí sí me fregué; volteé la cabeza y puse cara de inocente. Lejos de enojarse, Samanta me sonrió.

Se quedó de frente a mí, levantó una pierna y se puso el cabezal de la ducha ahí abajo para enjuagarse. ¡Se le veía todo! Casi me quedo pasmado. ¿Así de atrevida era Samanta?

No me trataba para nada como a un extraño. ¿Cuándo había conseguido mi esposa una amiga así? A mí me convenía.

La miré y le sonreí con picardía. En ese momento, Brenda estaba enfocada en el celular y no se enteraba de nada de lo que acababa de pasar. Samanta terminó de bañarse enseguida, se envolvió en la bata y salió.

Saqué algo de ropa de la maleta y le dije a Brenda:

—Mi amor, yo también me voy a bañar.

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